CRONIQUITA

Lluvia, cerveza y sangre en San Sebastián

¿Qué significa pertenecer a algún lugar? Hacerse barro. Agua, licor y sangre se revuelven con las gentes en día de fiesta. He aquí la teoría de un danzarín.
domingo, 03 de febrero de 2019 · 00:13

Luis Raimundo Quispe Flores

La pertenencia, el sentimiento que se tiene hacia el lugar en que se vive, yo la entendía de un modo parecido al que se expresa en Cien años de soledad; “uno pertenece a un lugar cuando tiene un nacido y un muerto allí”. Esto fue hasta hace unos ocho años, hasta el momento en que asistí por primera vez a la fiesta de San Sebastián, cuando bailé con la fraternidad  Fusión Primos y los vecinos de aquel barrio que me hizo tanto recuerdo al mío. Desde entonces entiendo la pertenencia como un lodo en que los hombres y la tierra en que viven se mezclan; como un barro que se renueva con el agua, el licor y la sangre que corren, especialmente los días de fiesta.

La urbanización San Sebastián pertenece al distrito 8 de El Alto, un distrito que tiene como columna vertebral la carretera (ahora doble vía) La Paz – Oruro y que hace unos 20 años no existía, al igual que muchos otros barrios. Esta reciente existencia que caracteriza a todo El Alto, pero que se presenta de manera paradigmática, fue lo que me llamó la atención la primera vez que llegué a ese barrio. Había ido para completar un trabajo de universidad con Ever Benito, mi mejor amigo. Llegar a su casa fue como hacer un viaje en el tiempo. Me quedé en Puente Vela y desde allí caminé entre las calles, todas de tierra, y entre casas, todas de adobe. Me recordaban esa extraña sensación de nacimiento y decadencia que llenaba las calles de villa Oro Negro, el barrio donde nací y crecí, en sus primeros años. Había menos de cinco kilómetros entre éste y el barrio de mi amigo, pero más de 20 años de diferencia. No lo puedo negar, más que nostalgia, sentí tristeza aquella primera vez; y, sin embargo, esa sensación cambió luego de unos meses cuando volví para participar en la fiesta del barrio.

El agua 

Ever me invitó a la fiesta aniversario de San Sebastián, el 20 de enero. No a asistir, sino a bailar en la entrada folklórica integrándome a Fusión Primos, un bloque de morenada recientemente creado por sus padres y tíos, que viven en su mayoría en San Sebastián o en zonas aledañas. La sensación que me inspiró San Sebastián cambió de manera radical cuando las trompetas y las matracas sonaron. Había cuatro bloques de morenada aquella primera vez, una cantidad que me sorprendió pues no calculé que hubiera tanta gente viviendo por esos lugares.

La lluvia cayó a media tarde, cayó con fuerza y tuvimos que refugiarnos con los pesados trajes de moreno en la sede social a medio construir. Allí los ánimos no caían, la gente bromeaba y charlaba y mi amigo me contó más sobre San Sebastián y el área circundante a Puente Vela. Este lugar que parecía desolado estaba lleno de vida; cada día llegaban más vecinos y cada nuevo vecino venía con fuerza y vitalidad. Cuando la lluvia amainó, salimos al grito secundado y repetido de “¡La lluvia es bendición, es buena suerte!”. Bailamos sobre el barro, con las energías renovadas por el ánimo de los asistentes que no se marchaban ni por la lluvia. Al pasar por el palco, mientras pisaba el barro y cargaba mi pesado traje de moreno, pensé en los adobes que se hacen con agua, tierra y los pies del adobero. Los vecinos morenos hacían algo semejante: con voluntad daban forma a la tierra que pisaban.

El alcohol 

Siempre llueve los días de la fiesta de San Sebastián, pero además del agua, llueve también cerveza y té con té, sumando al lodo de la pertenencia un ingrediente más. 

Al día siguiente de la entrada, como en toda fiesta de barrio, sigue el día de Diana. Los pesados trajes de moreno son cambiados por elegantes trajes de telas ligeras, siempre en domingo, y es el día donde más gente asiste, donde más suena la música y donde más corre el alcohol. Las cervezas se venden por todo el trayecto, mientras el té con té se prepara y sirve en las carpas que rodean la plaza.

Después de que los bloques hacen su paso por el palco por última vez y se premia al mejor de éstos, comienza la fiesta grande que dura hasta donde uno pueda aguantar la lluvia alcohólica. Si de cantidad se habla, el correr de la bebida no es tan diferente de las fiestas similares en La Paz o en los barrios “antiguos” de El Alto. La diferencia significativa está en el lugar, porque en barrios como San Sebastián todos son nuevos vecinos, y al beber y compartir unos con otros no solo están festejando el aniversario del lugar donde viven, sino que se están conociendo unos con otros, están consolidando el lazo con su nuevo hogar. Una buena parte de la cerveza y el té con té, que se sirve los dos días de fiesta, termina en el suelo, pues una y otra vez los bebedores challan  la Pachamama, que ya no es la tierra del campo de donde vinieron sino que es la tierra de la ciudad, esa nueva ciudad que es El Alto y que es tan nueva como los vecinos. 

La sangre 

El tercer elemento que consolida y refresca el barro de la pertenencia es la sangre, pero no la que es sinónimo de violencia, sino la del lazo familiar. Esto se ve en la composición de los bloques de morenada que participan en la entrada. Los bloques están conformados por vecinos que a su vez son parientes o tienen una relación cercana a la familia, relación que se refuerza y reproduce durante la fiesta. Así pasa por ejemplo con Fusión Primos, que fue fundada por los miembros de la familia Benito, la mayoría emigrantes de un pueblo orureño llamado Soledad. Los miembros que no comparten un lazo de sangre son vecinos que se volvieron compadres o comadres, socios cercanos, yernos o nueras, o, como en mi caso, un amigo de la familia. Yo fui tratado como un pariente más, no por nada muchos de los miembros me dicen “hijo” y a algunos de ellos me refiero yo también como “tíos” o “tías”. Mi bloque, como los otros que participan en la entrada, no se compara en cuanto a fastuosidad con sus similares, por ejemplo, del Gran Poder. Sin embargo, en cuanto a calor familiar, no creo que se asemejen. Han hecho que sienta por San Sebastián y por mi ciudad una pertenencia que por mi barrio de origen queda casi solo el recuerdo y nada más.

El lodo de la memoria

San Sebastián ha cambiado mucho a lo largo de ocho años. Las casas ya no son de adobe y muchas empiezan a elevarse sobre los dos pisos. El enlosetado ha llegado a las calles, aunque  gran parte aún son de tierra. Seguro que dentro de algunos años las losetas y el asfalto cubrirán por completo la tierra, de la misma forma que los recuerdos antiguos quedan cubiertos por los nuevos. La tierra y el barro del pasado ya no se verán, pero estarán allí, serán parte de la memoria; esa cualidad  fundamental para la identidad humana, sea individual o colectiva.


 

 

 

 

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