EL MAnGO DE OZ

La soledad de Miraflores

domingo, 31 de marzo de 2019 · 00:13

Óscar Martínez

 Miraflores de antes y ahora, está marcado por el fútbol, la muerte y la enfermedad. Claro, en este barrio paceño se encuentra el Estadio Hernando Siles, el monumento a Busch y la avenida del mismo nombre que ahora rebosa de vida gracias a las funerarias.   Una al lado de otra, éstas le dieron dinámica a una zona bastante muerta de la ciudad, atestada además de todo tipo de hospitales y en la que, por si fuera poco, se alberga a la Facultad de Medicina, Odontología y Bioquímica y Farmacia.

Entonces, si tienes la buena o mala suerte de pasar todos los días por Miraflores, no puedes dejar de percibir entierros, vendedores de flores, buses y radiotaxis transportando dolientes, gente con cara de enferma, en silla de ruedas y múltiples vendas, jóvenes padres cargando enseres de bebé en la puerta del Hospital de la Mujer, estudiantes de medicina y anexos con guardapolvos blancos atestando los puestos de tucumanas con el bullicio típico de quienes se pelean por el ají de maní y la salsa golf.

Pero cuando hay fútbol, todo cambia. Las vendedoras de comida copan los alrededores del estadio. Vendedoras de sándwiches de chorizo y lomito sacan sus enormes peroles con aceite en los que se fríen multicolores chorizos y pedazos de carne de todas las tallas, una canasta llena de panes, servilletas, mecheros y llajua, mucha llajua.

Y el espectáculo comienza: ranga popular de la recta legendaria, que comes vista a la pared sosteniendo el plato de fierro enlozado verde agua, a la altura del pecho, rapidito antes de que entren los árbitros. Luego los sándwiches de chola de doña Paty, la renegona, la del Estado Mayor, que nunca quiere yapar cuerito y que cuando le ofreces plata por un par, te saca rajando como si le hubieses mentado la madre. También me he dado cuenta que a medida que uno va creciendo y haciéndose viejo, va sacrificando la cara de los caseros por el espectáculo. Así que cada vez es más difícil identificar a tu casero o casera de helado de canela. Sin helado de canela, no hay fútbol, esa es una regla de Miraflores, y si es de noche, sin café y pucacapa no hay fútbol y punto. 

Y todavía faltan los sándwiches de chorizo de doña Mechi, con báner, gigantografía y todo, donde si no quieres hacer fila resignadamente los 15 minutos que dura el descanso, mejor sales al minuto 40 del primer tiempo. Y bien calentito entre la multitud, abandonas el estadio preguntándote por la extinción de las patitas, que sospecho que dejaron de ser populares porque solían ser usadas como proyectiles contra hinchas rivales, policías y jueces de línea. Ya afuera, feliz, renegando o con el corazón por los suelos, caminas escuchando las entrevistas radiales, explicando lo inexplicable, buscando la voz de tus héroes contar sus goles o lamentar la derrota

Miraflores de la soledad acompañada, del Iglú con jugo de tumbo y su copia original de la Díaz Romero. Miraflores del caos vial que te hace extraviar a tu casera de tucumanas, a la que finalmente encuentras después de buscarla por semanas, de pura casualidad, detrás de un poste de luz. Recuerdo que al vernos corrimos a nuestro encuentro en cámara lenta y, entre lágrimas, sollozos y mocos, juramos no volver a perdernos nunca más, para lo cual me dio su wasap. Ahora resta saber dónde estará la gorda malacara de los anticuchos de la puerta del Love City y su ají de maní adictivo. Me pregunto si –quizá– piensa en mí, así como yo pienso en ella. Tal vez me extraña y en el murmullo de la noche, en el triste crepitar de su parrilla, ve su banquito de plástico vacío o con otro gordo y me recuerda y sospecha que son semanas que no la encuentro.  ¿Cuándo estará y dónde? Tiene que saber… 

Saber que la he buscado.
 

 

 

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