CRONIQUITA

¿Rendirme yo?

domingo, 24 de marzo de 2019 · 00:14

Álex Aillón Valverde

Nunca sufrí el problema de todos los niños bolivianos sino hasta llegar a Bolivia. 

En clase de educación cívica, a ellos les metían la horrible idea de que Chile era un pueblo enemigo que nos quitó a la fuerza el mar. 

Yo, en cambio, vivía en Ecuador donde había abundancia de mar. Y ceviche (aunque no peruano; los ecuatorianos odian a los peruanos por similares razones que los bolivianos a los chilenos y deliran con que su ceviche es mejor). Pero más que abundancia de mar, lo que tuve la suerte de tener fue abundancia de imaginación. 

Gracias a mi padre, con Julio Verne de la mano, yo ya me había recorrido los siete mares a muy temprana edad. El mar normal me quedaba muy corto, necesitaba sirenas, tritones, ninfas, ballenas gigantes, monstruos nadando entre las olas, para poblar el mar normal que ya después de saludar a Ulises y a Moby Dick nunca jamás sería el mismo. 

La ausencia física de mar es jodida, pero la ausencia de imaginación al respecto puede serlo aún más. Será por eso que el escritor Adolfo Cáceres escribió que la imaginación y la creatividad bolivianas no se inspiran en las gaviotas, ni en las olas del mar, la arena o las embarcaciones y sus marineros, como parte de su ser; más bien las sienten desterradas, ausentes, cortando su acceso a esa y otras latitudes. Por eso existen ensayos y estudios abundantes sobre aquella guerra, la del Pacífico, pero novelas, poemas, cuentos, hay menos. De yapa en esta historia diremos que la ausencia de mar es una de las constantes en la literatura boliviana. Quizás una de las pocas novelas al respecto sea Guano maldito (1976) de Joaquín Aguirre Lavayen. En cambio, en poesía Óscar Cerruto grafica muy bien esta ausencia en los siguientes versos ya muy y bien conocidos: “Mi patria tiene montañas, no mar / Olas de trigo y trigales, no mar / Espuma azul los pinares, no mar / Cielos de esmalte fundido, no mar. Y el coro del ronco viento sin mar”. En teatro, la obra Mar del Teatro de Los Andes es otra importante pieza que da cuenta de lo dicho y tengo entendido que ha sido muy aplaudida en Chile en varias ocasiones.

 Ya dije que no sufrí esa especie de bombardeo cívico tan despreciable, tan afecto a las simplificaciones y a los esencialismos que generan taras y decepciones permanentes (como la que acabamos de vivir hace algunos meses con el tsunami de La Haya), sino hasta llegar a un colegio de Sucre. 

Todos los que pisamos una escuela boliviana debíamos pasar por esa especie de adoctrinamiento. Y como para los niños, supongo, es fácil odiar y es fácil amar sin restricciones, apenas llegado a Bolivia y enterado del incidente, me puse al día y comencé a odiar a los chilenos en abstracto (¡Qué tal, hijos de la chingada! ¿Cómo nos van a hacer eso?). 

Luego conocí a Abaroa, como no podía ser de otra manera, y éste podía pasar por cualquier héroe sin sentido como todos esos retratos anodinos de los libros de historia que tenemos, salvo por una cosa: el tipo hablaba malas palabras y eso lo hacía encantador. ¡Joder!, era un puto revolucionario sólo por decir una sola mala palabra, considerada en ese tiempo (aunque no lo crean las nuevas generaciones) una real grosería.

Todos sabían que esa palabra se podía pronunciar y aún gritar con toda la energía del mundo todos los 23 de marzo, y sólo por eso había que agradecerle al bigotón. Por si fuera poco, ese año iba a haber en el colegio una interpretación teatral de lo ocurrido en Antofagasta.

¡Por Jacques Cousteau!, me  moría por interpretar ese papel para carajear en público sin que nadie me dijera nada. Era la oportunidad, además, de que me vieran ya no como el niño hecho al putas por venir del Ecuador, sino como un héroe boliviano, como uno de ellos (¿de nosotros? ¡qué confusión!).

El requisito imprescindible para interpretar a Abaroa era sencillo: tenías que ser el que gritara más fuerte en el curso. Fue el primer y único casting de mi vida. Todos daban por descontado que quien obtendría el papel sería el más grande del curso, un gigante cochabambino de apellido Mayflorido (qué habrá sido de su vida, qué habrá sido de ese apellido). Pero eso a mí no me preocupaba en absoluto. Tenía la descarada confianza de un niño de diez años. Así que cuando llegó mi turno, mi grito tronó en toda la clase e hizo que el del gigante cochala pareciera el ronroneo de un gatito con moño. 

Lo recuerdo bien. Era el lunes 23 de marzo de 1979, en la hora cívica del colegio Don Bosco, cuando me convertí en un mito de mi generación. Estaba allí por mérito propio. Cuando llegó el momento, el grito me salió de lo más profundo del alma ancestral de la tierra y al fin volví a ser boliviano:

¡Que se rinda su abuela! ¡Carajoooooooooo!

Se hizo un gran silencio en el patio. Luego sobrevino un gran aplauso. El mundo comenzó a girar de nuevo. El resto, puedo decirlo ahora, es historia.
 

 

 

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