CRÓNICA

Barro seco en los zapatos de jueves y domingo

Andar y desandar las calles de la Feria 16 de Julio, en El Alto, en busca de libros, lo hace un fetichista. Pocos como éste.
domingo, 28 de abril de 2019 · 00:15

Alexis Argüello Sandoval
Fotografías Víctor Gutiérrez

Mientras escribo esto, alguien ha dado vuelta a la página, se ha arrepentido o no, busca algo en sus bolsillos, la billetera o la bolsa plástica en que guarda monedas y billetes, certificado de nacimiento y cédula de identidad. Estoy en La Paz, pero vengo de El Alto, cruzo de una ciudad a otra, acompañado, como un ciego que cruza al otro lado de la avenida. 

Ni perdón ni olvido.

Suena Me gustas tal como eres de Coco Guillen. Tengo un libro en manos y otros en el bolso, vengo de la feria 16 de Julio. Llevo zapatos siendo que, por lo general, no uso zapatos. Llevo barro seco en los zapatos. Rutina de jueves y domingo que vengo practicando hace más de dos años; empolvando mis dedos, ensuciando mis manos. Hoy, lo crean o no, compré un libro que dentro de sus páginas resguardaba un billete de doscientos bolivianos. 

La feria te da sorpresas.

Meses atrás, por ejemplo, conocí a Don Jorge. Para pagar una deuda, Don Jorge llevó a la feria cajas y saquillos de yute que contenían tesis de licenciatura y libros. Por segunda vez, hace dos semanas le pregunté si podía visitar su depósito. Al día siguiente, previa confirmación, y aún sin poder creerlo, fui. Así me enteré que, trabajando en Kimberly Bolivia, él rescató libros y revistas destinados a convertirse en papel higiénico; bibliotecas completas que nadie más podrá leer. Don Jorge puso a mi disposición dos cajas empolvadas que años atrás fueron compradas a ochenta centavos el kilo. Una de ellas escondía a La Guerra con el Paraguay de Julio Díaz Arguedas, libro dedicado y autografiado que perteneció a la Biblioteca de Ismael Sotomayor y que ahora pertenece a la mía. Me mostró también, entre los libros que no pensaba vender, el número de la revista Enfoques con la nota sobre la visita que Carlos Palenque hizo a Ekklesia semanas antes de su muerte. Hablamos de muchas cosas aquel día. Hablamos dentro de aquel depósito lleno de cajas, libros, pósters y polvo, lleno de aparatos electrónicos descompuestos y polvo, lleno de un montón de cosas que no viene al caso clasificar. Solo visité su depósito una vez, pero espero volver a hacerlo. Cada que puedo me acerco a saludarlo y a husmear entre los libros que expone en la feria. Cada que puedo, cada que quiero.

Ahora que lo pienso bien, he respetado el orden en que hago mi recorrido. Cruzo la pasarela que está sobre la avenida 6 de Marzo y colinda con el Teatro Andino, ingreso a “La riel” y me detengo antes de aquella iglesia emplazada por Sebastian Obermaier, saludo a Don Jorge y si me antojo me detengo frente a la iglesia, es decir, ante el puesto que cubre un sector del enrejado de la iglesia. Ahí como Pejerrey o Ispi “barato y bien servido, casero”. Retomo el camino y me acerco cada vez más a la avenida Ballivián, uno de los lugares donde comienza y termina la feria, la fer... ¿Puede acaso alguien decir dónde empieza y termina una feria?

Ciudad de El Alto, feria eterna. Ciudad que se extiende y se aleja de sí misma. 

Los megáfonos anuncian productos de medicina natural, cargadores y accesorios para teléfonos móviles, materiales escolares, herramientas a precios de desayuno popular y prendas íntimas accesibles para todo el público. Los megáfonos reproducen anuncios grabados que se repiten cíclicamente, semana tras semana, amenazando con el infinito, ese infinito que durará lo que dure la mercadería.

Frente a mí hay dos senderos, uno asfaltado y otro que no. Elijo el segundo. Encuentro a Don Willy. Me avisa que ya vendió el libro de Wittgenstein que le había encargado. Ahí está, lleva libros en su mochila pero no los muestra, solo deja ver los que están expuestos sobre un metro de plástico no tan transparente, salvado de ser funda para forrar cuadernos. Casi ya no le compro nada, pero sigo esperando que algún día se digne a llamar para decirme que encontró alguno de los libros de la lista que le dejé el año pasado. Supongo que no, que nunca lo hará; ya sabe que soy librero.

Nuevamente el camino se bifurca, tomo el que baja y, para cuando escribo esto, está siendo adoquinado. Estoy al borde de una ciudad que es solo precipicio. Aquí las cosas son baratísimas y a veces se encuentra libros interesantes. Paso por el puesto en que encontraré un billete de doscientos. La señora de rostro empolvado y quebradizo habla con su hija de rostro empolvado y quebradizo; ambas visten pantalón de tela, gorro y zapatillas deportivas. Sostengo Viaje a los mundos imaginarios, antología de cuentos realizada por Ernesto Sabato, decido llevármelo. Levanto un manual de bolsillo que lleva por título El marketing. No, no tengo la intención de comprarlo, pero me dirijo al índice, me dirijo a la página señalada por el índice, ¡y hallo a Franz Tamayo! Disimulando mi sorpresa, dirijo mi vista a los ojos de la comerciante que sigue conversando con su hija. No, no se ha dado cuenta. Pregunto por el precio de ambos y me dice que “a diez bolivianos cada uno”. Evalúo el coste de la pérdida en caso de que el billete sea falso. No es mucho, a lo sumo un almuerzo. Cínicamente, pido rebaja. Recibo una negativa tajante por respuesta. Pago con un billete de cien, es el billete de corte más chico que tengo. Podría darle  uno de doscientos, pero no es momento para abusar del humor negro, no lo es. Espero mi cambio. La hija es la que me hace el cobro, es ella la que deja el lugar para hacer cambiar el billete, para fraccionarlo. Guardo los libros en mi bolso, no pienso volver a hojearlos hasta no estar lejos de ahí. Recibo mi cambio. Agradezco y me voy. Agradezco y lamento la existencia de personas que no revisan lo que venden, que no saben lo que venden, y me voy.

Llego al puesto de Don Edgar. Llego al puesto de una de las pocas personas que leen parte de los libros que expone. Todos ellos están dentro de cajas de manzana chilena, cajas viejas que han sido reforzadas con cinta adhesiva una y otra vez. Muchos títulos que no se han ido, que llevan años acompañándolo. Entre tantos libros malos a veces se esconden los buenos. Aún recuerdo la vez que, ahí, hallé la primera edición de Felipe Delgado de Jaime Sáenz, la del 79. Vez que yo ofrecí el doble mientras el comprador le pedía rebaja; la vez que me miraron con odio y se llevaron el libro pagando lo pedido. Hoy solo tomo La encrucijada de Ovidio Urioste. Me despido de Don Edgar.

Dos señoras que visten pollera, pero no sombrero, se gritan, se remiten a un pasado comercial que desconozco, comparan su accionar y el de sus maridos; sus gritos opacan a la cumbia chicha que sale de no sé dónde. Hay señoras y señores que voltean, yo acelero el paso, prosigo, meto las manos en los bolsillos.

Paso de largo por los puestos que venden cajas de televisores, ropa, cestería, trofeos, cubiertos de bronce, teclados de computadora, cajas de CD, juguetes rotos y envases de metal, plástico y vidrio. Dejo a la montaña de libros amontonados como si fuesen piedras, la montaña que se va haciendo chica y desaparece. Dejo a la montaña que hoy no está, pues de ella solo quedan restos entremezclados entre las cajas de CD, juguetes rotos y envases de metal, plástico y vidrio. No sé cuándo, todavía, pero la encontraré, encontraré a la montaña y me llevaré  Rodolfo el descreído de David S. Villazón, Estancias de José Eduardo Guerra, la Primera antología poética de Gesta Bárbara y La pianola de Kurt Vonnegut, Jr.

Estoy por llegar a la avenida Ballivián, dejo aquel sector de la feria que se vaciará con la llegada del medio día. Doy un giro de trescientos cincuentinueve grados y piso nuevamente sobre las pocas ferrovías que todavía esperan la llegada de algún tren. Me detengo a tomar un jugo de naranja, pero es un rato nomás. Prosigo caminando sobre las vigas, intentando no pisar tierra o barro, dejando caer mis pies sobre estos viejos pedazos de hierro. A mi izquierda está una ciudad que no se precipita, está el tipo que fui hace unos minutos, disipándose de mi memoria, recorriendo ese trecho ya contado. Si miro a la derecha, si miro dos o tres metros abajo, están los muebles usados que buscan un nuevo hogar para confirmar su estado de vejez. Pie tras pie, camino con firmeza, apuro el paso y no me entretengo, dibujo un rostro poco amigable, lleno de desconfianza; aquí el que pasea es posible víctima de robo. Bajo adonde están los muebles, piso terreno asfaltado, estoy casi a la altura de la calle Jorge Carrasco y me detengo para meter mis manos en el puesto más grande de libros de la feria. Hay muchos libros en inglés y alemán. Hay muchos autores que no me interesan. Encuentro el Homenaje al IV Centenario de la Fundación de La Paz del Boletín de la Sociedad Geográfica de La Paz y lo separo. Reconozco que aquí encontré libros que llevaba tiempo buscando. El que no olvido data de hace dos años: la primera edición de El pez de oro de Gamaliel Churata, libro que con bastante dolor vendí a unos antropólogos chilenos, libro que no he leído, libro que debo leer. Encuentro a Doña Mónica y Don Carlos que todavía no saben mi nombre, que no lo sabrán hasta que, semanas después, pregunte yo por el suyo. 

Recibo un empujón, me repongo y, sin querer, doy otro. Gritos. Un par de ojos hacen contacto con los míos, otro par los rechaza. Miradas que se pierden detrás de mí entre sombreros, polleras, pantalones, paraguas, zapatillas y abarcas. 

Los carros de carga son empujados por personas vestidas de overol, se anuncia la llegada de alguien más. La mercadería, por orden del dueño, sale y entra del depósito. Los hijos de los comerciantes abren y cierran cajas y saquillos. Hay alguien atendiendo una consulta y alguien que no. Alguien agarra un producto en oferta, lo revisa de arriba abajo, y alguien más recibe un billete revisándolo también de arriba abajo. Alguien reorganiza su mercadería, hablando mal del que se ha ido, ese alguien en este lugar que, el próximo jueves o domingo, puede ya no ser suyo. La feria muta, se reorganiza. Es una feria que responde a un orden más allá del establecimiento de sectores para uno u otro producto. Esta es la feria que muta, que se organiza y reorganiza cada jueves y domingo.

Llego por fin donde Don Carlos, el puesto en que he encontrado muchos libros buenos y caros. Conversando con Freddy, colega y amigo librero, me enteré del método de compra de Don Carlos. Publica anuncios de compra de muebles en el periódico y, cuando hace la visita, se fija no en los muebles sino en los libros que termina comprando a precios de revista. Detrás de su puesto está su depósito, una cortina de metal que sube y baja cuando lo ve necesario. Por lo general Don Carlos no hace rebajas ni deja revisar en su depósito. Dentro, fijada en la pared, todavía se halla la lista de libros que le dejó un tal Max Tupa, y, ¡ay!, en la lista figura El pez de ro de Gamaliel Churata. La vez que le llevé unos libros, para negociar un trueque, me enteré de que además tiene una sala de proyección de videos en el “Barrio Chino”. Don Carlos entrevistaba a una señorita que quería trabajar allí. No, no podría decir que yo haya conversado con él, con Don Carlos. Máximo habremos intercambiado palabras en el caso de concretarse una transacción. Una vez le oí decir que, lo ha decidido, venderá libros hasta que se muera. Me parece raro que tales palabras salgan de alguien que no lee lo que tiene, pero sí sabe manejar un negocio; me parece raro, pero le creo. Media hora revisando entre libros que ya estuvieron en mis manos, que ya vi. Meto en mi bolso Cinco de Rodrigo Hasbún, La piedra imán de Jaime Sáenz, Corazón de perro de Mijail Bulgákov y Yo, Claudio de Robert Graves.

Hay alguien acercándose de un puesto a otro. No parece, pero es un acercamiento paulatino. No parece, pero es el mismo hombre, acercándose más, acercándose menos. Él mismo, con diferente rostro, con diferente nombre y apellido. Ese hombre recorre todos los puestos, a veces solo con la mirada, preguntando, callando. 

ÍLUSTRACIÓN VALENTINA VILASECA / DGR-UCB

Me detengo, nuevamente, en el puesto de unas señoras grotescamente gordas que tratan a sus clientes como a basura. Doy una mirada rápida. Son los mismos libros de siempre, llenos de polvo, haciéndose polvo. Supongo que renuevan una o dos veces al año. Una vez me llevé muchos libros buenos, sigo esperando a que tal cosa se repita.

Camino sobre adoquines calientes que queman la suela de los zapatos, sofocan mis pies. Veo tarimas de fierro y madera que se suceden, que están cubiertas por tela, lona, yute o plástico. Tarimas que me recuerdan mi infancia, a las veces que madrugué en jueves y domingo para sacar cajas de libros que pesaban mucho. Tarimas que no protegieron mis pies en tiempos de lluvia. Tarimas que han usado, que seguirán usando, mi padre y mi madre para vender textos universitarios y de colegio sobre la avenida Alfonso Ugarte de esta feria en la que hoy camino.

Prosigo.

Ahora estoy donde Don Jaime. Le pregunto su nombre mientras él me alcanza los libros que le voy pidiendo. Me cuenta que los sábados por la mañana hay feria de libros en Ciudad Satélite y me recuerda que el alcalde de la ciudad, Edgar Patana, es también librero y mantiene su puesto en la feria. Don Jaime me hace saber que las diferentes asociaciones de expositores de libros se han reunido con el alcalde, pero sin concretar resultados. Me informa que los feriantes de Satélite pertenecen a la asociación llamada Chasquis, misma que no lleva buenas relaciones con las otras tres asociaciones de El Alto: Tupac Katari, Rincón Cultural, Kollasuyo. Me repite que él y sus compañeros están abiertos a realizar trueques en Ciudad Satélite y reitera su invitación. Revisa los libros que le llevé para trocar. Me dice que apenas le interesa uno y cobra el monto finalmente acordado por los libros que me llevo: Diccionario humorístico de Jorge Síntes Pros (recopilador), Novelas escogidas de Frans Ëemil Sillanpää, Obras escogidas de Sully Prudhomme, El indio en la novela de América de Aída Cometta Manzoni y Discovering literature de Hans P. Guth y Gabriele L. Rico. 

Intento sumarme a una fila que va contra corriente. Avanzamos lentamente. Esperamos que pase el que viene en dirección contraria. Obviamente son más los que vienen que los que se van, pero en horas más ya no será así. 

Esta vez no pasaré cerca de los relojes detenidos que ya llevan cuarto de siglo embolsados, un cuarto de siglo enumerados con letra gótica, cartulina y marcador negro. No veré ganar a nadie jugando a la “Suerte sin blanca”. No escucharé un “¿Dónde está la bolita?”. No veré a los ganadores de siempre, a los cómplices del árbitro del juego y la fortuna. Tampoco controlaré mi peso ni escucharé las palabras cautivantes del pajpaku. Ya lo hice, fue hace años, ¿para qué arruinar esos recuerdos?

Llevo el bolso repleto y una bolsa de plástico negra. Mis cejas retienen al sudor que corre por mi frente. Paso un pedazo de papel higiénico sobre mi piel húmeda y me sueno la nariz con otro. Desciendo mientras hago uso de estas gradas. Reviso titulares de periódicos. Noto que, antes de llegar a la autopista, sobre estas gradas que conectan a la feria, pasaré por el lugar en que ya no está el joven que, vestido de negro, vendía libros impresos en papel bond y a pedido; el joven que, según la versión de un docente universitario, está en el penal de San Pedro por haber brindado información a la Policía sobre el probable paradero de los asesinos de Loui Oporto Almaraz: el estudiante de antropología que fue hallado enterrado en la habitación de la casa de “un amigo”.

Cruzo la pasarela. Estoy por tomar el vehículo que me llevará a La Paz. Está por cerrarse una puerta: la primera vez que visité la feria 16 de Julio y la vez que fui a la que llaman Sajra Qhatu en Alto Lima. Está también mi barrio y allí está Don Freddy, miércoles y sábados, llamando a casa, preguntando por mí, diciéndome que tiene novedades. En días más iré por primera vez a la feria de la que me habló Don Jaime. En horas más sonará mi teléfono y alguien me dirá que tiene un lote de libros y le creeré. Apuntaré la dirección de su casa e iré a su casa. Iré en lo que alguien abre y cierra párpados, da vuelta a la página.

Junio de 2013

           Este texto fue publicado en el libro  Hora Boliviana, de editorial El Cuervo, en 2015. 

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