CRONIQUITA

REVOLUCIÓN de la noche

¿Qué hace un grupo de chicos con un paquete brillante en el baño de una fiesta de quinceaños?
domingo, 03 de febrero de 2019 · 00:14

Gabriel Mamani Magne

La época

Todavía faltaban dos años para que los emos dominaran el mundo. 

Gel, mucho gel. Nunca en la historia de la humanidad los cabellos de los changos estuvieron tan erizados. Edwin, el más mujeriego del curso, lucía una cresta a la que mimaba frente a un espejito redondo que llevaba a todos lados. Freddy, el enano, tenía el cabello tan rígido que corría el rumor de que usaba ese pegamento industrial que su viejo se robaba del trabajo. 

La vida del gel tenía un ciclo interesante: empezaba como algo aguanoso, endurecía cuando se encontraba en su máxima expresión y se desintegraba transformándose en puntitos blancos tipo caspa que caían sobre los hombros de los adolescentes.

Tu merca, jodía el Gaucho. 

Tardarías diez años en entender el chiste. 

FOTOS PIXABAY

2003. Acabas de cumplir quince y tus cabellos duros pinchan la cara de tus abuelos cada vez que te besan la frente. Los pantalones anchos. Eve 6 en los audífonos. En dos años terminarás el colegio y tu cabello dejará de mirar hacia arriba y caerá sobre tu frente. Emo en su máxima expresión, aunque en aquella época no te considerarás un emo y, de hecho, jurarás que odias a los emos. Le pagarás veinte pesos al sastre para que comprima las botas de tus pantalones; Evo llegará al poder; moshearás escuchando a Panda y tus amigos metaleros –que como vos empezaron con Linkin Park y Gorillaz– se reirán en tu cara e incluso querrán agarrarte a palos… Pero no nos adelantemos.  

Es el 2003 en el que Goni escapa y, por tu peinado, algún boludo te llama tiranosaurio rex. 

Tu cole es el Ítalo Boliviano y pertenece a esa especie de colegios privados de barrio al que acuden todos los tirados o expulsados de lugares como el Don Bosco o el Instituto Americano. José Gómez, tu mejor amigo, viene del Inglés Católico. 

Tu pasado donbosquiano –de misas y tilinas y paseos por el Shopping V Centenario– te acercó a él. 

¿Prestame gel?, te preguntó aquella vez en el baño del colegio. 

Sacá de las orillas, le dijiste.  

Farfán 

La invitación es rosa. La guardas en el libro de inglés, ese que dominas de pe a pa y que meses más tarde lo rematarás en una

caseta de la plaza San Francisco. 

Un quince. Tu primer quince. La chica se llama Ana y, más allá de que es una de las pocas mujeres con la que consigues hablar más

de cinco minutos sin sudar como cerdo, no tiene nada de especial. 

Tu vieja y sobre todo tu tía lo entienden como el inicio de algo. Por eso: zapatos nuevos, terno made in la sastrería de confianza (la

misma en la que reducirán a la mitad el botapié de tus jeans dos años más tarde), reunión familiar, el sobri tiene fiesta, que se bañe bien, revisen sus uñas. 

Y la pregunta: 

¿Quién lo va a llevar? 

Y peor: 

¿Quién lo va a recoger?

Son las ocho de la noche de un sábado que promete. Lustras tus zapatos, a pesar de que son nuevos, al son de los lloridos de tu hermanito de un año. Tu abuela lo carga en una manta amarilla mientras se queja de que tu mamá es una irresponsable, sin saber que tu vieja es tan responsable y preocupona que ha corrido hasta la Huyustus solo para comprar un regalo para la quinceañera. 

Y ahí estás, con tu terno azul pastel y los condones en el bolsillo de la camisa. Llega tu madre. El regalo está envuelto. Lo agitas para saber de qué se trata. Tu tía aparece: suerte hijito. Te abraza tan fuerte que temes que la presión haga que los paquetes de condones crujan. 

En la puerta de calle te esperan Gaucho y José. Toman un taxi. Gaucho mira tu regalo y dice tengo una idea. José te quita el paquete con esas manos albinas que le han valido el apodo de Michael Jackson. Bien, dice mientras hace crujir el paquete. Cabalito para el trago. 

Gaucho le pide al chofer que se detenga en una licorería a la altura del Mercado Yungas. Se supone que es un día épico, el día en que pruebas tu primera gota de alcohol; se supone que la adolescencia es esto, lo que esperabas desde que escapaste de ese lodazal llamado Don Bosco: entrar a la noche como quien entra al cuerpo de una mujer, desvirgar el hígado, no importa cómo, ni con qué, porque del trago solo les importa el efecto, nunca su sabor. 

Pero estás nervioso. Demasiado. Y en lugar de disfrutar, en lugar de enmarcar esta noche y este vaso de alcohol en el museo de la memoria, tu mente se adelanta hasta la hora en que tu mamá te pedirá decir farfán. 

¡¿Has tomado?! 

Solo en el brindis. 

Dance dance

Luego de media botella de Ron Rancherito, ser vos duele menos y José y Gaucho empiezan a hablar de mujeres. 

Llegan al local de la fiesta. El guardia de seguridad les cachea el cuerpo y Gaucho dice pará pibe, ahí no se toca. 

En la primera mesa, justo, está Ana. Mira el paquete que sostienes en tus manos. Te sonríe. Aprietas el papel de regalo y, pese a la balada que sale de los parlantes, estás convencido de que puedes oír el sonido del paquete al estrujarse. Crrr, crrr. Como un chirrido endemoniado que te descuenta puntos en el Campeonato Noche. Y José: Vamos allá. Y Ana, con su mirada que hoy cumple quince años, siguiéndote mientras te pierdes en el baño de hombres.  

Desgarran el papel brillante con una premura solo comparable a la del sexo. Gaucho destapa la botella, bebe un trago, eructa. Tu turno. El ron se desliza por tu garganta con una suavidad que contrasta con la dureza con la que pasó por tu lengua. Bebes un trago más, salud, cabrones, y piensas: qué loco que hayamos tirado el peluche por la ventana del taxi. 

La fiesta no resulta ser el reventón alcoholizado que tus amigos habían esperado, ni tampoco el mercado de cuerpos que tu yo donbosquiano prefiguraba mientras te aburrías en ese colegio de puro hombres. Todo lo contrario. Música cristiana. Mujeres tímidas. Cero baile. 

Y así como años más tarde una novia te confesará que pensó “me depilé en vano” aquella vez que no te le lanzaste, vos, mientras sorbes un nuevo trago, piensas: “nos pusimos tanta gel para nada”. 

Escapan de la fiesta antes de la medianoche. Tu mamá vendrá por ti a eso de la una, lo cual les da un margen para embriagarse en paz o hacer lo que se les venga en gana. 

Beben un par de latas de cerveza cerca de la calle Tiquina y la costumbre los conduce a un tilín. José pone diez pesos de Slipknot en la rockola. Gaucho corre al Street Fighter, al momento que tú insertas una moneda, la primera de tantas, en Dance Dance Revolution, el juego de baile.

El nuevo día llega con vos y José bailando frente a una pantalla. Nadie más en el lugar. El encargado duerme. José zapatea con fuerza: el sudor y sus pasos hacen que su erizado se transforme en un flequillo. Gaucho putea frente a su Guile recién matado. Te quitas el saco, bailas, ganas puntos, te quitas la corbata, zapateas, zapateas, y más allá, en Miraflores, tu primera fiesta de quince acaba mientras tu mamá piensa que te han secuestrado y los emos del mundo sufren sin saber que en un par de años sus peinados dominarán el mundo.
 

 

 

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