CRÓNICA

Ser huerto contra viento y marea

Cultivar alimentos en medio de la selva de cemento, es posible. Hacer que estos huertos urbanos sean colectivos y se multipliquen, también ha sido posible. He ahí el camino para hacer de los ciudadanos seres sentipensantes como alguna vez fuimos.
domingo, 21 de abril de 2019 · 00:15

Alejandra Pau

Fotografías de Mauricio Panozo

María Teresa Nogales Zalles  es una amante de las plantas, una fuente de energía inagotable, una devota del horóscopo, a veces una impaciente y una perfeccionista. Es, además, una productora incansable de ideas y una soñadora, pero no de las románticas sino de las que trabajan para lograr resultados lo antes posible. 

La palabra activista por la seguridad alimentaria no le acaba de convencer, pero es justamente en eso en lo que se ha convertido. MT, como también la llaman, tiene 39 años y, al igual que los malabaristas, sabe hacer de todo y al mismo tiempo. No por nada estudió varias carreras a la vez, y mientras caminamos esta  mañana despejada, ella recoge escombros y transporta madera en el huerto Lak'a Uta, situado en el límite imaginario entre dos de las ciudades más caóticas de Bolivia: La Paz y El Alto. Allí, todos los sábados María Teresa trabaja entre parcelas, cultivos e invernaderos, en mitad de un microcosmos orgánico de agricultura urbana al que se ingresa por una carretera asfaltada, serpenteante y estrecha, a través de la cual cientos de vehículos, de todas las formas y tamaños, trasladan a sus pasajeros.

María Teresa y sus compañeros, todos llenos de ideales, han convertido el área verde en la primera iniciativa de seguridad alimentaria urbana del país. El objetivo es lograr una comunión entre las comunidades, las políticas públicas y el emprendimiento a través de los programas de la Fundación Alternativas, una organización sin fines de lucro fundada por  ella hace algunos años.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación dice que la seguridad alimentaria existe cuando todas las personas tienen acceso en todo momento a productos suficientes, seguros y nutritivos para cubrir sus necesidades nutricionales para una vida sana y activa. En el campo, los campesinos tienen acceso directo a los alimentos, pero en las ciudades cada vez es más difícil garantizar el sustento. Muchas de las familias que viven en las laderas de La Paz no tienen refrigerador para conservar los vegetales y se ven obligadas a comprar verduras y frutas en mercados ubicados lejos de sus viviendas. María Teresa, sin embargo, ve posible un cambio y por eso decidió hacer algo.

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FOTOS MAURICIO PANOZO / HIVOS

 María Teresa nació en Estados Unidos y es hija de bolivianos. Llegó a La Paz junto a su familia a los cinco años pero luego regresó al país del norte para estudiar tres carreras de forma simultánea –Ciencias de la Educación, Ciencias Políticas y Literatura– y completar una maestría en Relaciones Internacionales. Después retornó a Bolivia para trabajar en la Alcaldía paceña y entonces conoció el huerto donde ahora estamos.

En 2009, tras leer algunos textos sobre la temática mientras trabajaba en Washington –en una ONG con la que conoció más de 20 países– quedó indignada al comprender que Bolivia, un país rico en alimentos nutritivos pero último en el ranking latinoamericano sobre seguridad alimentaria, no era capaz de cubrir algunas de sus necesidades básicas. Se sintió angustiada porque no entendía que un lugar con pisos ecológicos, producción agrícola y gente emprendedora se viera obligado a sufrir por ello.

María Teresa no quiso aceptar esa realidad y tomó una decisión casi revolucionaria: un día renunció a su trabajo, al traje formal, a los tacos, al horario de oficina y a las manos de chica de ciudad para aprender a cultivar en una granja de Pensilvania y dejar de ser una neófita en la materia. Allí cosechó frutillas, preparó compost, sembró decenas de hortalizas. Y la primera vez que comió lo que ella misma había cultivado con sus manos, le supo tan delicioso que pensó que la victoria podía saborearse.

En 2010 regresó a Bolivia, se estableció en Santa Cruz, creó un huerto orgánico para experimentar con diferentes formas de cultivo urbano y comenzó a elaborar la estructura de lo que sería la fundación que ahora preside. Luego se acordó de Lak'a Uta, de que había caminado por allí unos años antes, y le pareció el sitio perfecto para seguir con sus emprendimientos.

Para entonces ya era vegetariana

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FOTO MAURICIO PANOZO / HIVOS

 Lak’a Uta significa “casa de tierra” y es un área verde que ocupa 25.000 metros cuadrados de la ladera oeste de La Paz, en la zona Cotahuma. Forma parte de un macro distrito con más de 142.000 habitantes y está cubierta por maleza y eucaliptos. Durante años, esta zona fue ocupada por antisociales, alcohólicos y perros callejeros para refugiarse. Y desde que intervino María Teresa se ha llenado de parcelas con tierra enriquecida de manera orgánica para albergar tubérculos, hortalizas, verduras y hierbas aromáticas. 

Cada una de las 24 parcelas de 16 metros cuadrados del proyecto Sembrando las Ciudades del Mañana es asignada a una familia (ahora son 40 familias las que cultivan en el huerto). También trabajan allí pasantes de universidades estadounidenses, como los  de Chicago y Harvard, que llegan para apoyar a los otros voluntarios bolivianos y extranjeros que vienen a compartir en sus ratos libres.  En el huerto, las botellas PET, las llantas y las bolsas de leche son herramientas de trabajo. Aquí, nada se desperdicia. María Teresa va y viene, trabaja sin pausa y acaba de hacerse una herida en el brazo, pero no le da importancia. Más bien se divierte: ríe, bromea y charla con los miembros del equipo de la Fundación. Todos dedican por lo menos un día a la semana a impulsar el proyecto. María Teresa lleva guantes de trabajo y botines para trekking, y cubre su cabeza con una bufanda. El sol a esta hora está que quema, pero ella no duda en agacharse para sacar los clavos de una tarima allí en el sol, sin reparo alguno. De igual modo, quien se anime a visitarla, debe estar dispuesto a pintar, mover y acomodar lo que haga falta; y aquí lo que hace falta son manos y se trabaja en equipo.

— “Abre la boca” –me ordena luego decidida, mientras arranca algunas flores.

—  “Me va a dar ántrax. ¿Qué son?” –le respondo bromeando y abro la boca.

Son flores de brócoli.

— “De eso se trata, ¿ves?” – dice.

FOTO MAURICIO PANOZO / HIVOS

Se trata de entrar en conexión con la naturaleza, de intimar con ella, de recuperar esos lazos con la tierra que los animales de ciudad hemos roto pero no olvidado; se trata de no asumir su existencia sólo por los frutos exhibidos en los puestos de mercado o en las bandejas de supermercado, sino por esta conexión directa, por la experiencia de sentir, tocar, probar, vivir el contacto con la naturaleza 

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Nicolás Alegre Yucra  está en primaria  y acaba de llegar feliz a su parcela junto a sus padres. Le gusta plantar y “trabajar con la volqueta de juguete” que lleva al chit'i huerto (huerto pequeño), un espacio de cultivo para los niños a cargo de María Teresa donde ella también juega, se ensucia y ríe como una más, cada vez que está con ellos.

A su alrededor, algunas familias trabajan la tierra con ímpetu. Sonia Yucra, madre de Nicolás, comenta que cada semana se lleva algo fresco a casa: brócoli, papa y lechuga. Y admite que hasta hace poco más de un año no tenía ni idea de lo que era la agricultura urbana.

Según el Instituto Nacional de Estadística, alrededor del 70 por ciento de los más de 10 millones de habitantes de Bolivia vive en ciudades en las que se condensan cientos de miles de personas que a veces se las arreglan con ganancias por debajo del salario mínimo. El 60 por ciento de ellos lo hace con menos de dos dólares al día y gasta el 80 por ciento de sus ingresos en comida.

Para revertir la situación, en este huerto se propone autonomía, libertad y "siembra" de nuevos conocimientos.

FOTO MAURICIO PANOZO / HIVOS

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La  mayor motivación de María Teresa, desde que decidió dejar de ser una “chica de escritorio” y crear la Fundación, es haber logrado –junto a su equipo– que en noviembre de 2014 se aprobara la Ley Municipal Autonómica de Seguridad Alimentaria. Esta ley, inédita en Bolivia, contempla acciones en todo el eslabón de la seguridad alimentaria y pretende generar los mecanismos adecuados para garantizar una distribución equitativa de los alimentos que se producen en las áreas urbanas y rurales del municipio de La Paz, brindar educación nutricional, fortalecer los mercados y las ferias, y controlar la calidad e inocuidad en los centros de abasto.

Pero además, gracias al Huerto Orgánico Lak'a Uta, en 2018 el Concejo Municipal, la Secretaria Municipal de Gestión Ambiental y el Comité Municipal de Seguridad Alimentaria de La Paz elaboraron la Ley Autonómica Municipal 321 de Promoción de Huertos Urbanos en el municipio de La Paz. Esta ley reconoce la agricultura urbana como uso de suelo y determina que el gobierno municipal pueda poner a disposición de la ciudadanía tierra para el cultivo de alimentos. Igualmente busca impulsar la práctica de la agricultura urbana como una forma más de reverdecer la ciudad y mejorar la alimentación de las personas.

FOTO MAURICIO PANOZO / HIVOS

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 La  casa de MT y su oficina están llenas de plantas. A sus lirios les charla, les mira con ternura y siente que no se cambiaría por ningún otro ser de los que pueblan el planeta Tierra ni aunque pudiera. No tiene prisa por armar familia. Regularmente habla por Skype con su sobrina. Y en ocasiones vuelve al traje formal para asistir a las reuniones del Comité Municipal de Seguridad Alimentaria, pero luego regresa a los jeans y a los botines para hacer seguimiento de los centros integrales que han sido beneficiados por sus proyectos.

Dos de ellos –el de Santa María, en Alpacoma, y el de San José, en Las Lomas– se han convertido en semilleros de enseñanza para los hijos de los padres trabajadores que recurren a sus servicios. En cada uno hay un huerto orgánico y en ambos se han organizado demostraciones culinarias con chefs profesionales y ferias de comida saludable que sirven para dar ejemplo.

FOTO MAURICIO PANOZO / HIVOS

Cada vez que visita alguno de los centros, María Teresa saluda a todo el mundo, se hace selfies con las cocineras y bromea con ellas. Y también comparte sus experiencias.

En su último libro, el antropólogo colombiano Arturo Escobar insiste en la necesidad de recuperar la "intimidad" con la tierra para enfrentar la crisis ecológica que estamos viviendo, y dice que esto se logra con el “sentipensamiento”, es decir, estrechando los lazos entre el ser humano y la naturaleza. María Teresa hace tiempo ya que se reconectó con la Pachamama, con la Madre Tierra. Y es, sin duda, una de las “sentipensantes” que se preocupan de que la seguridad alimentaria sea un derecho ejercido por todos.

 Una versión de esta crónica fue publicada en el libro 

Latinoamérica se mueve, de Hivos. La Paz, 2016.
 

FOTO MAURICIO PANOZO / HIVOS
ILUSTRACIÓN VALENTINA VILASECA / DGR-UCB

 

Confidencial

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