CRÓNICA

UN NOMBRE para el monstruo

La importancia de ponerle nombre a esa sombra que algunos jóvenes scouts paceños arrastraron por muchos años: el abuso sexual dentro de su comunidad.
domingo, 24 de febrero de 2019 · 00:15

Gabriel Mamani Magne

1

 Se enteró cuando su hijo apareció en la tele. 

Antes de eso, ni el terror ni el insomnio, ni el dolor ni la vergüenza fueron patentes a ojos de la mamá de Juan.  

— El silencio es una de las cosas más difíciles que debes vivir.  

Dice Juan (38) mientras bebe su café. Son las diez y media de un lunes común. Estamos en una cafetería cercana al estadio Hernando Siles. La ornamentación del lugar remite a un atardecer perenne: paredes anaranjadas, sombras de árboles, alguna cascada. Juan hace énfasis en esta última imagen: le sorprende que gran parte de los locales de comida de esta ciudad siempre incluyan algún cuadro de cascada. 

— Verbalizar el tema es difícil –agrega–. Pero decir que un hombre fue víctima de abuso sexual ya es un gran paso. 

A nuestra izquierda hay un espejo grande. Gracias a él, puedo observar desde otro ángulo los gestos y los aspavientos de mi entrevistado cuando habla del asunto: parte con el tenedor su torta de chocolate, cuenta hechos macabros, arquea los ojos, gesticula con las manos, se come un pedazo. Nada en sus actos –ni de perfil ni de frente– es coherente con la oscuridad de lo que cuenta (aunque al segundo me arrepiento de ese pensamiento: ¿qué esperaba: que su relato se acomodara al morbo con el que suelen abordarse los casos de abuso sexual?)

— Es una carga que tienes y que no sabes de dónde viene. Como no sabes identificar, no tiene nombre ni maneras de trabajarse. Es un peso que cargas sin saber por qué. Una culpa, una vergüenza que no sabes hablarla, es bien difícil verbalizarla.

Juan fue víctima de abuso sexual entre 2004 y 2010. Sucedió mientras formaba parte del grupo de scouts Boliviano–Israelita. Cuando empezó, tenía veintidós años. El victimario se llama Gunter Montesinos, director distrital en la época. 

Entre el tiempo de los hechos y el momento en el que Juan decidió enfrentar el tema pasaron casi quince años. Y en medio: confusión, miedo, depresión, tristeza. No habló del asunto con su familia sino hasta abril del año pasado, cuando otras víctimas se contactaron entre ellas y decidieron interponer una denuncia. 

De hecho, su madre solo se enteró cuando Juan apareció en un canal de televisión. 

— Por fortuna siempre he tenido una buena relación con ella. Me ayudó –dice enfático–. Pero mi papá… No sabe cómo hablar del tema, no puede siquiera preguntarme.  

Según Juan, el silencio es el mayor enemigo en los casos de abuso sexual. Sin habla, sin un nombre propio para el monstruo, las consecuencias de un abuso no son tratadas y, al no ser tratadas, se fermentan y perturban la vida de la víctima en todos los planos: familiar, laboral, amoroso. 

— Todos los que no denuncian cargan ese peso. Y es probable que, si alguien no lo denuncia y carga con ello, se vuelva abusador –señala mi entrevistado, que para enfrentar el caso ha debido nutrirse de varios libros de psicología–. Muchos violadores fueron violados de niños. 

En este caso específico, de acuerdo a mi entrevistado, los abusos de Gunter Montesinos, quien fue parte del movimiento scout por más de veinte años, fácilmente podrían haber alcanzado a más de trescientas personas. Esto por el recato con el que se manejan los casos de abuso sexual y las barreras jurídicas e institucionales que impidieron que el victimario se alejara del grupo. 

— Hay mucha gente que no trabaja sus emociones –dice Juan–. ¿Cuántas personas hay envueltas en esto? ¿380? –arquea los ojos, agrega: –Con eso puedes destrozar una ciudad entera. 

FOTOS PIXABAY

2

El caso se hizo público gracias a una carta anónima. A finales de marzo del 2018, la madre de una víctima denunció vía redes sociales que su hijo, así como muchos otros jóvenes, había sufrido abuso sexual por parte de miembros de la dirigencia scout en 2015. La carta se hizo viral y pronto llegó a los medios, quienes tomaron la noticia en caliente y se movilizaron para contactar a las scouts.

De acuerdo a las declaraciones de las víctimas y al requerimiento de acusación formal, los responsables de los hechos son tres: Henry Arispe, Gunter Montesinos y Hebert Gutiérrez. 

A los dos primeros se los acusa por la comisión de abuso deshonesto (artículo 312 del Código Penal) y corrupción de menores (artículo 318 del Código Penal), mientras que a Hebert Gutiérrez se lo imputa por el delito de encubrimiento (Art. 171), abuso deshonesto y corrupción de menores. 

Juan cuenta que conoció a Gunter hace más de veinte años, en 1998. Los primeros toques se produjeron en 2004. En aquella época Juan tenía veintidós y, “debido a la pésima educación sexual del país”, no podía interpretar lo que estaba ocurriendo. Gunter aprovechó eso. Su táctica consistía en seleccionar a los scouts con problemas de figura paterna, ganarse su confianza y emborracharlos. Roger (nombre ficticio), otra de las víctimas, señala que la empatía que Gunter generaba hacía que nadie desconfiara. “Aprovechaba el nivel de confianza y normalizaba todo”, agrega Juan.  

El gran problema, quizá, estaba en la normalización de los hechos por parte del victimario. Siempre que Juan o alguna de las otras víctimas increpaban a Gunter por su proceder, este atribuía lo ocurrido al alcohol, minimizando su accionar e, incluso, confundiendo a las víctimas. 

— “No pasa nada”, decía él, “es que estabas borracho” –cuenta Juan–. También trataba de convencerte de que eras homosexual. El vínculo era manipulador.  

En las declaraciones de la acusación consta que, en una ocasión, Gunter le propuso a Roger, que en aquel entonces tenía veintiún años, compartir unos tragos.  Este aceptó “por el respeto que le tenía” y ambos se dirigieron a un bar. La velada se desarrolló con normalidad hasta que, en un momento determinado, Roger perdió el conocimiento. Cuando lo recuperó, reparó en que se encontraba apoyado contra la pared mientras Gunter le manoseaba el cuerpo y le tocaba sus partes íntimas.     

Mientras Gunter Montesinos se aprovechaba de jóvenes de entre dieciocho y veintidós años, Henry Arispe tenía como objetivo a los exploradores mucho menores. Sergio San Miguel (27) cuenta que el acusado se presentaba como modelo a seguir de aquellos exploradores con una figura paterna faltante. 

— Idealizas a los líderes como un ejemplo de alguien que te puede guiar, es como la ley. Te dicen “esto es bueno, esto es malo”. 

El anzuelo de Henry era hablar desde la masculinidad. Era el 2004 y Sergio tenía doce años. Entonces, preguntas como “¿quién te gusta?” o “¿tienes chica?” podían ser el imán suficiente para captar la atención de alguien de su edad. Los padres de los scouts percibieron esa empatía que Henry generaba casi automáticamente –“parece que les daba caramelos”, decían– pero jamás desconfiaron debido a la imagen de líder masculino que proyectaba. 

— En todos los casos hubo una falta de padre –dice Sergio– Era un ídolo. Todos iban detrás del Henry –señala Sergio, que cuando todo ocurrió no conocía a su padre. 

Poco a poco, Henry Arispe comenzó a elevar el tono de sus charlas sobre sexo y, al poco tiempo, pasó a los actos punitivos. “Siempre nos castigaba, y en la noche cuando todos estaban durmiendo los sacaba de la patrulla y los hacía trotar en calzoncillos”. 

Henry aprovechó las veladas de patrulla para subir a otros niveles: ponía un video pornográfico en el VHS, ordenaba a los jóvenes bajarse los pantalones, los obligaba a masturbarse. 

— Decía que debíamos empezar a saber del sexo. En otros casos, él los masturbaba. Les decía: “¡No veas, le voy a decir a tu mamá!”.  

Juan y Sergio concuerdan en que lo más difícil era descifrar lo que estaba sucediendo. Y a esa confusión, se sumaba la vergüenza. Verbalizar los casos de abuso sexual, en muchos casos, es un proceso que puede durar mucho tiempo. Y una vez identificado el problema, una vez que el monstruo tiene un nombre, el siguiente paso es hablarlo con la familia, explicarlo, buscar ayuda psicológica, denunciar. Es un camino largo y pedregoso que algunas víctimas prefieren no recorrer, razón por la cual muchas optan por el silencio y la inacción. 

Sobre esto, Sergio menciona algo aterrador: 

— Por generación, a Henry le llegaban treinta niños. A esos treinta, en mi caso, a toda mi generación, por patrulla los ha agarrado. Este tipo no ha abusado de pocos, sino de hartos. Tuvo siete años para afinar sus habilidades.

3

El silencio creció como una sombra dentro de las víctimas y llegó a opacar sus vidas en todos los ámbitos. Sergio cuenta que logró identificar el problema recién a los dieciocho años, cuando empezó a estudiar psicología. En una clase, el profesor habló de los casos de abuso sexual en los niños de la calle. Ese fue el primer choque: a medida que el profesor ahondaba en el asunto, Sergio recordaba, unía cabos, hasta que se dijo a sí mismo: “uy, creo que a mí me pasó algo”. 

Fue a partir de ese momento que empezó a comprender ciertas conductas de su adolescencia, como aquellos ataques de ira de los que solía ser presa, la rabia acumulada, la angustia. 

— Es incómodo tocar eso –dice–. Entonces sale por otros lados. Salía cuando eras adolescente y tomabas. No había conocimiento concreto, pero sí salían migajas o rastros de lo que había ahí. 

Luego vinieron las pesadillas, la angustia. Una brecha se había abierto en su interior y su mente no paraba de darle señales. “Tu cerebro te dice ‘hey, te ha pasado, hey, te ha pasado’, y de ahí no te deja”.   

A diferencia de las otras dos víctimas, Roger denunció los hechos una vez consumados. Eso no significó que las consecuencias del vejamen no hicieran estragos en su interior. 

— He tratado de sobrellevar, buscar otros amigos, una compañera… No se podía. 

Roger es víctima de Gunter Montesinos. Sucedió en 2011, cuando tenía veintiún años y formaba parte activa de los scouts. Si bien nunca pasaron a más debido a que actuó al poco tiempo de acaecido el abuso, el infierno interno que quemaba a Roger lo empujó a considerar el suicidio.  

Se entregó a la bebida y en cada botella vacía reverberaba el autoreclamo: “podía estar con mis amigos, era que no vaya, era que no lo acompañe; ahora estaría en otro lugar”. Tomar y recordar. Esa combinación afectó su vida social, laboral e incluso sentimental. 

— Hasta te viene la impotencia sexual –agrega–. Recordar... eso influye bastante. A todos.  

Un elemento que impidió que Roger y otras víctimas pudieran enfrentar el tema fueron los prejuicios y los roles establecidos que se manejan en torno a la sexualidad. En un país en el que el jefe de la policía señaló hace poco que muchas mujeres son víctimas de feminicidios debido a que “llevan una doble vida”, no sorprende que las víctimas de sexo masculino se sientan culpables por “haber fallado en su rol de machos”. En el caso de Roger y Juan, el sentimiento de culpa se duplicaba por el hecho de haber sufrido el abuso cuando, según la ley, eran mayores de edad. 

— Se excusan diciendo “ya eran mayores –dice Roger– O sea, si soy mayor, ¡ya!, ¡que me violen! –hace un aspaviento con las manos, su boca tiembla–. A los veintiún años todavía no eres mayor.  

Una vez viralizada la carta anónima el año pasado, varios ex compañeros del movimiento scout se contactaron entre ellos y propiciaron reuniones. Fue un acto catártico, pues hasta entonces todos habían pensado que nombrar el monstruo era certificar su existencia.  

— Hemos formado algo así como un grupo de contención –señala Juan. 

Hoy los denunciantes son diecisiete, aunque se presume que las víctimas son muchas más. Diez de ellos son parte activa de la organización que se encarga de llevar la demanda y gestionar la relación con los medios de comunicación. En el grupo cada uno tiene sus funciones; hay quien se dedica a la parte jurídica, otro a la ayuda psicológica. Juan es el vocero.  

Destapar los casos ha sido un proceso largo y tortuoso. El primero fue Roger, quien encaró a Gunter Montesinos y a las autoridades al poco tiempo de los hechos. Las autoridades de los scouts dijeron que tomarían cartas en el asunto, pero lo más que hicieron fue alejar de la institución al acusado por un lapso de seis meses. Roger también se apartó de los scouts por un tiempo y, cuando regresó, notó que Gunter había vuelto. Una vez más, intentó alejar a su victimario del movimiento scout, pero, como para escarmentarlo, las cabezas expulsaron a Roger. El argumento era el mismo que todos los agresores usan para deslegitimar cualquier denuncia: “estás exagerando, eres muy sensible, no es la gran cosa”. 

Tiempo después se supo que la inmunidad de Montesinos y Arispe se debía al fuerte lazo que tenían con Hebert Gutiérrez, jefe nacional distrital cuando se descubrieron los hechos. Solo ahora se pueden unir todos los cabos: ventilar los casos de abuso sexual produciría un efecto dominó que alcanzaría a la cúpula dirigencial. 

— Sabiendo cómo Henry actuó, no lo apartó. Hebert Gutiérrez, que también conocía el caso de Gunter, tenía un amorío con una menor de edad –señala Roger–. Para mí todo estaba preparado. Si uno hablaba, el otro iba a caer. 

De modo que al jefe distrital no le convenía que los casos se destaparan, pues, además de poder verse descubierto, existía el riesgo de que la Alcaldía rescindiera el comodato de los predios que había cedido a los scouts. En una carta titulada “Adentro crece la sombra”, escrita por las víctimas que interpusieron la demanda, se lee lo siguiente:  

“Al principio nos dijeron que éramos unos borrachos y problemáticos, por lo que era dudosa nuestra palabra. Después nos pusieron en una balanza: sopesaron si era más importante que un hombre haya sobrepasado su calidad de dirigente, o tener un espacio en comodato por otros 30 años para la institución. Perdimos. Perdimos muchas veces contra el poder, perdimos porque a nadie le interesa si un hombre te ha manoseado, porque tienes que ser macho y saber aguantar. Y si eres mujer, te lo buscaste”.

Por fortuna apareció la carta anónima y eso movilizó a las víctimas. Sin embargo, la inoperancia y la corrupción institucionalizada en los scouts se cobró una víctima más: entre la época en que se destapó el caso y el momento en que se tomaron acciones reales, Henry Arispe, en presencia de otros exploradores, besó en la boca a un lobato de siete años  (lobato, categoría scout de niños entre 7 y 11 años de edad) 

4

Del infierno de vivir con la sombra del abuso, Juan, Sergio, Roger y los otros catorce denunciantes pasaron al infierno de las instancias judiciales y policiales. 

— La policía es de terror –dice Juan–. No tienen trabajo para las víctimas, no saben cómo establecer el testimonio. Hay una revictimización latente. 

Esa decadencia se extiende a las instancias judiciales, donde las víctimas deben padecer desde los costos que supone mantener un proceso legal hasta un gasto emocional agotador. Litigarse no es barato: aunque la organización cuenta con los servicios gratuitos del abogado Héctor Tapia, los gastos con los que corren incluyen centenas de copias (el cuaderno judicial tiene diez cuerpos y el de investigación tiene cinco, cada cuerpo con más de 200 páginas que deben ser legalizadas), verificaciones de videos cuadro por cuadro y costes de notificaciones (pues el notificador no tiene carro y, si lo tiene, siempre está sin gasolina). 

— Todo este sistema está mal –asegura Sergio–. Hay muchas personas que trabajan por hacer las cosas bien, pero el sistema mismo les impide. Para mostrar las pruebas de la grabación debemos pagar mil y tanto, debemos pagar para sacar fotograma de la fotografía, y debe ser de una fotocopiadora de la fiscalía –suspira, me mira a los ojos–. Te desgasta, te desgasta. 

El gasto emocional también es alto. Para Juan, lo más difícil es aceptar que una persona en la que confiabas ha vulnerado tu confianza.  

— Es difícil porque era una persona cercana a vos. Hay que aprender a separar. Cuando se quiso aprovechar de vos no era tu amigo. 

Ahora dos de los imputados, Gunter Montesinos y Henry Arispe, están con detención preventiva. Sin embargo, las irregularidades en el proceso no se dejaron esperar. Si bien en un momento Hebert Gutiérrez fue recluido con medidas cautelares, al poco tiempo se le otorgó detención domiciliaria. Tiempo después, el abogado de Gutiérrez pidió salidas laborales y para ello presentó un contrato de trabajo. Lo peculiar de ese contrato era que, según Juan, el propio abogado resultó el contratante de su víctima. 

La revictimización a la que los denunciantes se refieren se manifiesta, por ejemplo, en la lógica de las audiencias. Roger señala que, pese a que ahora puede mirar a la cara a su victimario, “aun así tiemblo”.  En el caso de Sergio, el drama se intensificó dado que hasta hace un tiempo vivía a una cuadra de la casa su victimario.   

— Cuando estaba en la U, para mí ese trayecto era un asco. Debía ver a los lados por si Henry aparecía. A ver… Viví eso durante tres años –dice alterado–. Es una huevada. 

Las cosas no mejorarían para Sergio, pues hace tres meses, cuando regresaba a su casa en el coche de su amigo, encontró a Hebert Gutiérrez y su abogado en la puerta de su casa.. El piso mojado por la lluvia. ¿Qué hacían ahí? Las cámaras de vigilancia muestran a ambos a centímetros de la puerta esperando durante varios minutos. Son las 20: 30 y Hebert Gutiérrez transita en un horario no laboral. 

— Ellos se percataron y no se movieron –dice Sergio–.  Han esperado. Se ve en la cámara. Yo por miedo no bajé. Seguían ahí. Si eso no cuenta como amedrentamiento, no tengo idea cómo la justicia lo permite… Y ahora le dan libertad plena.

Soy testigo de todo ese gasto emocional la mañana del miércoles 6 de febrero. Juan y yo conversamos mientras esperamos el inicio de la audiencia en el piso del Juzgado Sexto de Instrucción. Aunque todo en la planta conserva ese aire estresante de todos los espacios relacionados con la justicia, una calma persiste debido a la amenidad con la que Juan me habla de libros.   

— ¿Has leído a Burroughs?

De pronto el piso se llena de gente y la armonía de la mañana, que al otro lado de la ventana muestra un cielo límpido, se rompe cuando aparece un hombre esposado.    

Chaqueta beis, jean claro, zapatos cafés. La cara risueña y hasta relajada. Una botella en una mano y una carpetita en la otra. Juan suspira: el esposado es Gunter Montesinos y conversa con alguien a menos de tres metros de su víctima.   

En eso llega el abogado de las víctimas y un funcionario grita en voz alta los nombres de los denunciados: 

— ¡Henry Manfred Arispe Vidaurre! ¡Hebert Gutiérrez Vía! ¡Gunter Reynaldo Montesinos Velez!

El funcionario nos conduce al pasillo que da a la sala del juzgado. Esperamos. Somos alrededor de veinte personas y la imagen me devuelve a mis días de estudiante de Derecho, cuando hacía fila en los pasillos mientras mis compañeros y yo esperábamos que abrieran el aula para el examen. Días antes, una de las víctimas me contó que, pese a que el tiempo ha pasado y hablar del tema ya no es un drama como lo fue hace cinco años, todavía le causaba un leve temblor mirar el rostro de su victimario. 

Ahora comprendo todo: Juan emite un suspiro largo, su expresión cambia, mira al suelo. 

5

Enfrentarse a la sombra del abuso es un proceso largo. Pese a eso, Juan considera que la experiencia lo ha enriquecido. La sombra no lo ha oscurecido, y él y sus excompañeros han podido encontrar una señal de luz. “Todo lo malo y bueno están en la misma bolsa”. Ahora Juan se considera una persona más madura y con las metas más claras. “Mis relaciones son mucho más horizontales”. 

Entre sus planes está rodar un documental sobre la experiencia. 

— Ya hablamos con los chicos. Está parado. Necesitamos recursos. Para mí está bien que esté parado, necesito reflexionar. No me interesa entrar en la dinámica del periodismo. Un documental es una relación con lo real. Si es una relación con lo real, ¿qué forma le voy a dar? Es hablar sobre tu cuerpo, la vulneración, asumir que has sido vulnerado.

Sergio también tiene planes interesantes. En poco tiempo su banda, República Límite, estrenará el videoclip de su tema Circo TV. Sergio está emocionado, pues considera que será “un éxito brutal”, ya que es una crítica a la televisión basura. 

Todos mis entrevistados concuerdan en que el trabajo que realizan es para prevenir más casos de abuso. Hay énfasis en sus palabras y seguridad en sus expresiones. Todos admiten que conservan algunas secuelas producidas por los hechos, pero también confiesan que, pese a las trabas, ninguno renunciará. 

— No es para mí, a mí ya me ha pasado –dice Sergio–. Es para sentar precedente y que las personas conozcan y se den cuenta de la importancia de la educación sexual. No voy a dar un paso atrás, aunque me maten. 

Mientras escribo esto, escucho la canción Pac gados de la banda de Sergio. La letra dice “y la justicia boliviana, ¿cuándo llegará?”, y es inevitable pensar que esta tonada bien pudiera ser el soundtrack de todas las noticias que salen en este periódico.
 

ÍLUSTRACIÓN FUJIKO URDININEA DGR-UCB

 

 

 

58
6

Otras Noticias