CRÍTICA

En el Olimpo del periodismo y de los lectores

domingo, 03 de febrero de 2019 · 00:11

Roberto Navia Gabriel

La revista Rascacielos de Página Siete irrumpió en el Olimpo de los lectores como lo hacen las obras periodísticas que están dispuestas a convertirse en un artículo de primera necesidad, en un compañero inseparable que llega a casa los fines de semana y que uno la espera para ponerse a conversar, atizando el fuego de la palabra bajo la sombra de un árbol familiar o quizá también amparado en alguna esquina de una soledad necesaria, para enterarse sobre la vida y también sobre los fantasmas misteriosos del más allá, sobre héroes inmortales y sobre seres anónimos que son elevados al mundo de los visibles por algún periodista rebelde que no se conforma con la pirámide invertida ni con el egoísmo de las conferencias de prensa, sino, que hurga entre las calles y entre la selva, que se arremanga las mangas de la existencia para tocar un montón de puertas con el único fin de contar algo diferente y algo de verdad. Para contarlo como se debe, para contarlo bien. 

La revista Rascacielos llegó a mi vida, primero, por comentarios de varios colegas. Hablaban de ella como la última novedad del buen periodismo. Decían que había nacido un producto muy interesante, que tenía agenda propia y que estaba bien escrito, que su editora era Cecilia Lanza: periodista y escritora de narrativa privilegiada, cronista de sangre que este mundo necesita. También decían que Rascacielos contaba con un buen número de colaboradores a los que fui conociendo tras cada número que empecé a buscar con urgencias de domingo en la plaza cruceña donde llegan casi puntuales todos los diarios del país.

Me gusta Rascacielos. Me gusta -para empezar- cómo se presenta al público: como la revista dominical de crónicas, ciudad, cultura popular y otros vicios. Me gusta porque creo devotamente que la crónica es el gran género para narrar este mundo tal como es, como está y como lo soñamos, porque la crónica es una expresión noble que utiliza las palabras para que el periodismo no sea un género menor de la literatura. Me gusta porque en sus páginas palpita la ciudad -las ciudades-, como un corazón que no se rinde, que se despereza para contar sus recuerdos, que camina con la gente que no se rinde y que anima a levantarse a quienes habían caído en los canales de la desidia porque en esta vida no hay mejor cosa que leer. La revista Rascacielos hace del acto de narrar la cultura popular su ADN, porque en ella están la hiel y la miel de la mismísima vida. Me gusta Rascacielos porque leerla se ha convertido en un buen vicio al que uno cae rendido porque las historias que en ella se cuentan, vaya donde uno vaya, lo acompañan siempre. 

Este primer año de Rascacielos, es un primer año que Bolivia y el periodismo boliviano deben celebrar para que vengan muchos más, para que todos los domingos que vengan sean para tocar el cielo, leyendo bien.
 

 

 

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