VICIOS

Uno más uno. Lo dual y el matrimonio en el mundo aymara

Hasta los gusanos tienen pareja en el mundo aymara. Nada se entiende ni se respeta si no es de a dos. Pero invadidos por el mundo moderno, los jóvenes han comenzado a desafiar estas tradiciones ancestrales. ¿Hay que alarmarse?
domingo, 28 de abril de 2019 · 00:12

Sayuri Loza
Fotografías Satori Gigie

En la película Langosta (2015) del director griego Yorgos Lanthimos, se muestra un futuro ¿distópico? en el que los solteros no tienen cabida en la sociedad, por lo que quienes no pueden hallar pareja son recluidos y obligados a encontrar alguien de entre los demás reclusos. De no tener éxito, son convertidos en un animal a su elección.

Pensando en el modo en que los aymaras ven la idea de la pareja absolutamente en todo –lo vivo y lo no vivo, lo visible y lo invisible– existe una gran posibilidad de que esta sociedad se hubiera desarrollado y convertido, con poca dificultad, en la sociedad protagonista de la película Langosta.

El aymara no concibe una sociedad que no se dé en pareja y, en consecuencia, en familia. El universo para la mirada aymara es siempre dual: hombre–mujer, arriba–abajo, agua–tierra, etc. Y de manera muy similar a la visión asiática del ying yang, dibuja un cosmos en el que la totalidad de sus elementos ejerce una función mutuamente complementaria.

Hay un término específico para referirse al elemento que no tiene complemento, que se queda solo, como puede ocurrir con un zapato o con un guante: ch’ulla. No tiene un equivalente en el español porque para los aymaras, las personas son como las medias y los guantes: pierden su valor si no van en par.

Otro ejemplo ilustrativo es el término empleado para referirse al matrimonio.  Casarse es jaqichasiña, cuya traducción literal es “convertirse en una persona”. Una vez más, queda claro que para la visión aymara, quien no se ha casado no es todavía una persona, por lo que su opinión y participación se consideran inferiores a las de los casados, que sí son personas.

En la floreciente sociedad aymara urbana, el momento más importante de interacción y encuentro es la fiesta, principalmente la fiesta patronal. Por eso, cuando uno ve las invitaciones a los famosos prestes, los pasantes son siempre parejas de casados que posan muy bien vestidos para sus fotos, al pie de las cuales aparecen sus nombres: Señor Juan Pérez y Señora María Morales de Pérez. En todos los casos, la mujer usa con orgullo el apellido del esposo y sería muy mal visto que no lo hiciera.

Es muy popular la frase “laq'us paninipiniwa, janiw sapakiñapäkiti” (hasta los gusanos tienen pareja; no se debe estar solo). La idea de la pareja como base para un desarrollo exitoso es tomada directamente de la naturaleza, pues en ella existe reproducción a partir de la interacción.  Así, es considerado que los seres humanos también necesitan estar en pareja para triunfar tanto como especie, como dentro de la sociedad.

Esta visión prevalece desde tiempo inmemorial en la sociedad aymara urbana, cuyo crecimiento vertiginoso la ha hecho imponerse en espacio, estética y economía, generando una identidad tan fuerte que el resto de identidades se han hecho satelitales a ésta.

Empero, esta expansión, y en consecuencia la vinculación con el mundo globalizado, está poniendo en peligro la tradición. Y es que en los últimos años algunos aymaras más jóvenes están recogiendo las nuevas tendencias mundiales y, por primera vez en siglos, afirman sin miedo a la presión de su sociedad que no se casarán ni tendrán hijos.

Ahora bien, este discurso tendrá dos desenlaces: o el joven terminará negándolo y por diversas razones continuará con el legado de pareja; o –menos probablemente– mantendrá su visión a pesar de las circunstancias, con lo que estaríamos siendo testigos de la primera generación en romper de manera deliberada y planificada con la dualidad tan presente en sus padres y abuelos. Este hecho replantearía puntos sustanciales de su cosmovisión y en consecuencia generaría sin duda un bagaje estético, cultural y político interesante.

Aunque paulatinamente la realidad va cambiando, lo cierto es que la visión dual aymara permanece (aunque sea en el discurso) a pesar de su pugna frente a una mentalidad que cambia día con día y se enfrenta a las nuevas ideas de éxito: los solteros sin hijos que viven para viajar y gastar su dinero en placer. No hay que alarmarse. El futuro resolverá este conflicto. 
 

 

Confidencial

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