VICIOS

Los vicios en la América prehispánica:Los hijos de Pariacaca

¿Qué tenemos en común todas las culturas del mundo? Por ejemplo, la tentación y el deseo. Y vicios, muchos vicios. Pero hay uno considerado el vicio mayor, que se mantiene hasta hoy. ¿Cuál?
domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:14

Sayuri Loza

El vicio está estrechamente relacionado con la moral; y siendo cierta la afirmación de Oswald Spengler de que hay tantas morales como culturas, hay quienes reprueban lo que otros ensalzan. Pero en medio de todo esto, siempre hay dos o tres cosas en las que todos coinciden, porque a fin de cuentas, la tentación y el deseo son parte intrínseca de la naturaleza humana y, por lo tanto, algo que tenemos en común todas las culturas del mundo.

Así que aquellos puristas que creen que antes de la llegada de los españoles no existían vicios en nuestras tierras, no hacen más que negarles su humanidad, bien ganada por cierto, a nuestros ancestros prehispánicos, muchos de los cuales fueron parte de grandes imperios que no pueden ser entendidos sin analizar los vicios que los sostenían.

¿Que los vicios no sostienen? Juvenal, poeta satírico romano, decía que “los hombres que comparten los mismos vicios, se sostienen mutuamente”. El vicio genera, de una manera quizás sórdida y moralmente insostenible, una cohesión que otros mecanismos sociales son incapaces de  forjar y sólo mediante la cohesión social se puede llegar a constituir un imperio tan grande como el de los aztecas al norte, o como el de los incas al sur.

Uno de los vicios más grandes, que afectó principalmente a las élites, fue la obsesión con el lujo en la vestimenta, usada y fabricada con exuberancia, boato y ostentación. En días de fiesta pero también en el diario vivir, los hombres y mujeres prehispánicos eran exquisitos a la hora de adornarse el rostro, la cabeza y el resto del cuerpo. 

Los guerreros, que entre los mexicas eran los más importantes, vestían pieles y plumas de animales: jaguares, quetzales, águilas y otros. Mientras más exóticos y poderosos, más poder demostraba el guerrero, pues significaba que era un excelente cazador. En la misma línea, los tatuajes eran un símbolo de valentía y de pertenencia, aunque no podemos afirmar que se trata de un vicio, pero quizás sí de ostentación.

Aquí al sur, las pieles de titi y jucumari y las plumas de cóndor eran las preferidas de los guerreros, pero estos agregaban el uso de collares con dientes de sus enemigos derrotados. Se dice que el famoso Rumi Ñahui usaba más de 30 collares hechos con los dientes de todos los hombres a los que había vencido en batalla. De la misma manera, los tlatoanis aztecas tenían la costumbre de usar capas fabricadas con piel de picaflor, hacían falta 8.000 picaflores para confeccionar una capa de tamaño grande.

En el caso de los incas, los atuendos eran igual de lujosos y complejos: el tokapu que adornaba su unku, tejido todo en lana de vicuña, era realizado con más de 26 colores de lanas teñidas con técnicas únicas en el mundo por las mujeres del acllawasi. Había también la costumbre de insertar grandes placas de oro en los lóbulos de sus orejas, para lucir más brillantes y hacer patente su superioridad, razón por la cual fueron llamados “orejones” por los españoles.

Sin embargo, el vicio mayor se puede apreciar con el Sapa Inca, quien debido a que era considerado un dios viviente, debía estrenar un ajuar de ropa completo a diario, de pies a cabeza, y el que había usado durante el día anterior debía ser destruido y quemado.

Tomando en cuenta que un Sapa Inca vivía unos 55 años en promedio, si éste estrenaba un traje desde el día de su nacimiento, tenemos 20.075 ajuares que a diario eran consumidos por las llamas, de los cuales quedaron poquísimos: únicamente aquellos con los que los soberanos fueron enterrados.

Otro de los excesos era el modo en que se trataba al Sapa Inca. Los incas creían que su soberano era hijo del sol, por lo que cuando enfermaba o sangraba, se pensaba que los desechos de esos males no debían tocar el suelo, de lo contrario grandes castigos caerían sobre ellos. Por lo tanto, se elegía a un afortunado de la “corte” incaica para que comiera dichos desechos (flemas, pus, mocos, sangre y otras purulencias producto de enfermedades comunes) y así evitar que éstos fueran derramados como si hubieran sido excretados por un simple mortal.

Pero el vicio de vicios fue el mismo que se mantiene hasta nuestros días: la fiesta; una fiesta con exceso en la bebida, un exceso que va más allá del gusto, más allá de la abundancia y puede llegar, incluso, hasta la muerte.

Esto debe entenderse de manera objetiva, sin prejuicios mojigatos ni moralismo arcaico: la fiesta y el alcohol eran parte fundamental del estilo de vida de este subcontinente. Recordemos lo dicho al inicio: el vicio era el eje articulador de las relaciones sociales incaicas y, en este caso, se hallaba legitimado por una de sus leyendas más importantes, que explica también la consideración sublime de este exceso y su justificación en la actualidad, en rituales que hoy se llaman fiestas patronales.

Dicen los cronistas que las fiestas de los pueblos de la región andina estaban tan llenas de chicha, que ríos de ésta corrían por las calles de Cusco y otras ciudades. Paralelamente, ríos de orina corrían por las mismas calles y en la misma magnitud. Esto ha sido demostrado con los hallazgos de miles de tinajas de chicha y vasijas tipo keru con restos de chicha en diferentes sitios arqueológicos. 

Allá por 1598, el sacerdote Gerónimo de Ávila recopiló la historia de Pariacaca: una especie de Hércules andino quien, en su aventura más épica, desafió a un cacique, no a una batalla ni a un duelo a muerte, sino a la organización de una fiesta. Quien organizara la fiesta más grande, con más esplendor y con más exceso, sería el nuevo gobernante de la región.

El cacique hizo una celebración tan grande que duró una semana. La gente no dejaba de beber y muchos se enfermaron por todo lo que comieron y por todos los taquíes que bailaron. Pariacaca, cuando le tocó su turno, organizó una fiesta que duró un mes; muchos tenían los pies destrozados de tanto bailar y otros tantos yacían muertos de tanto beber, hecho que se vio como una gran señal: morir de satisfacción, en una sociedad como las sociedades andinas, era considerado una bendición. En el instante supremo, Pariacaca fue declarado vencedor y nuevo cacique del lugar.

Para la visión andina, una persona que es capaz de proveer a muchos, es alguien en quien se puede confiar. En aymara, el vocablo para pobre es waxcha, que literalmente significa huérfano, es decir, el pobre era aquel que no tenía familia o un jefe familiar que le proveyera de alimento y cubriera sus necesidades. De ahí que para obtener el respeto de la sociedad, incluso en la actualidad, se considera primordial celebrar una fiesta con excesos, quizás inconscientemente evocando al héroe Pariacaca e intentando emular su hazaña.

 

 

Permítanos un minuto de su tiempo.

Para desarrollar el periodismo serio e independiente, esencial en democracia, que usted aprecia en Página Siete, contamos con un equipo de reporteros, editores, fotógrafos, administrativos y comerciales de primer nivel.

Los ingresos con que Página Siete opera son producto de nuestro trabajo; no contamos con prebendas de ninguna naturaleza.

Si usted desea apoyar el esfuerzo que realizamos, suscríbase a P7 VIP, para recibir de lunes a viernes una carta informativa por correo electrónico, que contendrá un resumen de las noticias y opiniones más interesantes de Página Siete, a un costo de sólo Bs 15 al mes.

Para suscribirse haga clic aquí o llame al número 2611749, en horas de oficina.

72
12

Otras Noticias