CRONIQUITA

Los espíritus del mal

El rezo del comandante de la Policía Boliviana por el teniente Jorge Clavijo, asesino de Hanalí Huaycho.
domingo, 10 de marzo de 2019 · 00:14

Gustavo Guzmán

No es el crimen hacia una mujer lo que conmueve al comandante de la Policía Boliviana, es el suicidio de su asesino. Ni una sola palabra está demás en el rezo oficial.

“Padre, en nombre de tus hijos te pedimos que perdones a nuestro hermano Clavijo y lo tengas en tu presencia como también a su esposa, Hanalí. En este momento ellos deben gozar de la paz y tranquilidad que tú nos has prometido a todos tus hijos, que estamos en esta tierra como forasteros. Perdónales por los errores que han cometido. Padre mío, ellos decidieron nuevamente unirse en tu gracia”. 

No, no es un cura el que pronuncia estas palabras, es el Jefe de la Policía, 24 horas después de que fuera hallado el cadáver de “Clavijo” —Jorge Raúl Clavijo Ovando, teniente de la Policía Nacional, 31 años—, colgado de un árbol en una de las espesuras boscosas de  los Yungas, un lugar cercano a la comunidad La Calzada, entre la población de la Asunta y el pueblo de Chulumani, el 4 de marzo del año 2013.  

Clavijo había asesinado a cuchilladas a su esposa —Hanalí Leonor Huaycho Hannover, periodista, 35 años—, 20 días antes, la noche del 11 de febrero, en lunes de carnaval, en el dormitorio del departamento que compartían en Ciudad Satélite, El Alto. La pareja tenía un niño de cinco años que esa noche fue testigo del crimen.

“Señor, en el nombre de tu hijo, Jesucristo, este lugar lo declaramos un lugar santo. Con toda nuestra energía arrojamos a las profundidades del abismo a los espíritus del mal que provocaron que nuestro hermano Clavijo tomara esta decisión”.

Ninguna, ni una sola de las palabras que pronuncia el Jefe de la Policía frente al cadáver de su camarada —al que había promovido como instructor de la Academia  Nacional de Policías tres días antes de que Clavijo asesinara a su esposa, y al que había prometido, cuando el teniente huía, “ir a su encuentro para garantizar su vida”—, ninguna de esas palabras, decimos, ni una sola, está demás1. 

Sí, ésa es la importancia del lenguaje: nos devela, nos revela, nos explica, nos desnuda, nos denuncia; es el medio que nos estructura psíquica y culturalmente, somos sujetos y seres sociales por el lenguaje.

“Padre, en nombre de tus hijos… / estamos en esta tierra como forasteros… / Perdónales por los errores cometidos... / Padre mío, ellos decidieron nuevamente unirse en tu gracia… / las profundidades del abismo… / los espíritus del mal…”.

Sí, ninguna de esas palabras está fuera de lugar, todas son hilos de un único  y todavía inexpugnable tejido cultural: “El Padre”, “El Pecado”, “El perdón”…  “Otro Mundo” que no es éste, éste en el que un policía mata a una periodista con su cuchillo de combate bien guardado en la mesita de noche2. No, nada está de más en las palabras del Jefe de la Policía.

Es el suicidio del “hermano Clavijo” y no el crimen que comete lo que conmueve profundamente al Jefe de la Policía, ¡pero ojo!, no es que el Jefe de la Policía sea un mal tipo, ¡no, no!, de ninguna manera. En las palabras del Jefe de la Policía están los códigos fundamentales de una cultura, de una manera de ser y estar en el mundo;  son esos códigos “secretos” que habitan y pueblan —en el fondo del fondo, y por los siglos de los siglos— una ideología promovida por instituciones de predominio patriarcal (desde donde habla, siempre, el Supremo Hacedor).

No, el Jefe de la Policía no es un mal tipo, hablan por él —y con él— esos códigos culturales que rigen su lenguaje, sus palabras, sus esquemas perceptivos, sus técnicas, sus cambios, sus valores y la jerarquía de sus prácticas, ésas que llenan los formularios donde se registra la contabilidad de la violencia contra la mujer: ¡299 denuncias cada día!, el año 2011, en las nueve ciudades capitales del país y en El Alto.

El  crimen de Clavijo ha acelerado la redacción y promulgación de una frondosa y esperada norma, la Ley Integral para garantizar a las Mujeres una Vida Libre de Violencia, una norma que le entrega a la Policía Nacional “la prevención, auxilio e investigación, identificación y aprehensión de los presuntos responsables de hechos de violencia hacia las mujeres y la familia”.

Entonces, a propósito de palabras: ¿se ha puesto usted a pensar cuáles habrían sido las palabras del Jefe de la Policía —al encontrarse frente al cadáver de su camarada—, si ese Jefe de la Policía fuera Jefa de la Policía, es decir, una mujer?

[1] Aunque, hay que decirlo, quizá el Jefe de la Policía exageró un poco al “santificar” el lugar en el que el cadáver de Clavijo fue hallado; no es ésa, precisamente, una tarea policiaca. 

[2] Han averiguado los periodistas que el teniente Clavijo, una vez egresado de la Academia Nacional de Policías, tomó un curso de sobrevivencia y antiterrorismo en Perú, en la “famosa” escuela de los “Sinchis”, esos policías que son echados a la selva acompañados nada más que de un perro; deben sobrevivir de cualquier forma, llegar a la meta y darse modos para cargar al perro, mutilado poco a poco, porque ese perro será su único alimento.

 

 

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