CRÓNICA

RAÍLES de nube y ayer

Entre Sucre y Potosí, o viceversa, se desplaza un buscarril. ¿Qué sucede en ese viaje? Mucho más de lo que parece.
domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:15

Texto y fotos Pablo Cerezal

Miro la televisión. Un documental. Bolivia. Minidocumental, más bien. Signo de los tiempos: urgencia en píldoras audiovisuales que nos hagan soñar con viajar, y creer que sentados frente al televisor apuramos la vida. El caso es que tal documental muestra el viaje en buscarril de un británico y jovial presentador. Un buscarril boliviano, el que une las ciudades de Sucre y Potosí.

Miro la pantalla. El conductor es el mismo: Basilio. La anciana que va dentro es la misma: Juana. La vida no ha cambiado. Salvo que el documental se rodase cuando yo estaba por esas tierras. No creo. Si una sensación se tiene al vivir en Bolivia es la de que allí el tiempo no pasa, que es inmutable. Por eso puedo recuperar aquel viaje en presente, porque podría ocurrir hoy, porque sigue ocurriendo, porque yo sigo viajando por Bolivia, viviendo sus ciudades y habitándome por sus gentes.

Bolivia, inmersa en la contradictoria herencia de los encontronazos y abrazos que a lo largo de toda su geografía se han dado, es lugar propicio para arriesgar en el juego de los orígenes. Porque el país de los Andes descansa su dolor de siglos en morosa cicatrización de batallas, presidios, hambrunas, expolios, pero también de amoríos, fraternidades, cópulas, vínculos participados por personas provenientes de lejanas tierras. Mayormente españolas.

Al recalar en una perdida localidad de nombre Betanzos, el viajero comprende el brutal ministerio ejercido por las tropas hispanas, siglos ha. En este caso, el excursionista nació en la misma tierra que parió a aquellos conquistadores que llegaron a Bolivia con ansia de novedad y murieron en ella hastiados de riqueza y añoranza. Tal vez por ello, el nombre de esta localidad, Betanzos, me recuerda veraneos de cerveza y marisco a orillas del Mar Cantábrico. Porque en el Norte de España, bañada por dichas aguas, existe una población de nombre idéntico.

Si bien me gusta buscar el germen u origen de los nombres con que los caminos me increpan, he de reconocer mi natural contradicción y asegurar que, inserto en la geografía laberíntica del viaje, decido ignorar, en ocasiones, la Historia y sus leyendas. Entonces me limito a recopilar coincidencias sin mayor ánimo que el de finalizar coligiendo algo tan banal como el famoso “el mundo es un pañuelo”. De los viajes comienzo a apreciar, cada vez más, los rasgos y voces de esos pobladores que encuentro al hilo de una charla pausada y, si se tercia y es posible, un café de amanecida. Ha de ser la edad. Ya quedó atrás la época en que me enfebrecía de apasionado delirio estético al contemplar la acrobacia gótica de la catedral de León, la decadencia de mármol y tiempo del Partenón ateniense, el ensueño de acero y eternidad de la parisina Tour Eiffel, o la pasión de piedra y espanto del Muro de Berlín, por ejemplo. Ahora, ya digo, me intereso más por las gentes, las personas, su día a día, sus alegrías y desvelos.

Por eso en Betanzos, Bolivia, sólo quise saber el porqué de su nombre una vez entablada conversación con el conductor del buscarril que, tras horas de surcar cordilleras y ahondar simas, había decidido aceptarme un cigarro y un breve cruce de palabras a la espera de que el tráfago de viajeros despejase el insólito trazado férreo por el que había de seguir desplazándose, moroso e insomne, un viejo carruaje de fabricación alemana.

Basilio es el encargado de pilotar este antropológico vehículo sobre unos rieles que recorren amplias zonas de las cordilleras del altiplano, de Sucre a Potosí y de regreso al punto de inicio. Los viajeros le conocen, le saludan, le charlan y comparten con él fragantes viandas, agrias sonrisas y escuetas miradas. Él comparte, saluda, charla y asiente sin desviar ni por un instante la mirada de las vías de tren sobre las que se desplaza, a velocidad espantosamente lenta, el aparato del que es capitán. Capitán de este cielo inverso que viene a romper mareas de nubes contra los riscos de frío y estupor del altiplano.

Basilio ignora si el nombre de Betanzos procede de algún conquistador hispano, al igual que ignoro yo el porqué de tal nombre en el pueblo gallego de la península ibérica. Pero me asegura que un labriego, Miguel Betanzos, hijo de español exiliado e indígena boliviana, inició, en el siglo XIX, guerrilla contra los caciques de la zona, a efectos de reivindicar, para él y los suyos, las tierras que le habían visto nacer. Lo cierto es que, desde entonces, estas áridas lomas violentadas por el refrigerio calamitoso de los vientos andinos pertenecen a los campesinos, y son ellos los encargados de gestionar la prole de sudor y cosecha de los surcos que las cruzan.

Algo así me relató Basilio. Pero fue seis horas después de haber partido de la estación de El Tejar, en las afueras de Sucre, la nívea ciudad boliviana que juega, con notable éxito, a ser remedo de capital europea.

Sucre es anomalía en Bolivia. Por su recoleta belleza y su ordenado trazado urbano, más cercano al gusto y maneras europeas que al delineamiento propio del país. No extraña que sea la ciudad preferida por inmigrantes europeos para montar negocio y vida. Pero también es anomalía por su estatus político. Si preguntas a cualquiera poco versado te contestará que la capital de Bolivia es La Paz. Si indagas, averiguarás que, en realidad, es Sucre. Eso asegura la Constitución del país. Y es en esta ciudad donde se ubica la sede del órgano judicial. Pero resulta que es en La Paz donde se aposentan los órganos legislativo y ejecutivo de la nación. De ahí la confusión. De ahí que Sucre siga reclamando la autoridad que, como capital constitucional, debería tener y que, en numerosos casos y medios –incluidos no pocos libros de geografía– se le usurpa.

Además, la dubitativa capital boliviana es punto de partida (también de llegada) en el trazado ferroviario que la une a la mítica Potosí.

La mítica Potosí… cierto: un mito construido a base de sangre y esclavitud, de dolor y piedras preciosas. Sumaj Orcko, llamaban los incas al expoliado Cerro Rico, que digería en sus entrañas la mina de plata más grande jamás conocida. A día de hoy, desventradas ya dichas entrañas, carentes de vida mineral tan rica, es la vida humana la que pulula sus galerías de gas y derrumbe. Aquel fatídico Imperio Español, aquellas huestes llegadas de Europa se aplicaron en extirpar a la Pachamama sus tesoros. Ya poco queda en el Cerro Rico. Su visión de loma horadada y funesta sobrecoge y, hoy, los bolivianos pretenden tomarse la revancha sacando la plata a los turistas. Claro que, a cambio, les ofrecen un terrorífico espectáculo. Niños prematuramente ancianos y ancianos premeditados jalonan estas galerías, corriendo arriba y abajo mientras beben alcohol de 90º y ofrecen cigarros y licores al Tío de la Mina, el dios que rige los destinos de todo aquel que se zambulle en las entrañas de la tierra. Más que un dios, el Tío de la Mina asemeja un diablo. En casi cada corredor de la mina se ubica una grotesca figura de aspecto decididamente inhumano, rodeada de velas, cigarros, botellas de licor…

Es al Tío de la Mina a quien los mineros bolivianos ofrendan los restos materiales de sus excesos, para seguir caminando con vida por los corredores de muerte prematura de los yacimientos. Él los protege. Ellos saben que su vida puede desaparecer en una explosión de grisú, que tal vez no vuelvan jamás a ver la luz del día. Por eso beben, fuman, castigan su cuerpo independientemente de la edad. Mientras lo hacen, conducen a grupos de sorprendidos turistas por las entrañas del Cerro Rico. La miseria, una vez más, convertida en espectáculo.

Pero no ahondemos en la herida. Lo importante es que Potosí se encuentra a 3.900 metros de altura, mientras que Sucre sólo a 2.800. Y la distancia entre uno y otro la salva una vía férrea que, antaño, expandió metales y víveres entre los moradores del altiplano. Pero no muerde sus rieles ferrocarril alguno. No hay tren que recorra este trayecto entre ambas localidades. Lo que transita estas vías es un viejo autobús marca Volkswagen, con capacidad para apenas 30 personas, cuyos neumáticos, hoy, son unas ruedas de hierro similares a las de los primeros trenes que vio nacer el mundo moderno. 

La primera estación –última si el recorrido se hace a la inversa–, El Tejar, permanece anclada a la orilla del valle que inaugura las calles de Sucre, como flotando en una niebla de abandono intemporal, adultas ya las hierbas, crecidos los matorrales, plásticos y desperdicios entre sus raíles. El jefe de estación, de rostro esculpido por siglos de indigenismo, se emplea a fondo en convencer al turista de que no todos los bolivianos son reacios a entablar conversación con el extranjero. No sólo conversa y sonríe y agradece y abraza y estrecha manos sino que se encarga de reservar al foráneo el mejor asiento, para que pueda disfrutar el viaje. No es algo de lo que me sienta orgulloso, menos al observar cómo llegan a la estación un número considerable de aldeanos cargados de bolsos, aguayos, niños recién nacidos, útiles de labranza, bolsas con fragantes alimentos recién paridos por el fogón, y un sinfín de bultos que hacen dudar de la capacidad del vetusto Volkswagen para cargarlos todos en su parte superior, como pretenden los viajeros. Por supuesto, los que se apiñan alrededor del vehículo son muchos más de los 30 que pueden tomar asiento en sus butacas. Comprenderé, después, que no es impedimento el viajar de pie, durante inacabables horas, para quien no tiene otra manera de desplazarse.

El buscarril es el único medio de transporte utilizado por los pobladores de estas montañas. Así pueden ir a Sucre o Potosí para emprender la venta de los pocos alimentos que hayan logrado arrancar a la Pachamama (papa, chuño, quinua y algún que otro cereal) y, de nuevo, regresar a su hogar. También es utilizado este medio de transporte para hacer llegar paquetes y cartas a los vecinos de estas localidades que muerden el cielo y ven pasar los años al mismo ritmo indolente con que se trasladan las nubes.

Juana es una de las muchas personas que utilizan el buscarril al menos un par de veces por semana. En primer lugar para desplazarse hasta Sucre, a efectos de disponer en las afueras del mercado municipal la recolección de papa que le proporcionará crédito suficiente para sobrevivir el resto de la semana. Después, para regresar a su casa, en las inmediaciones de la estación de Vila Vila, a casi 3.000 metros de altitud, y hacerse con una nueva carga de tubérculos. Y vuelta a empezar. Juana no conoce el desliz placentero del fin de semana, ni tiene calendario laboral que la advierta de los días feriados. Ignoro la edad de Juana, pero la imagino más cerca del centenario que de la cincuentena. Sus manos acogen surcos como los que ha de arañar para extraer la papa de los campos. Su mirada se atraganta en una extraña intensidad que te obliga a olvidar lo anciano de su rostro. Su conversar es pausado, más por intentar encontrar las palabras adecuadas en español que por poca prisa a la hora de exponer sus pensamientos. Juana sólo utiliza la lengua de los antiguos conquistadores para mejor vender su mercancía en la ciudad. El resto del tiempo departe con vecinos, familiares y amigos en puro quechua.

El quechua, ese idioma con que se comunicó el Imperio Inca, el de mayor extensión y poder de todo el continente sudamericano hasta la llegada de los conquistadores hispanos. Un idioma que aún se mantiene vivo, fresco y ágil, en el altiplano boliviano, como conservado por las ventiscas de hielo que peinan sus cerros. Y nada tiene esto que ver con la propaganda gubernamental, esa con que pretenden epatar al extranjero y que, dicen, hace de la nación boliviana adalid de las razas ancestrales. Sí, el quechua ya se habla en colegios e instituciones, en ministerios y zonas comerciales. Pero cuando transitas cualquier metrópoli comprendes que la realidad es muy otra, y el indígena sigue siendo vilipendiado por todos aquellos que han hecho del comercio modo de vida holgada y egoísta. Socialismo al poder y yankees go home, en el devenir cotidiano. Vacaciones en Miami y modo de vida USA, como horizonte por el que luchar. La ley obliga a que ningún ciudadano quede desatendido por no conocer la lengua de los conquistadores. Pero quienes viven en el altiplano, los habitantes de los cielos, nunca conocieron otro idioma, y no por esta novedad legislativa tienen más fácil acceso a una vida cómoda y longeva.

Así, arracimado a la pausada floración del idioma nativo y absorto en la desconsolada belleza del paisaje, las cerca de tres horas que emplea el buscarril para llegar desde Sucre hasta el apeadero de Vila Vila se diluyen en un placentero paseo por la orilla de la bóveda celeste.

Vila Vila viene a ser el punto intermedio del recorrido. No hay casas a la vista, ni calles, ni senderos. Tan sólo la destartalada construcción que hace las veces de estación ferroviaria, y en cuyas paredes apoyan su hastío numerosas mujeres que reciben la llegada del vehículo saltando de los lugares que ocupaban, lanzándose en pos de los viajeros que bajan a estirar las piernas, armadas de jugos, empanadas, api, y un sinfín de artesanas viandas de veloz digestión y escueto precio. Así que me abro paso entre las vendedoras que, al ver cómo pretendo ayudar a Juana a descender del techo su aguayo, comienzan a reírse de manera estrepitosa y profieren palabras que no comprendo. Juana me agradece infinitas veces antes de internarse en la frondosidad del bosquecillo colindante. Aún le queda un paseo cercano a los 10 kilómetros para llegar a su casa, me explica Basilio. Una decena de kilómetros, a más de 3.000 metros de altitud sobre el nivel del mar, con una edad matusalénica y un aguayo cargado de cachivaches al que mis estimaciones adjudican un peso cercano a los 40 kilogramos. Adiós, Juana, un placer. Hasta llegar a Vila Vila, el viejo Volkswagen ha devorado apenas la mitad del recorrido total, que es de unos 175 kilómetros. La velocidad del aparato la ha mantenido Basilio, de manera constante, a unos 30 km/h. Al menos es lo que he podido advertir desde el privilegiado lugar que ocupo en su interior.

No es baladí la importancia del trabajo que realizan Basilio y su compañero, Carlos, que hace el recorrido en lo que se supone asiento del copiloto. Si pudiésemos ver el trazado del periplo vía satélite, nos sorprendería su enrevesamiento. Pero este responde a la necesidad de salvar terrenos de irregularidad obscena, para evitar una mala caída, un mortal traspiés. Quizás por eso Basilio aparenta taciturno y poco dado a más charla de la que emplea para saludar efusivamente a cada uno de los labriegos que, sin previo aviso, en un recodo del camino frente al que el único paisaje es el rebaño de nubes colindantes, aparece manoteando el aire. Alguno de éstos hace señas a Basilio para que aminore la marcha. Éste frena a pocos metros de la estoica figura que, con sorprendente agilidad, salta al interior del vehículo casi antes de que la puerta haya quedado definitivamente abierta. Y no son pocas las ocasiones en que Basilio ha de detener el vehículo de manera brusca, y Carlos debe apearse para retirar de entre los raíles peñascos arrastrados por algún desprendimiento de tierra, e incluso algún que otro animal hinchado por la descomposición.

A casi 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, rodeados sólo por la inmensidad inabarcable de riscos y mesetas, esas personas que caminan pastoreando los cielos, en el epicentro de la nada más absoluta, me recuerdan aquellas figuras que, en la infancia, veía caminando, al atardecer, las inabarcables llanuras castellanas. En aquel entonces, a lomos del vehículo familiar, no podía dejar de preguntar a mi padre: ¿a dónde van?, ¿de dónde vienen? A lo cual mi padre respondía: a trabajar, de trabajar. Nunca pude imaginar dónde se ubicaría su lugar de trabajo. Pero más difícil es imaginarlo en estos parajes bolivianos que rezuman soledad. Ni tan siquiera soy capaz de atisbar los supuestos cultivos que proporcionen alimento a sus habitantes. Ni rastro de los animales de carga o tiro que les debieran ayudar en sus labores campestres.

Abandonamos Vila Vila. El estruendo comercial de las vendedoras de vituallas queda silenciado por el ronroneo monocorde del buscarril. El vehículo inicia un sosegado vaivén, al ritmo de ascensos y descensos en que se magnifica el arpegio de terraplenes y simas. En ocasiones, el vértigo invade al viajero. Tales son los equilibrios que imagina debe hacer el conductor para mantener el vehículo sobre unos rieles asomados a laderas imposibles que fallecen, de manera abrupta, en lagos, lagunas, cursos fluviales. Alrededor de estos es cuando comenzamos a descubrir los primeros signos de vida organizada: pequeñas viviendas de adobe, enhiestos campanarios de feligresía católica, sembradíos hortícolas profusos en color y variedad, niños incluso, jugando a la ley de la gravedad. Vamos alcanzando tierras más amables pero, qué le vamos a hacer, menos espectaculares.

Hasta que arribamos a Betanzos y, ante la inminente parada de diez minutos que anuncia Basilio, doy inicio a la manufactura de un cigarro y decido fumarlo, una vez detenido el vehículo, en su compañía. Él acepta mi ofrecimiento de fumar tras inquirir insistentemente si no es marihuana lo que inhalan mis pulmones. Le tranquilizo haciéndole ver que sólo es tabaco. Acepta. Fuma en silencio. Le explico que existe un pueblo en España de igual nombre, una localidad cercana a la costa cantábrica. Él me relata la historia de rebelión y venganza de Miguel Betanzos, el guerrero criollo.

Fumado el cigarro, intercambiadas breves frases, subimos de nuevo al vehículo, por la misma puerta –el viejo Volkswagen tiene el portón del conductor sellado–. Abandonamos Betanzos y nos internamos en la extensa y, ahora sí, tediosa línea recta que nos conduce hasta Potosí. Llegando a la ciudad arrecian los vertederos nacidos al albur de las industrias de extracción mineral. Los flancos del recorrido se pueblan de uralitas y miradas hoscas. Una negrura como de fin del mundo asfixia el ambiente, y los ya escasos viajeros entran en un estado de sopor macilento.

Tras unas horas de travesía, al fondo, recortando el firmamento con su doloroso perfil de hambre y avaricia, aparece el Sumaj Orcko, el Cerro Rico que mis antiguos compatriotas desvencijaron, en su orgía de rapaz codicia, para arrancar a la Madre Tierra sus vísceras de plata, a efectos de enviarlas a la corte hispana para que ésta pudiese pagar las deudas contraídas con la recién nacida banca británica. Fue el inicio de esta loca carrera mercantilista de avasallamiento y desguace que aún sufrimos.

Como presagiando las malas vibraciones que aún enredan la brisa potosina, el cielo se torna oscuro y el buscarril sufre una avería, casi a las puertas de la segunda ciudad poblada por más de 100.000 habitantes más alta del planeta, entre chabolas y miradas envenenadas por la ociosidad de la pobreza.

Basilio resopla. Mira hacia atrás, pronuncia unas palabras en quechua que sirven de acicate para que los pocos oriundos despierten de su somnolencia y abandonen el vehículo, retorna su mirada a mí a la par que recupera su habitual silencio, mira al frente, da vuelta de nuevo a su cabeza, me sonríe y pregunta: ¿Me invitas otro cigarro de esos? Creo que la avería va a llevar su tiempo.

En la televisión ya no aparecen los riscos bolivianos, ni Basilio, ni Juana. Ya anda el presentador embarcado en un nuevo viaje ferroviario de cartón piedra, en esta ocasión por las estepas rusas. Creo que dejé de mirar la pantalla en la primera ocasión en que Basilio y el presentador se mostraron locuaces y jocundos ante la cámara. Sé que no es real. Buena plata le habrán tenido que pagar al conductor para sonsacarle tantas palabras. A pesar de todo, quiero pensar, Basilio continuará ejerciendo de conductor altiplánico, comandante de ese férreo navío que surca raíles de nube y ayer. Porque, ya lo decía al inicio, en Bolivia el tiempo no pasa, es inmutable. Aunque, bien mirado, tal vez Bolivia sea sabia, y lo que hace es enseñarnos que el tiempo no cambia nada, por más que lo deseemos, que sólo se repite con la cruel exactitud de los relojes.
 

 

 

 

 

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