CIUDAD

“Quiéreme, mi vida quiéreme...”

domingo, 14 de abril de 2019 · 00:09

Texto y fotos Marco Basualdo

Nadie la conoce, ni sabe de dónde viene, ni a qué otra cosa se dedica. Es claramente un varón, moreno, delgado, con joroba creciente, que debe rondar los 50. Llega a su escenario de la histórica San Francisco vestido de mujer. El cabello amarrado, aretes brillantes, pintura sobre los párpados, saco encima del chaleco que se abotona sobre una chompa, calza oscura debajo de una mini de jean, pañoleta al tono, guantes de lana y botitas Mary Poppins. Es su look de estrella en esa suerte de plaza–mercado donde el público no compra entradas. Su equipo de trabajo es un gran parlante con entrada para USB, al que acompañan dos cajas de cartón; una grande para sus pertenencias, la pequeña para las monedas. Muy sesudamente protege y asegura su pequeño qhatu con un plástico que sujeta gancho por gancho, ante la vista y paciencia de los caminantes e inquilinos de turno, en su mayoría gente de la prole y alguno que otro turista. Cerca, un grupo de raperos y break dancers acaparan la atención, pero los del teatro callejero no parecen ser competencia. Entonces el misterioso personaje elonga las articulaciones como un maratonista previa competición, acomoda por última vez su media melena oscura y busca entre sus cosas un artefacto que no es más que un flash memory con formato de tarjeta de crédito. Casi listo, se para sobre su alfombra de piedra comanche, levanta las manos en crucifijo y al primer acorde lanza un grito de emoción que asusta a algunos de los transeúntes. Y baila. No mira a su público, solo se mueve asincopadamente, canción tras canción. 

Por esa discoteca a cielo nublado y fondo de catedral pasan clásicos de Opus 4.40, Los Puntos, Gilda, la Muñequita Milly, entre otros iconos de la música popular que poco sabe de pentagramas y trajes de etiqueta, pero que transmiten una dolorosa sensación desde sus escasas notas. Así, este extravagante bailarín no pasa desapercibido, y entre miradas curiosas, risas de burla y alguna que otra contribución, su show continúa sin que nada le importe más que mantener el ritmo y el paso que contagia. Dicen los psicólogos que la transgresión es la principal motivación que lleva a un hombre a vestirse de mujer y, en lecturas más profundas, que lo que se intenta es una liberación de la estructura restrictiva para que todo vuelva a su sitio. Este hombre es libre, pensé. 

Pero algo sucede con las primeras notas de Quiéreme, aquel clásico de la española Ángela Carrasco en versión cumbia con sello de la dulce de Paola Zeballos (PK2). El danzarín desnuda su emoción, la dolorosa letra de ese clásico ochentero le provoca algo que sólo el/ella sabe. Al mismo tiempo las risas y los comentarios burlescos continúan entre los expectantes. No importa, él / ella, sigue bailando sin mirar más que sus propios pasos, se sacude, intenta tararear la letra, hasta que el compás llega a su fin. Un par de aplausos son su premio. El extenso repertorio también parece haberle dejado exhausto / exhausta. Pese a ello, hay fuerzas para una más cuando cae la noche y ya no queda nadie. Y de nuevo, las notas de ese tema que exige cariño “hoy, mañana y siempre”. Al fin y al cabo, todos necesitamos un poquito de amor. 
 

 

 

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