HOMENAJE

Los hechizos de Rita del Solar

Desde la promoción del arte, pasando por la revalorización de la quinua, el ají, el rescate del patrimonio nacional o la confección de zapatos, son más de 28 las actividades que Rita del Solar desarrolla, sin aspavientos, con el corazón rojo, amarillo y verde.
domingo, 21 de abril de 2019 · 00:13

RITA DEL SOLAR es la demostración de lo imposible: vive una vida “normal” sin normas fijas; es dama de sociedad sin barreras sociales, emprendedora sin temores; fuente creativa que pretende no haber imaginado nada.  Es contradictoria y completamente coherente: un alma rebelde disfrazada de conformidad, de pasiones profundas bajo control.  

Nadie sabe dónde ni cómo Rita pudo desarrollar sus múltiples talentos. Nació en Bolivia, de linaje indiscutible, pero no tenía ni tiene pretensiones; su ambición siempre ha sido hacer más, y no pretender ser más.  Conociéndola, comprendo que siempre supo quién era y dónde pertenecía. Pudiendo haber vivido en cualquier parte del mundo, escogió a La Paz, la ciudad que ama y conoce como nadie.  

Rita del Solar es entrañablemente paceña, pero pertenece al mundo. Sus libros se han difundido en varios continentes, y diversos idiomas incluyendo inglés,  francés y portugués.  Sus recetas –internacionales– llegaron a cientos de miles de personas.  Su estilo y su buen gusto han logrado que las “mesas” con que deleita en su casa, sean famosas, pero irreproducibles. Es una celebridad en gastronomía; la abanderada de la cocina “fusión” cuando todavía no se la conocía en Bolivia.  Ella introdujo la cocina “novoboliviana” haciendo que cosas tan nuestras como el chuño o la papalisa tengan difusión interna e internacional.

Es incansable. Cualquiera que desee seguirle el paso, deberá tomar vitaminas y entrenar, por ejemplo, trotando hasta Huarina para estar en forma. De otra manera, Rita lo dejará atrás, mientras con su inimitable paso ella sigue su camino sin perder la sonrisa.

¿Cuál es ese camino? Buena pregunta. Para escribir esta nota, he listado 28 diferentes áreas de su actividad, desde A (por Arte) hasta Z por (enseñar a hacer Zapatos). Sin embargo, sí hay un hilo conductor. Su pasión y fuerza de vida están en Bolivia, en todo lo boliviano. 

Por eso, con Alfredo La Placa construyó la casa más bella que existió a orillas del Titicaca, llamada El Solar de Rita, donde por cerca a 20 años la decoración campestre alcanzó un nivel cercano a la perfección,  combinando tejidos andinos, antigüedades, platos de piedra, ollas de barro y obras de arte. Quienes tuvieron la fortuna de ver un amanecer desde sus ventanales, no podrán olvidar la combinación de la casa maravillosa realzando la magia plateada del lago, con el Illampu en el horizonte.  

Entre las cosas que más la motivan está la protección y valoración de nuestro patrimonio histórico y artístico. Ha luchado y lucha por salvar las pocas construcciones antiguas que sobreviven en La Paz.  Con los Amigos de la Ciudad y los Amigos de los Museos (donde fue Presidenta), trabajó por proteger la riqueza multicultural paceña, cuando el “multiculturalismo” no estaba de moda.  Rescató cientos de objetos coloniales y artefactos arqueológicos en inminente peligro de ser llevados fuera de Bolivia. Rita conseguía que amigos bolivianos pongan a salvo estas piezas, generalmente donándolas a los museos.  

Rita es generosa con su tiempo, su creatividad y su dinamismo y no se limita a las buenas causas sino que las crea.  Ahí están, por ejemplo, el ají y la quinua.  Antes, nuestra quinua era una rareza, y aún en la gastronomía local no pasaba del pesk’e o la sopa tradicional. Manos a la obra, Rita logró demostrar que la quinua boliviana podía estar en todo: de A a Z, desde alfajores hasta zapallitos rellenos. Lo hizo con clases, recetas, conferencias y libros, sin aspavientos.  

Lo mismo hizo con el ají.  A raíz de la sugerencia del incansable Fernando Illanes,  Rita me propuso investigar el ají, que es originario de Bolivia, y allí nació nuestro libro Ají: Regalo de Bolivia al Mundo, con recetas probadas y garantizadas por ella.  Esa “maternidad” boliviana del ají es hoy aceptada por científicos incluso de Perú y México. Y es abanderada de la causa del maní, otro regalo boliviano al mundo.

 El Solar de Rita, a orillas de lago Titicaca.

Es creadora y defensora de museos, como el Museo de Marina Núñez del Prado, o el Museo Fernando Montes, o la donación de docenas de obras de su pareja de vida, Alfredo La Placa, a la Fundación Cultural del Banco Central.  Sus inquietudes tienen muchas facetas. Haciendo un recuento, comprobamos que ha sido autora, coautora o editora de una docena de libros.  

Si usted la conoce, tómese unos minutos para pensar en cuántas actividades la ha visto, cuántos aspectos conoce de su personalidad.  Lo que hace no es para hacerse famosa, es porque su amor y energía la motivan.  Cuando hablábamos de su vida, un día le dije “¡Deberían darte un premio!”.  “¿A mí?”, respondió, auténticamente sorprendida.  No pude convencerla.  No cree merecer un premio especial.  En todo caso, yo sí he recibido un premio: su amistad invariable, que ha enriquecido mi vida.  

Es una amiga con quien he compartido ideas y sueños, mis mejores y peores momentos, pero cuyos secretos no he logrado desentrañar. Hay ocasiones en que creo que por la noche, cual maga hechicera de las buenas, abre la ventana y sale volando, para lograr nuevas hazañas en algún laboratorio secreto (y bien iluminado) en el lado oscuro de la luna. 

Lo digo con risueña seriedad. No hay horas suficientes en el día, no hay días suficientes en la semana, no hay meses suficientes en el año para hacer lo que hace, y equiparar sus logros, pero cuando uno se sienta a su lado a conversar, pareciera que tiene todo el tiempo del mundo.  Irradia serenidad y paz interior.  

Las cosas que ella hace tienen paralelos, por cierto.  No es la única impulsora del arte en Bolivia, ni la única “reina de la cocina boliviana”, pero creo que es la más tenaz, la más generosa y la más efectiva.  

Quizás una anécdota pueda ilustrar mi teoría de sus poderes sobrenaturales.  Un día pasé por su departamento, donde estaba haciendo pruebas de 144 recetas de quinua para unos libros de distribución internacional. Las recetas ya estaban escritas, editadas y traducidas al inglés para que enseñen al mundo cómo utilizar nuestra quinua, cómo disfrutarla y lucirla mejor.  En la cocina estaba Rita con Teo, su empleada y compañera de décadas, y Jorge, su factótum encantador que hace de todo, desde manejar auto hasta preparar cocteles.  Entre los tres, ese día habían preparado 42 platos diferentes fielmente siguiendo las recetas, comprobando medidas, ingredientes, tiempos de cocción, sabor y decoración. Allí, en largas hileras, estaban fuentes adornadas esperando al fotógrafo. “¿Cómo hiciste esto?” pregunté, atónita “¿De verdad han hecho 42 recetas?”.  “No”, respondió Rita, con franca y espontánea risa.  “Hemos hecho y decorado 144 diferentes recetas desde anteayer”.  Quedé boquiabierta. Yo hubiera asumido que las recetas estaban bien.  Al fin, si uno sabe cocinar, sabe cocinar... Pues Rita no es así.  Ella no “confía”: busca la perfección y no escatima tiempo ni esfuerzo en lograrla. 

Hace unos meses, cuando se inauguraba en La Paz el Museo Fernando Montes en la bella casa adquirida por la Fundación Cultural del Banco Central, Juan Enrique Montes agradeció a Rita sus incansables esfuerzos por plasmar esa realidad: un lugar donde se pueda conservar y admirar la obra de uno de nuestros mejores pintores.  Rita, sin hacer ningún aspaviento, sonrió feliz ante el agradecimiento, pero luego al hablar de ello, restó importancia a su esfuerzo y trabajo. “Sin Marcela, y todo lo que ha hecho, sin los hijos de Fernando Montes, nada de esto sería realidad”, dijo: “yo sólo los he ayudado”.  Esa bella frase la pinta, activa y generosa, tal como es. 

Hay quienes inspiran, mueven, empujan, dinamizan, combinan, y como imanes, atraen y consolidan. Esas personas iluminan el camino por donde pasan, haciéndolo más claro y definido.  Pareciera que hablo de muchas personas, pero no; en este momento se trata únicamente de ella, con la varita mágica escondida bajo la manga.
 

 

Confidencial

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