TIERRA

DÍA DE LA TIERRA,hablemos de la invasión de los pollos

La gallina de los huevos de oro ya no es el gas, sino el agronegocio internacional que produce soja, sorgo, girasol, caña de azúcar, maíz, trigo y arroz. Pero como ese no podría ser nuestro único alimento ¿quién da de comer a los bolivianos y qué es lo que comemos?
domingo, 21 de abril de 2019 · 00:14

Cecilia Lanza Lobo

Una lista de veintitantos platos de comida diferentes está escrita a colores en una pizarra que pende del techo en uno de los puestos del mercado 25 de mayo en Cochabamba. Allí reina doña Blanca, la “comidera” más famosa del lugar. 

Ella tiene un ejército de cocineras que atienden desde las 5 de la mañana a los viajeros, choferes de flotas y camiones, pero también a los pasajeros que desayunan en ese mercado un buen plato de comida en la ciudad más afamada del país por su buena sazón. Cochabamba, conocida en sus buenos tiempos como “el granero de Bolivia” por su gran producción agrícola, capaz de abastecer de verduras, frutas y hortalizas a todo el país, ya no lo es, como no lo es el resto del país; ahora se importan hasta las verduras más básicas. En Bolivia, como en gran parte del continente, ahora se come sobre todo chatarra, nos inundan los pollos y estamos cada vez más gordos. ¿Por qué?

“Cuando yo era niña, en cada casa había árboles frutales: ciruelos, durazneros, parrales, higueras, pacayes… ¡Ay, el pacay. En cada cuadra había pacay!”, dice doña Blanca, moviendo la cabeza con pena y con un ojo puesto aquí donde estamos y el otro en sus cocineras que preparan la comida con afán de hormiguitas laboriosas. 

Blanca Arce, la “comidera” más reconocida, sabe lo que dice y su experiencia cotidiana da cuenta de una situación que se repite en el resto del país: que la producción de alimentos propios ha disminuido, que el sabor es casi un arcaísmo, que solo nuestros abuelos recuerdan y se esfuerzan por consumir platos tradicionales y variados –de esos con nombre y apellido– cuyos ingredientes están desapareciendo; que la gente prefiere la comida “chatarra”; que la obesidad crece y la diabetes es una de las enfermedades más comunes así como el cáncer es pan de cada día. Y que aunque todavía existen bolsones de pobreza, en Bolivia lo que hay no es hambre sino al revés: hay dinero, consumo y mala alimentación. 

 Blanca Arce en el mercado 25 de Mayo de Cochabamba.

Somos menos pobres. ¿Ahora qué hacemos?

El año 2014, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo dio al país una buena noticia aunque con un matiz muy importante. El Informe de Desarrollo Humano de ese año presentaba a Bolivia como el más exitoso de la región por haber reducido la pobreza 32% entre los años 2000 y 2012. Pero ese mismo informe indicaba que quienes lograron salir de la pobreza (19 de cada 100 ciudadanos) no habían podido todavía consolidarse en un estrato medio porque las condiciones estructurales eran frágiles. Por lo tanto, aquellos nuevos “no pobres” podían fácilmente volver a ser pobres.  ¿Por qué?

Porque ese salto fuera de la pobreza, si bien se debió efectivamente al crecimiento económico sobre todo en el sector del comercio, servicios y construcción, y a pesar de la informalidad, estuvo y continúa apoyado en buena medida en los bonos estatales (Juancito Pinto, Juana Azurduy y la Renta Dignidad). Y estos bonos, al depender de la venta de las materias primas, particularmente del gas del auge petrolero, son  frágiles dado que,  baja el precio del gas, o  simplemente se agota como se agota la materia prima, y se acaban los bonos. 42% de la población boliviana se beneficia de éstos. Y si añadimos el hecho de que en el país el desarrollo productivo es menor, carece de incentivos y se enfrenta al contrabando, la situación se complica.

Pero hay un dato más. Y es que  ¿cuán menos pobres somos? Porque si bien Bolivia se ha alejado del extremo más pobre, continúa entre los países pobres de la región sobre todo en el área rural donde la pobreza extrema llega al 37%. Según algunos analistas la pobreza debe mirarse desde dos perspectivas: los ingresos –que sin duda han mejorado– y los servicios básicos –donde los resultados no son tan alentadores–.  

Efectivamente, más de 2,5 millones de bolivianos no tienen agua potable y la mitad de la población carece de servicios de saneamiento. Según el informe de actualización 2014 de los Objetivos del Milenio de la Organización Mundial de la Salud relativo a los “Progresos en materia de agua potable y saneamiento” en América Latina y el Caribe, Bolivia y Haití tienen los niveles más bajos de cobertura. En el área rural  más del 60% de sus habitantes no cuenta con alcantarillado (Min. Medio Ambiente y Aguas). La falta de acceso y la precariedad de estos servicios afecta directamente tanto la salud como la seguridad alimentaria. Los resultados más visibles son la diarrea aguda y la malnutrición crónica. De hecho, la primera causa de muerte de niños menores de cinco años en Bolivia sigue siendo la diarrea (8.5%) que afecta sobre todo al área rural en un 10.4% (Min. Salud)

Entonces: ¿tener más dinero ha permitido a los bolivianos verdaderamente mejorar sus condiciones de vida y salud? Y por otra parte ¿tener más dinero ha permitido a los bolivianos mayor acceso a los alimentos y, más aún, tener mejor alimentación?

FOTO PIXABAY

La madre tierra

Desde los años 40 y 50, la producción agropecuaria nacional se trasladó al Oriente del país donde comenzó a diseñarse el “modelo de desarrollo agrario-capitalista” que ahora predomina en el departamento de Santa Cruz, convertido en el centro de producción agrícola del país. No son los campesinos manos a la tierra, cultivando frutas, verduras y hortalizas produciendo con tecnología ecológica, riego y grandes tierras, como quizás podría desearse. Son grandes extensiones de cultivos vinculados al agronegocio internacional. De las 3,2 millones de hectáreas cultivadas que hay en Bolivia, casi la totalidad (2,8) están básicamente en el Oriente y en pocas manos. 

Entonces, si la tenencia de la tierra cultivada en Bolivia está mayoritariamente en manos de empresarios agroindustriales del Oriente que básicamente producen soja, sorgo, girasol, caña de azúcar, maíz, trigo y arroz, y considerando que ese no podría ser nuestro único alimento ¿quién da de comer a los bolivianos y qué es lo que comemos?

En una entrevista de 2016, Miguel Urioste, de la Fundación Tierra, decía: “Hace treinta años no había duda al decir que los principales proveedores de la canasta básica familiar boliviana eran los campesinos agricultores bolivianos. Ya no”. Aunque el 94% de las unidades productivas del país corresponde a los pequeños productores familiares; y el 5% a los medianos; el 1% restante –que corresponde a las grandes unidades productivas– produce el 67,5% de la oferta nacional de alimentos: básicamente aquellos del agronegocio que en la dieta cotidiana de los bolivianos se traduce  en los derivados de la soja, sorgo, girasol, caña de azúcar, maíz, etc., que es lo mismo que decir aceite, azúcar, harina, fideo... y, claro, alimento en abundancia para los pollos nuestros de cada día.

 A la broaster, al espiedo, en alitas, frito, entero, descuartizado, así o asá, los pollos nos invaden. En los hechos y como metáfora de nuestra pobreza alimentaria. 

De modo que con el Oriente como polo de producción agropecuaria vinculada al agronegocio rentable, sin riego ni políticas productivas para los pequeños y medianos productores, además del libre ingreso de productos desde países vecinos, y paradójicamente con más dinero en el bolsillo, los agricultores campesinos ya no son los principales proveedores del alimento de los bolivianos. Han cuasi abandonado sus tierras –aunque van y vienen– para irse a la ciudad y ejercer su derecho a ser modernos. Comerse un pollo con papas fritas y gaseosa en un patio de comidas.  

FOTO PIXABAY

Más comida, menos alimento

Cada boliviano consume –según datos del Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras– 102 kilos de papa al año, 43 kilos de pan, 38 kilos de azúcar, 35 kilos de plátano, 34 kilos de pollo, 33 de arroz, 11 de aceite, 9 de fideos y pastas, 8 de carne de cerdo, 8 de cebolla, 6 kilos de harina de trigo, 6 de tomate, 2 de zanahoria, 2 de pescado y 1 kilo de quinua. Esto quiere decir que la dieta de los bolivianos abunda en carbohidratos y que se consume, por ejemplo, más azúcar que arroz; que el consumo de frutas, vegetales y hortalizas es mínimo y que a pesar de que Bolivia es uno de los principales productores de quinua del mundo, consumimos apenas un kilo al año. 

Entre los productos que tienen como origen la agroindustria, los que más aumentaron en consumo, hasta el año 2016, fueron: harina de trigo (7,2%), pollo (5,3%), fideos (4,7%) y gaseosas (50 litros de gaseosa por persona al año, 48 litros de cerveza y 42 litros de leche de vaca). La dieta de los bolivianos está compuesta en un 80% por productos de origen agroindustrial. 

Así, Bolivia ya es parte de la producción y del consumo uniforme en el mundo que prioriza la “comida chatarra”, con la particularidad, según Urioste, de ser aquí un “signo de ascenso social de la nueva clase media boliviana”.

En el mundo entero hay una simplificación atroz de la dieta: De una lista de más de 12.000 alimentos que se pueden consumir, solo 12 se consumen. Peor aún, la lista corta indica 6 ó 7: arroz, papa, trigo/maíz/mijo, azúcar, aceite, leche y carnes. ¿Por qué? Porque esos 12.000 son difíciles de cultivar, o su rendimiento es bajo o, tristemente, como cuenta Blanca Arce en el mercado de Cochabamba, están desapareciendo porque no hay demanda, pues si la gente no los compra, no se cultivan, y entonces se extinguen. 

Las consecuencias de la mono–mala alimentación en el país, entonces, se reflejan en los cada vez más elevados índices de enfermedades como la diabetes, hipertensión arterial, problemas cardiovasculares, infartos cerebro vasculares y obesidad, vinculadas a la mala alimentación y precisamente señaladas, en ese orden, como las de mayor prevalencia entre aquellas no transmisibles en Bolivia. Uno de cada 10 ciudadanos bolivianos tiene diabetes y 80% de esos pacientes son obesos (min. Salud). 

La frontera agrícola

Uno diría que ante ese escenario lo que habría que hacer es dar la vuelta la tortilla:  impulsar la producción agropecuaria de aquel 99% de las unidades productivas que podrían alimentar al país de múltiples productos distintos y saludables. De hecho, se han invertido millones en proyectos, en intentos de riego, en etiquetas para los productos que contengan organismos genéticamente modificados (OGM) y hasta se ha propuesto crear una “canasta básica familiar rural” (min. Desarrollo Rural) que incluya maca, cañahua, amaranto y tarhui, por ejemplo, para contrarrestar la producción agroindustrial. Hasta ahora el impacto ha sido nulo. ¿Por qué? Porque está claro que esa no es la política y los productores la tienen difícil. Les resulta más barato traer papas, cebollas, tomates o frutas del Perú, Chile o Argentina, que producirlas sin ningún incentivo. O el contrabando los mata. Porque lo que se ha hecho, desde el gobierno, ha sido sobre todo impulsar la vía agroindustrial (ampliar la frontera agrícola, legalizar tierras ilegalmente deforestadas, autorizar el uso de transgénicos, mantener las subvenciones y aranceles, etc.) 

Se plantean entonces tres caminos: fortalecer y ampliar la producción de base campesina e indígena como fuente de ingresos para productores, aunque está visto que una mayor producción no garantiza ni mayor acceso ni mejor consumo. El 61% de los bolivianos trabaja pero no recibe salario, 18% no recibe remuneración alguna, la pobreza extrema sigue en 37% y el 43% de la población boliviana tiene un ingreso per cápita menor al costo de la canasta básica. El camino opuesto alienta la ampliación de la frontera agrícola y el fortalecimiento de la producción agroindustrial que no convence pues se estanca en los monocultivos de exportación. Y un tercer camino busca la convivencia de la agroindustria “sostenible” junto con la producción ecológica que haga de Bolivia su vocación productiva. ¿Será?

Lo que queda claro es lo que siente y vive doña Blanca en su puesto de comida en Cochabamba: que ya “¡ni cebollas producimos, ni papa!”. De hecho, la importación de aquellos productos se ha multiplicado dramáticamente el último tiempo. Los bolivianos ya no producimos nuestro alimento (soberanía alimentaria). 

De modo que esa tercera vía deseable no es muy esperanzadora pues  queda claro que el mayor apoyo está dado a la agroindustria como fuente alternativa de financiamiento de los bonos que impulsaron el salto fuera de la pobreza, ante la crisis del negocio petrolero. Mientras tanto,  el pueblo moderno come  pollo y toma cola.

           Con datos de Ni pan ni circo. Historias de hambre en América Latina del Centro de Competencia en Comunicación para América Latina de la Fundación Friedrich Ebert, 2016.
 

 

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