PATIPERRO

Cuentito de la precariedad

domingo, 31 de marzo de 2019 · 00:12

Richard Mateos Burlando Fronteras

Todos los domingos el restaurante de doña Seida es un hervidero de gente. También es una cacofonía anárquica en la que se mezcla una serie interminable de sonidos variopintos: voces, cubiertos y platos que entrechocan, chisporroteo de carbones que arden alimentando  varias parrillas.

De pronto, se escucha el sonido de una olla que, empeñada en cumplir con la ley de la gravedad, se estrella contra el piso. Se oyen voces que salen de la cocina festejando el desatino de la caída de la olla. Y afuera, en el salón de comidas, una serie de personajes deambulamos de mesa en mesa buscando a clientes dispuestos a gastarse unos pesos de más porque disfrutan del lujo de cumplir con el mandamiento bíblico del descanso dominical.

Músicos solitarios de voz y guitarra desafinadas que entonan las canciones de moda se mezclan con mariachis y con duetos de guitarra y acordeón más afinados, que tratan de deleitar las orejas de quienes paladean los alimentos con canciones mexicanas tradicionales, con música camba, y claro, también con las canciones de moda.

De pronto, aparece entre las mesas este patiperro que escribe, para ofrecer porciones de flan casero típico de las islas Canarias, hecho con mis manos, con el fin de  costearme una serie de viajes que me permitan recopilar historias que cuenten la situación de la discapacidad en Bolivia.  Eso les digo a los comensales y la venta no va mal –muchos compran–, pero hay un no sé qué, una energía sutil que me dice que para la mayoría de la gente lo que les estoy contando es un cuento chino. No pueden creer que de mis manos salgan los flanes, ni pueden creer que viaje solo, ni mucho menos que escriba.

Víctor Ugarte –fotógrafo increíble de paisajes humanos–, quien me ayuda transportando y sirviendo los flanes, me confirma el prejuicio cuando intercambiamos impresiones. “Si vieras sus caras…”.

El tiempo pasa y pienso que sería mejor ahorrar saliva anunciando simplemente que ofrezco flanes. ¿Para qué contarles que con ellos me costeo viajes y el lujo de poder escribir si no se lo creen? Pero hay una especie de dignidad –si quieren llámenlo orgullo– que me hace repetir lo mismo una y otra vez: Postre casero para viajar por Bolivia y relatar la situación de la discapacidad en el país.

Muchos compran aunque no lo creen, otros rechazan el producto pero depositan unos centavos a modo de limosna, y los menos me preguntan por el proyecto y me desean suerte. Finalmente termina la jornada y la familia de doña Seida –la dueña del restaurante– me ofrece mondongo, refresco de lima y un poco de chicha sin cobrarme un peso.

Los teóricos de los movimientos sociales hablan de que el capitalismo del siglo XXI crea una nueva clase social tan precaria como la del proletariado de los siglos XIX y XX, pero con una diferencia. La nueva clase ni está encadenada a una máquina ni trabaja en fábricas: enfermeras, profesores, jóvenes egresados que trabajan gratis en las universidades, trabajadoras del hogar, meseros de fin de semana que estudian entre semana, periodistas freelancer –entre otros oficios– componemos esta clase social variopinta a la que los teóricos llaman precariado.

En mi caso, al igual que muchos que nos movemos sin ojos funcionales, piernas u otras partes del cuerpo que funcionan de manera diversa, somos, además, merced al prejuicio social, una subespecie del precariado, pues ni nos quieren como trabajadores, ni nos quieren como mendigos.
 

 

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