Carta a un Fénix

Contradíganme, por favor

domingo, 10 de marzo de 2019 · 00:10

Mabel Franco

¿Qué provoca placer y qué mata de tedio en el teatro? Vaya una a saberlo. Tener la respuesta sería como haber encontrado la fuente de la juventud, el mapa del tesoro, la partícula de Higgs… 

Cada persona vive una obra desde su propia experiencia y sus expectativas,  a lo que hay que añadir que una función puede ser muy distinta de otra, aun para el mismo espectador.

Como ni una encuesta y ni siquiera un referéndum aportarían a develar el misterio, habrá que transitar por el terreno más evidente: la producción local y la respuesta del público. La respuesta cuantitativa, desde la generalización y dejando asentado que hay, por supuesto, excepciones.

El teatro atrae a muy poco público en La Paz, a juzgar por las cifras de 2018, cuando la mayor cantidad del centenar de producciones nacionales se ha concebido para espacios pequeños, de menos de 100 butacas, y con temporadas, en promedio, de no más de dos días. 

En el teatro municipal Alberto Saavedra Pérez, con capacidad para 600 personas, de las seis obras allí representadas en el año, sólo dos alcanzaron cuatro funciones: Imilla, metete… cama adentro, de David Santalla –con taquilla que ha ido lentamente de menos a más–, y Escuela de pillos (Raúl Salmón), de Talía Producciones, con teatro lleno. Y hablamos de Salmón y Santalla, cuyas creaciones permitían, en el siglo XX, temporadas hoy impensables de 15 días y tres funciones diarias.

Las obras nacionales se tienen casi invariablemente en formato pequeño. Para el XI FITAZ (Festival Internacional de Teatro de La Paz) fue difícil hallar propuestas nacionales de calidad que pudiesen ir a un escenario grande, debiendo remitirse casi toda la oferta a los teatros chicos. Y lo propio pasó con el XII Concurso Municipal Raúl Salmón y su etapa final, el festival Escénica 2018: una sola de las 11 obras seleccionadas pudo presentarse en el Saavedra Pérez.

El teatro no parece estar trabajando para nuevos espectadores. En 2018 no hubo ni una obra nueva pensada en la niñez. Otra vez, el FITAZ sirve de parámetro: la programación infantil se armó apelando a producciones de años pasados. Y para el Mercado de Industrias Creativas y Culturales (MICC) se tuvo que dejar de lado a programadores de festivales internacionales de teatro infantil o juvenil, dada la casi inexistencia de oferta afín de grupos nacionales.

Por último, si a los creadores se les hace cuesta arriba atraer público, al parecer también la dramaturgia actual difícilmente seduce a grupos nacionales. Éstos, o recurren a la propia escritura desde el escenario o apelan a la relectura de obras internacionales. El ejemplo lo permite el certamen municipal Adolfo Costa du Rels, cuyas obras ganadoras de doce versiones no han concitado el interés de grupos y elencos, salvo el que ha dirigido el propio autor/autora. 

Público cada vez más escaso, estética arqueológica, intrascendencia dramatúrgica… El tedio acecha, ciertamente, con excepciones que justifican el seguir alimentando la expectativa desde la oscuridad de la butaca y ante un año todavía nuevo para contradecirme. Nada me haría más feliz.
 

 

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