CRONIQUITA

Electropreste o cómo ocupar el espacio del otro sin el otro

María Galindo, grabadora en mano, se fue a mirar un fenómeno social para intentar comprenderlo y contarnos. Lo hizo en dos horas de crónica radial. Transcribimos fragmentos. ¿Qué diablos es el Electropreste?
domingo, 24 de febrero de 2019 · 00:14

María Galindo Fotos Fabiola Gutiérrez

Nos fuimos con nuestra credencial de prensa y solicitamos muy amablemente que nos permitan hacer una crónica. Esperamos un rato prudente, pues no figurábamos en la lista de invitadas ni de medios y nos dejaron entrar sin pagar ni un peso. Ha sido una gentileza que agradezco. Eso no quiere decir que me haya comprometido con los organizadores a hacer publicidad para el Electropreste. He ido a hacer una crónica, que es relatar lo que he visto, cómo lo he visto, pero desde mi mirada. Una mirada con la que puedes acordar o discrepar. 

Por otro lado, para la gente que es muy crítica del Electropreste, yo no he ido a buscar el pelo en la sopa. No he ido a hacer un examen de autenticidad porque yo no creo en la autenticidad de nada. No creo que el preste sea lo maravilloso,  ancestral; y que el Electropreste sea una copia mal hecha. Tampoco he ido a hacer un examen moralista de si es correcto o incorrecto. He ido simplemente a comprender un fenómeno. 

¿Es una moda? ¿Un acto de curiosidad morbosa? ¿Consumo cultural de lo que producen esos otros? ¿Es fusión? ¿Qué diablos es el Electropreste? 

Pregunté a varias personas por sus expectativas; por qué y para qué van, qué esperan encontrar:

Participante de Miraflores: Me parece súper innovador. Quisiera ir a conocer un cholet, solo los he visto en videos. [Me jala] la mezcla de todo tipo de clases sociales. Aquí se dividen pero en realidad ellos nos están incluyendo un montón.

Participante 1: Me encanta el tipo de música y no conozco un cholet.

Participante cruceño: Me llamó la atención que era en un cholet. Me gustaría conocer la infraestructura y la cultura paceña. 

Participante 2: Lo que más me jala es la música electrónica que hacen con sonidos de la morenada y caporales. 

María Galindo (MG): ¿Tienes una expectativa erótica de terminar en una relación sexual con un alteño o con una alteña?

Participante 3: (Risas) No, no, no, con nadie (risas). 

Participante del centro paceño: A mí me llama la atención conocer un cholet. Parece una nave espacial hasta donde he podido ver en las fotos. Es un evento muy diferente al que estamos acostumbrados a ir: la típica fiesta y el típico preste. He ido a un preste pero me llama más la atención conocer esto.

Participante 4: Vine por la música y el cholet que identifica La Paz. Me parece increíble. Jamás he estado en un preste. A ver si esto se asemeja. 

Participante de la zona sur: Yo soy un desclasado. He venido a interpretar esta situación. Me da asco todo, pero al mismo tiempo, ahorita soy parte y me encanta, pero es un asco. Es completamente elitista. 

***

He hablado con el productor Rafael Roque, de la empresa Fahrenheit, responsable de técnica y logística. Me dijo: “Esta es una fiesta de integración que trata de mostrar las dos facetas de la ciudad. Por una parte, el lado andino, altiplánico, lo que es el cholet, las raíces, el carnaval, la chola paceña. Por otra parte, las bebidas, la música electrónica, los juegos. La fusión ha resultado en el Electropreste”. Me explicó que el staff estaba compuesto por 85 miembros y aseveró que absolutamente todo el personal tenía un salario justo y digno.

MG: ¿Cuánto cuesta fletar un local como este para una fiesta?

Rafael Roque (RR): Guau. Los precios de un palacio andino, que es un cholet, sí son bastante elevados. Cuestan entre USD 3.000 y 10.000. Depende del artista y de la capacidad. 

MG: ¿Me puedes resumir el programa que tienes pensado para hoy?

RR: Claro, hemos iniciado con DJ electrónico en la parte de afuera, en la calle, como acostumbran acá en la ciudad de El Alto: cerrar la calle y armar algo distinto. Hemos puesto un escenario con tres DJ. Hemos armado un cuadrilátero para mostrar lo que es las cholitas’ wrestling o las cholitas cachascanistas, como las conocemos. Luego, hemos invitado a los amigos de la banda Siempre Santana, que es una banda muy joven, con mucha trayectoria. Una vez ingresando al cholet, hemos tenido la fusión de un DJ cumbia, unos raperos, la banda, lo que es el desentierro del Pepino, acompañado de la banda. Ahora tenemos al dúo de Marco y Aníbal, luego viene Iva, tenemos un DJ internacional de Italia y luego tenemos otro DJ invitado. Ese es todo el line up de la fiesta. 

¿Consumir y disfrutar de un cholet sin sus habitantes?

Eran las 19:45 y el salón estaba abarrotado. Prácticamente no cabía ni un solo alfiler. Mirando desde un balcón, la composición de gente que veía era: cero cholas, creo que Yola Mamani era la veintiúnica chola ahí; y alguna más que vimos de lejos. Una composición monocromática: cien por ciento de gente blanca, blanqueada o blancoide. Clase media alta hasta clase media baja arribista, que tiene como plus su condición de blanqueo o que tiene residencia en barrios como Miraflores, Sopocachi, Achumani, San Miguel o Irpavi. El cien por ciento de los trabajadores y las trabajadoras eran morenos o morenas de piel oscura y probablemente alteños o alteñas. No había en la pista de baile, ni en los balcones, ni una sola chola vestida para bailar y tampoco vi un sólo alteño o alteña. Era mayormente gente buscando eso que todavía teníamos que averiguar. 

Conversé con algunos conocidos como el comediante Javicho Soria y la vocalista de Efecto Mandarina, Vero Pérez, y les pregunté por qué vinieron al Electropreste y qué les provocaba estar en un cholet:

Javicho: Esto es una hibridación cultural en su máxima expresión. Tiene cosas divertidas: te ponen tu máscara, lentes, te ch’allan. La gente viene a experimentar algo fuera de lo cotidiano: la mezcla entre lo electrónico y lo andino. Me gustan los cholets, me provocan fiesta. 

Vero: Vengo a vivir la experiencia de una fiesta que busca integrar a la gente con el espacio. Es algo importante porque siempre nos hemos sentido distanciados de quiénes somos. Creo que es bien importante hacerse parte y tomar estos espacios. 

María: ¿Tomar el espacio es salir del ghetto blanco?

Vero: Sí. El cholet obviamente no lo vivo como se vive acá en El Alto –no es un espacio de preste–, para mí el cholet es arte. Es algo de lo que tenemos que sentirnos orgullosos. 

María: ¿Harías tu cumpleaños en un cholet?

Vero: No, no lo veo necesario. 

¿Cómo se convierte el aguayo, de distintivo del kepi despreciado de la chola, en ornamento de moda? 

En el Electropreste, Casa Real distribuía unos distintivos que eran una especie de chalinitas de aguayo chino con su marca. Esto me llevó a preguntar qué significaba el aguayo en el contexto del Electropreste porque pensé en el “complejo del aguayo” del que Silvia Rivera habló varias veces. El “complejo del aguayo” es la experiencia de la clase media boliviana que ha gozado, disfrutado o usufructuado de una trabajadora del hogar que ha hecho las veces de niñera–madre en un rol ambivalente de trabajadora del hogar, completamente subalterna dentro de la casa, pero sustituta de la madre.

Pregunté a los y las asistentes qué significaba el aguayo en el contexto del Electropreste y cuál era su relación con el aguayo:  

Participante de Miraflores: Sólo fue un regalo que me dieron a la entrada. Obviamente entiendo el significado del aguayo, me parece bien porque me identifico con la cultura boliviana, soy boliviano. Mi abuela me llevaba en aguayo cuando yo era bebé. No tengo nada contra eso y me siento orgulloso de usarlo.

Participante 1: Los aguayos eran de las empleadas que cargaban a los bebés. Ahora no es que esté de moda, es un respeto también para la gente que lo viste, la gente aymara, nuestra gente. 

Participante 2: Todo aguayo cuenta una historia. Cuando mi mamá me cargaba o mi propia nana me cargaba en su aguayo, era importante para mí. Mi mamá no es chola, pero siempre ha usado aguayo. 

Participante 3: [Llevar aguayo colgado ahora] es una forma de wrepresentar a la cultura. 

Participante 4: El aguayo forma parte de la identidad cultural de cada persona que lo utiliza. Mi abuela me ha cargado en aguayo y yo he cargado un kepi. Entiendo que ahora en el Electropreste lo estén utilizando de forma folklórica, de rrasas típicas. Viene a ser como un adorno, una fusión de culturas. 

Participante 5: Cuando era niña, no tenía ni idea qué significaba el aguayo, pero ya caché. Es simple: es algo de los aymaras. Es totalmente diferente. Llama la atención a los turistas. Tal vez sea una moda, pero me encanta. 

Yolanda Mamani, chola feminista: Para mí el aguayo es algo en lo que yo me he criado y cargo mis cosas. El aguayo todo el tiempo está conmigo. Yo no necesito ponerme para un momento festivo, para decir soy india, soy chola. Cuando lo uso, escucho, uta, un montón de insultos pues. Ver cómo usan el aguayo en el Electropreste, la verdad es que a mí me molesta. Casi siempre que se habla de lo indígena o de la chola; se usa el aguayo como reduciéndonos a eso. Otro, porque ni siquiera saben el significado y se ponen sólo para esta ocasión. No se pondrían de chola para cargar su atado por ejemplo; pero quieren tener algo chiquito para aparentar que son populares, cholos. 

María Galindo: ¿Por qué te molesta? En principio sería un acto positivo que quieran acercarse, ¿no? 

Yolanda: Lo malo es que es convenenciero, como mercantilizar la imagen de la chola. No es que sea algo que en lo que ellos realmente crean. 

La única chola presente en el Electropreste: 

la que está pintada en la pared, la que no incomoda, la que no está 

Mi hipótesis es que el Electropreste quiere, de alguna manera, vender la alegría que se vive en un preste a una clase social que ve con envidia esa producción de derroche y espectáculo festivo. Se la vende como un producto: yo te voy a dar serpentina, mistura, disfraces folklóricos. Sin embargo, la calidez que desata el preste es justo lo que no hay en el Electropreste. Le pregunté a la gente qué diferencias veían entre éstos:

Vecina de Calacoto: Aquí la gente está amontonada y no hay convivencia. No le veo el preste más que en el nombre. No le veo algo diferente a una fiesta electrónica, no hay la fusión. Lo único de particular que le veo es que están en un cholet.  El preste se raja para que vos vivas la fiesta. Aquí me han cobrado 180 pesos de pre-entrada y ¿qué me han dado? Nada. Cero espíritu andino. Simulan que quieren conectarse con algo de la tierra andina para decir que están aquí. 

Vecina: En un preste-preste, entras con tu caja de cerveza como ofrenda y te anotan, por el tema de la retribución. Segundo, aquí hay música electrónica y en el otro solamente hay autóctona o bailable. Tercero, las personas que asisten creen en ese tipo de retribución; aquí son jóvenes que vienen a bailar electrónica. Le llaman preste porque han tratado de mezclar la música autóctona y el cholet con la música electrónica. Es así, como una mistura. 

Había una serie de chucherías que le permitían a la gente entrar imaginariamente a un preste. Eran fetiches, objetos sin su ajayu, como las cholas que estaban ahí abajo como un ornamento a ser consumido, como la serpentina y la mistura. La fusión musical que prometen no existe. La banda toca en medio de la gente, en un lugar totalmente subalterno y sin espacio ni para respirar. Mientras tanto, los DJ están en el escenario muy cómodos, como los verdaderos protagonistas. 

El anzuelo principal de la fiesta es el cholet, uno de los productos alteños estrella hoy en día. Pero eso no se puede desligar de lo que es la ciudad de El Alto. Por eso, he querido dialogar con algunas personas del entorno: ¿qué dicen del Electropreste? ¿es una fiesta alteña? 

Vecina 1: El Electropreste es de la juventud que está con música folklórica y música electrónica. Son zona sur todos los que participan, he notado que no hay gente de El Alto. Y ninguna es chola. Todas chutas, todas transformes. 

Vecina 2: El año pasado tuve la oportunidad de entrar al Electropreste. Es algo hermoso porque se mantiene la cultura y se demuestra el arte de Bolivia. [Los alteños no participan] mucho porque casi no se hace publicidad aquí en El Alto. 

Entiendo muy bien que el Electropreste es un negocio. Digamos que son 1.000 entradas cada una a Bs 200. Estaríamos hablando de Bs 200.000. La pregunta es: ¿el negocio es para quién? La fiesta funciona gracias a un equipo gigante de trabajadores y trabajadoras a quienes les pregunté cuánto estaban ganando por su trabajo:

Chola anfitriona 1: Estoy de invitada. No puedo decir nada más. 

Promotora de cigarrillos: Estamos ganando USD 50 la hora. Está bien, siendo que es ocasional. 

Responsable de la limpieza de baños: Me dan Bs. 200 por trabajar de 2 pm a 2 am. No me parece justo, es muy poco.

Guardia de seguridad: El pago oscila entre Bs 120 y 180, depende del trabajo. No tenemos mucho que hacer.

Chola anfitriona 2: No estoy cobrando nada. No sabría decirle por qué. 

Cuando estaba conversando con la última chola trabajadora, vino uno de los organizadores a agredirme. “¿Te hemos dejado entrar para que hables mal de la fiesta? Donde vas, creas conflicto” me dijo. Lo siento mucho, no fui para hacer publicidad, entré como prensa hacer una crónica radial. 

Mis impresiones fueron que, primero, no existe ninguna fusión. El grupo de gente que está en el Electropreste es homogéneo, de las zonas residenciales de la ciudad de La Paz, que sube a la ciudad de El Alto a experimentar una supuesta novedad. No es un compartir con un alteño, una alteña, no se apuesta por un “mestizaje”, ni se confronta la visión racista. 

Segundo, el Electropreste es el reino del selfie. La gente que va está completamente volcada a su imagen, aferrada al celular y quiere mostrar que está allí. Es una suerte de consumo y pose donde el Electropreste se convierte en un fetiche más de estar a la moda.

Tercero, el Electropreste es ocupar un territorio, un espacio del otro y decir: puedo pagar, puedo fletar, puedo usar a mi manera diciendo que es a tu manera. Se trata de gente que se ha puesto a mirar lo cholo con otros ojos. Así como necesitan pertenecer al club de tenis, necesitan ir a un electropreste. Son dinámicas de clase muy fuertes. 

Cuarto, el apartheid no se ha roto. Entras y estás en medio de una especie de burbuja donde el otro no te va a invadir. Es una ocupación alteña sobreprotegida. Hay guardias, transporte: un trato paternalista. Lo que menos interesa es que le pase algo a los que van al Electropreste. 

Finalmente, el racismo está ahí y no se ha resuelto para nada. Se ha transformado dentro de la misma lógica de desprecio al otro. El folklore está funcionando como una especie de caja negra donde podemos vivir ciertos intercambios sin afectar nuestras jerarquías sociales y raciales. Me parece muy perverso. 

Esta es una versión hiperesumida y editada de la crónica radial “Electropreste, o cómo ocupar el espacio del otro sin el otro”, emitida el 14 de febrero en el programa “Pare de sufrir, luche” de Radio Deseo, emisora de Mujeres Creando. La versión completa puede escucharse en radiodeseo.com 
 

 

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