CRÓNICA

Chola bocona Yolanda Mamani, youtuber

Yolanda Mamani, de la escoba al micrófono y de la radio al YouTube. Si las trabajadoras del hogar causaron revuelo hablando de derechos en la radio, ¿quiénes se espantarán con esta chola bocona, ahora youtuber?
domingo, 31 de marzo de 2019 · 00:15

Cecilia Lanza Lobo

Es junio del año 2011. Un rap suena en la radio:

“Soy trabajadora del hogar, con orgullo y dignidad, de tener este oficio nunca me he sentido avergonzada, pero sí estoy cansada de que me llames empleada…”

Es el grupo Pacto Verídico, integrado por dos mujeres, ambas trabajadoras del hogar. Fueron invitadas a interpretar esa canción compuesta por las propias integrantes del programa radial Soy trabajadora del hogar con orgullo y dignidad que conducen Antonia Cuno y Yolanda Mamani. Un pacto que tiene de verídico el hecho de que estas mujeres no sólo comparten la obviedad de su origen étnico (son aymaras migrantes), sino su rebeldía rapera, en el caso de las cantantes, y acaso revolucionaria en el caso de las radialistas.

¿Dónde se ha visto “empleadas domésticas” conduciendo un programa radial con contenido revoltoso, hablando de derechos? ¿Dónde se ha visto que estas mismas cholas escuchen y canten rap? En 103.3 FM, Radio Deseo… “enciende tu libertad”.

Yolandita Mamani tiene nombre de cantante. Casi. Se sienta frente al micrófono pero no canta, habla y habla. Le gusta hablar, dice. Eso sí, ríe con frecuencia. 

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Son casi las dos de la tarde cuando Yolanda y Antonia se acomodan, cada una en su silla alrededor de una pequeña mesa circular, frente a un micrófono grande que pende desde el techo. Sobre la mesa están los periódicos del día y una computadora laptop que ilumina sus rostros mientras buscan en la pantalla cualquier información útil, mensajes de sus oyentes, y rara vez sus propias anotaciones. Todo está en su cabeza, dirá luego Yolanda. No hay ningún otro papel sobre la mesa. Los libretos ya no son imprescindibles como antes, cuando empezaron dos años atrás (2009). La estructura del programa, que ahora es diario, se la saben de memoria. Además, todos los sectores están previamente grabados y listos para hacer play.

Yolanda lee con dificultad, pero maneja la computadora como ninguna. Sabe editar las grabaciones utilizando complejos programas digitales como el Vegas o el Sound Force comenta, pronunciando con dificultad. Y como niña escolina se acerca demasiado al periódico en su intento por leer sin tartamudear demasiado cuando la luz roja que tiene enfrente se enciende indicándole que está “al aire”.

—“Muy buenas tardes, amigos y amigas. Hola, Antonia, aquí estamos en su programa Soy trabajadora del hogar con orgullo y dignidad”. 

Habla Yolanda y ríe todo el tiempo. Luego habla Antonia, que es más reposada, y lo hace como locutora profesional. Es clara y precisa. Y entre ambas se pasan la palabra: Sí, Yola, claro Antonia, como dice Yola, ahora Antonia, gracias Yola… Y así. Al otro lado de la mesa, separada por un vidrio grande y grueso está la cabina de control, donde opera José Luis. Él les indica cuándo hay corte, cuánto tiempo tienen para hablar, cuándo entra un sector pregrabado del programa… Ambos se entienden un poco por señas y otro poco por costumbre. “Antonia se expresa mejor, tiene más facilidad, pero la líder es Yolanda”, dice. Y entonces, en el corte entra Antonia y le consulta algo con paciencia. Allí todo parece estar bajo control. Incluso se pasan un buen rato del tiempo límite del programa sin demasiado drama. No sé si su dificultad con el idioma castellano las hace redundar más de la cuenta o ellas repiten las cosas una y otra vez porque frente al micrófono son dos peces en el agua. O porque necesitan hablar. Tienen una vida atorada en la garganta.

“No sé quién lo dijo primero, si fue Yola o todas juntas en aquellos talleres de la escuela de radio La voz de mi deseo que, bajo la dirección de Helen Álvarez, dieron reconocidos comunicadores como Guimer Zambrana y Ana Limachi en radio Deseo. El caso es que Yola parece estar pariendo ideas todo el tiempo y repite complacida la importancia de ese hallazgo tan obvio como urgente: hablar en primera persona. 

Y es que nunca antes los medios de comunicación habían prestado atención a las trabajadoras del hogar, salvo alguna escueta noticia. Mucho menos era posible pensar que fuesen ellas mismas quienes tomasen los micrófonos “en primera persona”. Pero esa fuerza revoltosa no apareció de repente. Tiene una larga historia de abuelas igualmente boconas.

El tranvía es para las que trabajan

Los mandaron en tren. También en camiones. 

Miles de hombres, casi todos indígenas, partieron desde las tierras altas y frías del país hacia las tierras bajas y calientes del Chaco, al sur, donde bolivianos y paraguayos libraban una guerra de la que nunca volverían. Los mató la sed, no las balas. Pero esa es otra historia. Esta es la historia de sus mujeres, aquellas que quedaron a cargo de sus hijos, a librar su propia batalla. 

Cargada de bultos y canastas Petronila Infantes subía al tranvía. Era el año 1933 en la ciudad de La Paz. Debía movilizarse desde el mercado hasta su lugar de trabajo y viceversa. Acabada la Guerra del Chaco, Petronila, quien  vivía en el campo, quedó desempleada y viuda. Muy joven, junto a su madre y sus hijos pequeños partió a la ciudad en busca de empleo. Consiguió un puesto como cocinera. Y al igual que ella, eran muchas las mujeres indígenas y campesinas, viudas y trabajadoras, las que subían al tranvía con sus abultadas polleras, bultos y canastas que ensuciaban y rasgaban las medias de señoras y señoritas impecables. Esa fue la queja que esas damas presentaron a la Municipalidad buscando impedir que las cholas subieran al tranvía.

Esa fue su primera batalla. Vencieron las cholas trabajadoras lideradas por Petronila Infantes. Armaron una gran manifestación alegando su derecho al trabajo y su necesidad mayor, dijeron, que las señoras y señoritas propietarias de automóviles, para quienes el tranvía podría ser prescindible; para ellas, no.

Yolandita Mamani

“¡Pucha! ¿Esto es la ciudad? ¡Prefiero irme a mi pueblo!” protestó Yola ante el frío que la recibió en la gran ciudad. Llegó a La Paz en pleno invierno de 1993 y a la ladera norte, en la avenida Periférica, cuyo nombre lo dice todo. Allí alquilaba su tía una pequeña vivienda. Para colmo, no había agua. Tenía que caminar tres o cuatro cuadras hasta una pileta pública, cargando bidones. Además, como pago por el hospedaje, Yola debía cuidar a una niña de apenas dos  años, hija de su tía. Yola tenía nueve. Era una niña a cargo de otra niña. Yola, como miles igual que ella, había abandonado la escuela. 

“Así comencé a trabajar”, contó Yolanda aquella vez  que nos vimos, en 2011,  en la casa de Mujeres Creando donde comenzaba a pasar cada vez más tiempo, pues allí mismo estaban y continúan las aulas y el estudio de formación radiofónica. Todavía trabajaba en la casa de una mujer extranjera, pero cada vez con más frecuencia salía de allí perdiendo el zapato: “¡Es que tengo entrevista con el ministro, jefa!”, le decía, y se iba corriendo a reportear.

Yola había encontrado su pasión y el entusiasmo rebalsaba por sus ojos, por su boca. “Soy muy reilona, no sé…” se disculpaba. Al mismo tiempo, de rato en rato sus ojos se humedecían al recordar dos cosas: las palizas que su papá le daba a su mamá en el campo cuando ella era niña y su vida en su primer trabajo en la ciudad, donde se mantuvo durante 11 años. Toda su vida, susurró aquella tarde, con los ojos al jugo. 

Yolanda Mamani Mamani nació en una comunidad de 48 casitas y 170 habitantes, de nombre Santa María Grande, en Warisata, cerca al lago Titicaca, en La Paz. Una pampa extensa y fría donde se siembra haba, arveja, oca y sobre todo papa para el autoconsumo. En Santa María Grande  pobres hay demasiados  (93.27%) y la mitad de las mujeres son analfabetas.

Por eso don Pedro, el papá de Yola, apoyó la idea de que su hija se fuera a la ciudad, a ver si aprendía un poco de castellano. Era él quien llevaba a Yola y a su hermana, en burro, hasta cierta parte del camino rumbo a la escuela. Luego había que caminar una hora y media. Su hermano iba en bicicleta. “A veces llegábamos mojadas o sin zapatos” contaba Yola, recordando las grandes aventuras de los días de lluvia o las veces que al cruzar el río la fuerza del agua las vencía y se llevaba sus zapatos. Patapilas y mojadas llegaban a la escuela; encima, la profesora las reñía.  Yola cree que todo eso la impulsó a dejar el campo, además de mirar a los muchachos que volvían de la ciudad más despiertos y bien vestidos.

Por eso, un día de esos partió a la ciudad para nunca más volver. O quién sabe. 

La ciudad, los afectos 

La tía de Yola, con quien vivía, era también trabajadora del hogar. De repente, esa mujer se fue, la dejó allí mismo a cargo de la vivienda y el alquiler. Yola tenía entonces 12 años. Por fortuna, la dueña de casa le consiguió un empleo como trabajadora del hogar. “¡Creo que no alcanzaba ni a la mesa de planchar!” recuerda,  siempre riendo al final de cada oración, como punto seguido.

 Todas las compañeras sintieron la necesidad de estudiar. Algunas se fueron a hacer su año de provincia como maestras.

Durante los 11 años que Yola trabajó allí,  le pagaron apenas 350 bolivianos mensuales (aproximadamente 50 dólares americanos). Mucho menos de lo que indica la ley como salario básico y sin ningún beneficio social. Pudo terminar la escuela, eso sí, pero cuando quiso entrar a la universidad, la despidieron de su trabajo. No quisieron pagarle sus beneficios y eso fue todo. 

Antes lloraba recordando esos años. Ahora no. Tenía una mezcla perversa de enojo, cariño y nostalgia. Recordaba a su “jefe” como a su protector. Contaba cómo él la llevaba y recogía del colegio en auto todos los días, o cómo la llevaba a casa de sus amigos y le conseguía un televisor, algún jueguito o finalmente su celular para que la niña pudiese jugar y no se aburriese mientras él estaba de parranda. Y cuando su “jefe” se casó, Yola sabía mucho más que la esposa acerca de sus gustos y mañas. También se encariñó con los niños cuando nacieron, y hasta de sus perros. Ella era la dueña de casa y, como su mismo “jefe” le decía, era “parte de la familia”.

Yola describe así esa relación tan habitual en Bolivia entre empleadores y empleados del servicio doméstico. Una relación ambigua, mezclada de afectos, pero finalmente perversa. Porque gran parte de las mujeres que llega del campo y se emplea como trabajadora del hogar, al cabo de un tiempo, dependiendo de su suerte, entabla con la familia una relación afectiva que en muchos casos disfraza el abuso laboral y omite derechos básicos. Una relación perversa porque ellas sustituyen a su familia campesina por esta nueva familia que es, como dice Yola, lo único que tienen. Pero el afecto termina cuando ellas reclaman sus derechos.

 En el estudio de radio Deseo.

Eso hizo Yola cuando quiso estudiar y acabó en la calle y sin dinero. Desempleada, buscó refugio en el sindicato al que se había afiliado en el barrio de San Pedro. Allí vivió un mes con sus pocos ahorros. Sin dinero, tampoco podía volver a la universidad. Afortunadamente consiguió trabajo en la casa de una mujer extranjera que le ofreció mejores condiciones; tenía libre desde el viernes, tenía tiempo, “estaba vagueando”, cuenta Yola, cuando apareció ese taller de radio que le cambió la vida. 

“¡Hay que boconearse!”

Lo mismo que hizo Yola a su tiempo –reclamar sus derechos ante sus “jefes”– lo hicieron las compañeras que participaron en aquellos talleres de radio Deseo. Habían invitado a distintos sectores de la sociedad y quienes mejor respondieron fueron las trabajadoras del hogar, de larga trayectoria organizativa. De ahí nació el programa Soy trabajadora del hogar… que duró hasta el año 2016.

“Terminó, ya no hay”, cuenta Yola ahora,  sentada como siempre frente al micrófono en ese mismo estudio diminuto de radio Deseo donde pasa gran parte de su tiempo. Al otro lado del vidrio, en la cabina, está otro compañero. En casi una década el equipo también se ha movido. ¿Qué ha cambiado en todos estos años?, le  pregunto. “¡Uf!, muchas cosas”, dice Yola. Punto seguido. Y esas muchas cosas están vinculadas a un atrevimiento vital: “¡Hay que boconearse!” (discutir con el “jefe”, con el “patrón”), dijeron a gritos, felices, ellas, sus compañeras, las trabajadoras del hogar que formaban parte del programa y el proyecto radial. Entonces,  comenzaron a boconearse y, claro, acabaron como Yola: en la calle. 

Sucedió que la experiencia de la radio, cuenta Yola, las hizo pensarse, las hizo “despertar” (“enciende tu libertad”, es  el lema de la radio). “¡Hay que boconearse!, decíamos, y entonces las compañeras aparecieron diciendo ‘me he peleado con mi jefe, me han despedido, tú me dices hay que ser así, pero qué me ofreces a cambio’. Así que no es así nomás, tienes que asumir tu responsabilidad. Fue muy jodido eso”.

La respuesta fue un albergue y una cooperativa. El albergue para recibir a las compañeras despedidas y  la cooperativa, que bautizaron “Sin jefes ni patrones”, fue un emprendimiento laboral demasiado progre, pues no resultó. La idea era echar a andar una especie de agencia de servicios domésticos con tarifas justas cuyas ganancias serían repartidas entre todas, además de destinar un 10% a la seguridad social. “Las compañeras no han entendido la lógica. Es que no siempre hay un sueldo fijo. Hay meses en que no hay. Para que funcione tiene que haber mucho compromiso y dedicación. Con un empleador tienes vivienda, casa, comida, todo tienes; pero cuando estás sola tienes que invertir, poner más empeño, ser más tolerante con el otro…”, reflexiona Yola. Y cuando la charla está a punto de ponerse demasiado seria,  añade: “¡quedamos tres compañeras en cooperativa!”.

El caso es que ese “despertar” de las compañeras las llevó a una paradoja con final feliz. El programa radial terminó porque ellas comenzaron sus propios derroteros. “Las compañeras que hacían el programa sintieron la necesidad de estudiar, como la Emi (Emiliana Quispe) que está por salir de chef. Cuando comenzamos no estaban en el colegio, luego estudiaron y muchas se fueron a hacer su año de provincia como maestras, otra se fue a radio Atipiri…  Y de las ocho que éramos sólo una era trabajadora del hogar, así que ya no representábamos al sector”. 

Yola también, por supuesto, se puso a estudiar. Finalmente entró a la universidad, a la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés, pero no dejó la radio para nada, sigue con un programa informativo y reportea sin parar.

Así, reporteando, ahora se “choca” con quien fue su “jefe” en aquella casa donde se empleó desde niña. Ese hombre ahora es su colega; un periodista conocido, dice, cuyo nombre  se niega a revelar. “Me choco con él, pero no me mira, ni vergüenza tiene porque nunca me pagó mis beneficios por tantos años de trabajo desde niña”, cuenta Yola, más tranquila que hace una década cuando ese asunto todavía le dolía. 

Ser chola está de moda, ser youtuber también

Así, reporteando, me la encontré una tarde de cachascán en el “Multi” de la Ceja de El Alto, el año pasado. Había ido yo acompañada por Carmen Rosa, campeona luchadora veterana de las cholas cachascanistas. De pronto, Carmen Rosa desapareció un buen rato pues Yola, eficiente como ninguna, me la había “robado” y ambas charlaban en amena entrevista. Yo, en cambio, a fuego lento, pasaba la tarde y la noche, de aquí allá, un día y otro con Carmen Rosa. Y es que Yola reporteaba con las urgencias del caso para su nuevo programa en la radio, pero sobre todo había iniciado ya su reflexión sobre “Ser chola está de moda”. 

Ese es incluso el título del libro que viene trabajando en su cabeza, en su cuerpo, en su día a día, y escribiendo poco a poco, porque da para largo. Aquella reflexión ciertamente tiene que ver con sus estudios de sociología, pero no sólo. Yola le da más valor a la fortaleza de haber trabajado desde niña y vivido la discriminación, y a su llegada a Mujeres Creando porque “me han dejado ser libre y pensarme a mí misma”, dice.

Pensarse a sí misma es lo que da para largo. Porque Yola no sólo quiere hacer una maestría en México y terminar su libro, sino que ser profesora –universitaria, claro está– podría estar en sus planes. “Quiero seguir reflexionando, pensando, analizando este mi ser chola desde este lugar, para decirles a los sociólogos y antropólogos que ellos han proyectado una imagen superficial de nosotras las cholas: nos hemos quedado reducidas a nuestra ropa, a nuestras polleras, a nuestras joyas, ‘tan bonito es ser chola’. Y por eso terminamos siendo emblema y no personas pensantes. Nos han despojado de nuestra identidad, de nuestro ser chola”, habla Yola largamente, moviendo las manos, recorriendo todo el espacio posible con su ojos de gato negro. Y cuando le pregunto ¿qué es, entonces, ser chola?, vuelve la imagen, inmensa, de Petronila Infantes: ser chola es incomodar. 

Y a la sociedad las cholas todavía le incomodan. No son solo las polleras que ocupan demasiado espacio, sino que la discriminación tiene ahora maneras más sutiles, cree Yola, y pone como ejemplo la cantidad de veces que en la Feria del Libro se acercó a una librería y le pasaron, de memoria, libros de cocina. 

Por eso su intención de incomodar se ha extendido hacia las redes sociales vía YouTube. Yola es ahora youtuber. Ríe de nuevo, se mueve como niña traviesa, hasta diría que es tímida frente a las cámaras. “No, no soy tímida. No me animaba a dar la cara, a ser pública, pero digamos que tengo un poco de miedo a las reacciones de la gente; no a que me critiquen, porque, con la gente que tenga argumentos, debato, pero los insultos me dan rabia, aunque tampoco me afectan tanto porque ya he superado tanto en la vida…”.

Yola no es ninguna improvisada. Trabaja con un equipo de tres personas denominado Chuymalunata (robacorazones, en aymara), que es básicamente su apoyo técnico aunque, como no podía ser de otra manera, ella pretende aprender a editar video. 

Nada la espanta. Lo único que verdaderamente teme es la pérdida de un ser querido. “Eso me da miedo”, dice, quizás pensando en que dejó su casa siendo niña y ahora sólo vuelve de visita de vez en cuando. Antes su papá y su mamá no sabían bien lo que ella había logrado con la radio. En Santa María Grande, hace una década la radio llegaba poco. Ahora mismo, explicar a su mamá qué son los periódicos, cuesta, dice, porque no es lo mismo en castellano que en aymara; hay que saber interpretar para luego traducir. Lo que su mamá sí entiende a la perfección es que su hija es libre. Así que se alegra y le dice que “siga adelante, que nunca me case…, ¡yaaaa!”, ríe Yola y dice que es en serio, que su mamá le dice que el marido le va a truncar sus sueños, así que ella le responde que “sí, me voy a hacer de pareja, pero no me voy a casar, ¡yaaaaa!”, vuelve a reír a carcajadas, bocona y libre. Yolanda Mamani, la youtuber.

Parte de este texto fue publicado por  el Centro de Competencia en Comunicación para América Latina de la  Fundación Friedrich Ebert Stiftung  como parte del proyecto  América Latina en perspectiva de género II, el año 2011.
 

Las trabajadoras del hogar en Bolivia

En una sociedad heredera de prácticas coloniales esclavistas, las trabajadoras del hogar constituyen uno de los sectores laborales más vulnerables. Son víctimas de abusos, discriminación y malas condiciones laborales.

Constituyen uno de los sectores más numerosos de la población femenina económicamente activa. Son 117.735 trabajadoras en todo el país (INE). Y entre el 25 y 28% de las familias urbanas bolivianas cuenta con una trabajadora del hogar.

A pesar de su rol vital en la sociedad, hasta hace muy poco tiempo las trabajadoras del hogar fueron paradójicamente invisibles como grupo organizado.

Grave error, pues desde las épocas de Petronila Infantes, e incluso antes, la mujeres trabajadoras conformaron la Federación Obrera Femenina (1927) y en 1935 el  Sindicato de Culinarias que le dio un gran impulso a la Federación Obrera Local de la que era parte.

Contagiadas e impulsadas por sus compañeros obreros, las mujeres trabajadoras del hogar demandaron los mismos derechos básicos que el resto de trabajadores del país: jornada laboral de ocho  horas, no discriminación, libre expresión, días de descanso, aumento salarial, seguro de salud, indemnización y vacaciones. Ellos lo lograron, ellas no. Sus avances fueron mínimos.

Pero no claudicaron. De hecho, es uno de los sectores sociales más antiguos y aguerridos. En 1984 se fundó el primer Sindicato de Trabajadoras Asalariadas del Hogar en La Paz, luego en el resto del país. Una década después, en 1993, se fundó la Federación Nacional de Trabajadoras Asalariadas del Hogar (Fenatrahob) que reúne 15 sindicatos y tres organizaciones en el ámbito nacional. Está afiliada a la Central Obrera Boliviana (COB) y a la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (Conlactraho) de la que se enorgullecen de ser fundadoras.

Tantos años de trabajo y lucha no podían ser vanos. En 1992 presentaron al Congreso Nacional el primer Proyecto de Ley de la Trabajadora del Hogar. Una década después, el año 2003, finalmente lograron su objetivo: la aprobación de la Ley de Regulación del Trabajo Asalariado del Hogar (Ley Nº 2450) que en 25 artículos establece los derechos, deberes, obligaciones y condiciones de trabajo, según principios de equidad, no discriminación, igualdad, respeto y justicia social.

Llegado Evo Morales al gobierno, el año 2006, nombró como Ministra de Justicia nada menos que a una de ellas: Casimira Rodríguez, quien  había trabajado como empleada doméstica desde niña y durante 18 años antes de dedicarse por completo a la labor sindical como dirigente de las trabajadoras de Bolivia y de la Confederación Latinoamericana y del Caribe de las Trabajadoras del Hogar (Conlactraho).

El 30 de marzo (celebrando la aprobación de su ley) se decretó el “día nacional de la trabajadora del hogar”.

 

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