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El conejo rabioso

domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:12

Óscar Martínez

Cuando el mito se rompe y nos acerca al hombre, al pobre hombre que se encuentra a merced de la inflación, el desengaño, el hambre, la traición y la locura, es entonces cuando me acuerdo de mi héroe de la infancia. Aquel que me enseñó a multiplicar con esos gangosos alaridos y su guitarra de venesta desafinada y que, bien que mal, se ganaba honradamente la zanahoria, domingo tras domingo, en ese colorido infierno infantil llamado Laikakota.

El Conejo Ricky no era un pusilánime payaso fracasado que vivía a la sombra de Bombolito y Ciruelito, amén del Abuelito Tino y el Capitán Futuro, no. Era un hombre de Castilla y ojos rojos de cuy y, dígase lo que se diga, era un hombre con carácter. Lo sé porque me abofeteó y me dijo: “deja de joder llokalla”, cuando le arranqué sin querer la cola de algodón buscando un autógrafo y una palabra de aliento y cariño. 

Pero que no se entienda mal. Este es un conejo que ha luchado contra todo tipo de avatares y penosos trajines. Yo lo sé porque he chupado con él. 

Muchos años después, me lo encontré en el Arlos, una cantina miraflorina donde sonaba sin pausa un único casete de grandes éxitos de los Kjarkas. Estaba sentado allá, justo enfrente de mí, con sus orejas de conejo que esta vez hacían de capucha, arrancándose los boleros y zambas más tristes que se puedan imaginar; y botada al lado, la funda de guitarra en forma de zanahoria. Fue ahí donde contó sus  desventuras y tragedias sinfín, todas ellas fruto de la ingratitud, la desidia estatal y el olvido del mundo. Después de consolarlo, le pedimos que se arranque unos clásicos y no se hizo de rogar: tres por treeeeeeees, y todos cantábamos al son de la tabla de multiplicar. Y así, hasta que el alcohol nos traicionó refrescándonos la memoria.

Inútil es decir que la gresca resultó un poco rocambolesca: un enano de Papá Noel mordiéndome la rodilla, el oso Yogui ahorcándome, Pluto dándome unos cortos en la panza y el Conejo intentado partirme la guitarra en la cabeza. Pero como La Paz es La Paz, al rato estábamos compartiendo anticuchos y silpanchos en Las Velas como si nada hubiese pasado y, otra vez, entre copa y copa, me contó que el Conejo Ricky aspira a ser el futuro y flamante primer Ministro de la Niñez Boliviana. Qué tal.
 

 

 

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