MÚSICA / ANECDOTARIO DE LA ÓPERA CHOLA

Cuándo no, el melodrama

Cuando el amor y el sentimiento telúrico se juntan y revuelven por culpa de aquellas canciones del neofolklore boliviano.
domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:14

Mauricio Sánchez Patzi

En la América Latina de los siglos XX y XXI, la función amorosa de la música popular es primordial, y basta mencionar solamente dos estilos: el bolero y el tango, verdaderas maquinarias psicológicas para procesar los sentimientos, las alegrías y penurias del amor latinoamericano, con los cuales se construyó un imaginario de los sentimientos tan vasto y complejo que aún ejerce su potencial interpelando a los enamorados y desenamorados latinos. 

El melodrama

Para los años 80, la presencia de las temáticas amorosas era protagónica en el neofolklore. Los grupos cochabambinos, especialmente, llevaron la batuta en la asociación folklore–romanticismo, construyendo una narrativa amorosa capaz de interpelar a los jóvenes en sus propios avatares amorosos. 

Uno de los enfoques del  neofolklore boliviano puede ser la otra acepción de la palabra género vinculada al melodrama, un tipo específico de narración, un género popular de amplio éxito social en América Latina y Bolivia. 

El melodrama surgió del teatro francés de 1800 a 1820, y significó “la entrada del pueblo en escena” (Martín–Barbero). Los melodramas teatrales posibilitaban la participación del público, ya que se les hablaba en sus propios términos, con su propio ritmo. Fundamentalmente, el melodrama es “la clave del entendimiento familiar de la realidad”, como decía el notable ensayista mexicano Carlos Monsiváis. Razón por la cual  en el melodrama perduran algunas señas de identidad de la concepción popular.

 El árbol de mi destino, o Manuel triste, de los Kjarkas, son muestra de la lógica melodramática de la narrativa neofolklórica.

De esa manera, la canción neofolklórica funciona también como un melodrama. Un tipo de canción que, “melodramatizando todo”, pudo referirse a cuestiones tan distintas como la nación boliviana, los orígenes étnicos de cada boliviano, los anhelos juveniles y los avatares del amor y el erotismo. 

Esa es tal vez la vocación “romántica” del neofolklore. Un melodramatismo que, cuando le era necesario, recurría a la estética no tan melodramática de la nueva canción, pero que en el fondo se refería a las relaciones cercanas, familiares, de pareja, como la clave de comprensión de la totalidad social boliviana, del imaginario nacional, promoviendo la homogeneidad de las identidades colectivas a través de sentimentalismos y efectismos. De ahí que los ritmos utilizados para cantar al amor pudieron sonar muy autóctonos, muy “auténticos”, mientras que la expresividad melodramática producía un efecto de enamoramiento con las raíces, una vivencia amorosa personal teñida de esencias andinas.

Todo esto condujo a que una generación de jóvenes encontrara en los temas de amor del neofolklore moldes en los cuales llenar sus experiencias afectivas personales. Los adolescentes de la época “clásica” del neofolklore así lo atestiguan, aquéllos que comenzaron el camino de los sentimientos de pareja entre los años 70 y los 80. Aunque en aquella época otros estilos moldeaban también la manera de sentir de los jóvenes (la balada, la zamba, la nueva canción, el rock argentino), el neofolklore tuvo la virtud de empalmar las cuestiones amorosas con el sentimiento telúrico, logrando así formar un habitus nacionalista entre los jóvenes que se armonizaba con sus expectativas afectivas individuales. Cantar Kutimuy, En la soledad o Piel morena en las guitarreadas era sentir hondamente el amor, pero era hacerlo como si, al mismo tiempo, se volara por los paisajes andinos en alas de un cóndor, como si el ensueño telurista vibrara por las fibras del enamorado y sus penas de amor. 

Así, el neofolklore produjo sus propios soportes para la interpelación sentimental. Temas como Manuel Triste, Manuelito, El árbol de mi destino de Los Kjarkas, o Si te vas del grupo Khiswara, muestran claramente la lógica melodramática de la narrativa neofolklórica. 

El neofolklore fue capaz de utilizar cualquier ritmo o patrón musical tradicional boliviano como soporte para la  canción amorosa. Temas como Kutimuy o Pequeño amor, de una honda nostalgia sentimental, eran huayños, continuando con la tradición inculcada por el nacionalismo de concebir al huayño como el gran referente musical boliviano. 

 Piel Morena, de Zulma Yugar.

En realidad, si uno se fija en cualquier disco del neofolklore, se observa que la temática amorosa está presente en un porcentaje que fue creciendo con el tiempo, pero que no se limita a un patrón prefijado, sino que fluye entre los ritmos nacionales y se articula con diversas formas de instrumentación, como los khantus de Charazani (un estilo específico de interpretación de los sikus aymaras), utilizados para temas tan vigorosos como Yuyariwayurpi de Fernando Torrico o Sin ella y El picaflor de Edwin Castellanos. Ch’untunkis como Canción para una niña adolescente de Ramiro de la Zerda, Secreto amor y Llegó la separación de Yuri Ortuño, Jiyawayzambita y Tiempo al tiempo de los hermanos Hermosa, se convirtieron en piedras angulares con que se construyó la fuerza “romántica” y melodramática del neofolklore. 

El neofolklore logró convertir los sentimientos amorosos en el gran motor de su maquinaria multiinterpelativa, tal como el melodrama en general funcionó en la cultura popular latinoamericana. Si este hecho fue denostado por la cultura “culta” que vio en él una “cursilería” o un “mal gusto”, asimismo los grupos de élite acabaron por dejarse seducir por el nuevo folklore y su “romanticismo” porque, tal vez, también ellos necesitaron del melodrama como operador psicológico vital. 

Esta es una edición libre y antojadiza de fragmentos del libro La Ópera Chola, de Mauricio Sánchez Patzi, que combina el texto principal con las suculentas notas al pie, que son las que dan nombre a este espacio dedicado a la historia de la música boliviana. 

La Ópera Chola. Música popular en Bolivia y pugnas por la identidad social, IFEA y Plural editores, 2017.
 

 Secreto amor, de Yuri Ortuño, piedra angular del repertorio de la canción
 romántica  y melodramática del neofolklore boliviano.

 

 

 

 

 

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