CRONIQUITA

NECROPSIA A 38 GRADOS

Llevaba menos de dos meses en el oficio y le tocó presenciar una necropsia a más de 38 grados en Cobija, en pleno cementerio.
domingo, 12 de mayo de 2019 · 00:14

Boris Miranda

Es de esas situaciones en las que sientes que el olor se te impregna en la piel y nada te lo quita, así salgas huyendo en una moto y te bañes con agua fría. Pero te lo aguantas porque es tu trabajo. Estaba en Pando, apenas unos días después del enfrentamiento a balazos entre campesinos que apoyaban al presidente  Evo Morales y los defensores del plan autonomista que desafiaban al gobierno.

Lo recuerdo como un bautizo a sangre y fuego, si es que eso existe. Sangre que permanecía en los pisos donde se produjo el choque y fuego disparado por los militares desde las nueve de la noche por el toque de queda.  Así aprendí a contar el país fuera de la plaza Murillo, con actores nunca antes considerados y que de repente protagonizaban un episodio que torcía el rumbo del país. 

Mis colegas no dieron un paso atrás. Fogueados en mil batallas, soportaban toda la situación con temple de acero. La misión es más importante que detallitos como los que a mí me impactaron aquella vez.

Llegamos, en ese intenso septiembre de 2008, en un avión Hércules y nos recibieron a balazos. El ruido de disparos provocó que yo buscase cubrirme tras los quintales de arroz y fideo que allí estaban mientras los fotoperiodistas cambiaban la lente de sus cámaras para estar listos. Esa era su arma y su escudo.

Dos semanas pasamos en Cobija, con toque de queda y la ciudad militarizada. Entre fiscales, policías, agentes del gobierno y otros personajes muy oscuros indagando sobre lo que había pasado, cruzábamos la frontera a Brasil, al igual que lo hacían sicarios y narcotraficantes, sin control alguno.

Hasta el singani lo comprábamos de manera clandestina, corriendo en medio de la noche al filo del toque de queda. Yo estaba asustado, pero mis amigos mayores habían pasado por situaciones cien veces más fuertes. Con 23 años, esa era para mí una experiencia mayor.

FOTO MARTIN ALIPAZ / EFE

Nace Página Siete

No debe existir, para un periodista,  honor tan lindo como fundar un medio.

En 2010 lo hicimos gracias a  Raúl Peñaranda, quien tuvo el enorme gesto de sumarme al equipo. Era un grupo de lujo (hoy lo es también) que soñaba con contar al país lo que todos sabían, pero de manera diferente e inteligente. Nunca olvidaré las amanecidas esperando el primer número que trabajamos durante  40 días sin descansos ni fines de semana. 

Página Siete ganó notoriedad casi desde el minuto de arranque, pese a que varios nos desahuciaron por las diferencias políticas e ideológicas. Debe ser el periódico más vilipendiado en los últimos 30 años, y estoy orgulloso de decir que allí nunca me censuraron o me tocaron un titular. 

Nunca lo conté, pero sé bien cuándo nos pusieron en la mira. El 26 de diciembre de 2010, el gobierno decretó una subida insensible del precio de los combustibles como nunca se había visto en la historia. Ese domingo yo estaba de turno en el periódico  y tocaba responder a aquel hecho informativo desde los afectados y no desde la política.

Mientras personajes como Samuel Doria Medina golpeaban  nuestras puertas para pronunciarse por lo sucedido, nosotros decidimos hablar con los “traidores”, con los que se habían sumado al carro de Evo  pero estaban indignados con la neoliberalísima acción.

Así fue como Página Siete se convirtió en el foro de los luchadores sociales que le dijeron al gobierno revolucionario que usaba una receta vieja del FMI y que traicionaba sus promesas. “Tal vez no sabemos a dónde queremos ir, pero sabemos a donde no queremos volver”, me dijo uno de ellos. La derrota del gasolinazo  provocó que Evo Morales volviera  de emergencia a La Paz desde Coroico, donde estaba festejando el año nuevo.

El episodio

2011 nació con ese enorme traspié del gobierno y siguió con el conflicto por la carretera que pretendía atravesar el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure TIPNIS.

Gracias al apoyo de mis editores y al director de ese entonces llegué hasta la zona de conflicto y acompañé a los pobladores hasta Trinidad, donde empezó la marcha. La más grande derrota del Movimiento Al Socialismo  nació el 15 de agosto de 2011, en la plaza principal de la capital del Beni. 

Las caminatas incandescentes sobre asfalto y tierra eran tan intensas que en lugar de beber del hielo que nos repartían colocábamos los cubos sobre nuestras cabezas para soportar el calor. Ahí estaban decenas de periodistas que relataron toda la travesía que empezó en agosto y recibió una bienvenida apoteósica el 20 de octubre de 2011 en La Paz.

En el medio sucedió la represión hacia los marchistas, inaceptable e imperdonable, coordinada por el ministro de Gobierno de aquel entonces, que intentó desarticular la protesta. Quiso llevar a los marchistas en aviones y buses de vuelta a sus comunidades. Tal vez no lo sabe, pero su  plan fue desarticulado cuando periodistas alertaron a los pobladores de Rurrenabaque para que cerraran la pista y evitaran que aviones militares aterrizaran para desarmar la marcha.

La marcha siguió y se dio el lujo de desfilar frente al palacio de Gobierno para decirle a Evo Morales que no querían carretera. Morales pidió disculpas como pocas veces. 

20 de octubre de 2011. Indígenas marchistas en defensa  del TIPNIS se instalan en la plaza Murillo, en La Paz.

Viajando

Son decenas de viajes los que hice desde entonces. Cada uno con sus particularidades. Cada uno con sus complejidades.

Ver a Obama en La Habana es uno de ellos, pero también presenciar el periplo insufrible de venezolanos buscando un futuro mejor. Pandilleros latinos sin más opciones en Nueva York y otros que encuentran más opciones en Ecuador. Gases lacrimógenos en Colombia y migrantes desesperanzados llegando a la frontera en Perú. 

El sufrimiento es un horrendo indicador común en América Latina. En las zonas olvidadas de Cuba, los barrios violentados de Caracas o los miles de latinos hundidos en el subtrabajo estadounidense. El periodismo me permitió conocer un poco de todo eso. Nunca intenté ni quise transmitir condescendencia sobre todo lo que me toca conocer. Uno puede fallar mil veces y puede volver a fallar, pero siempre mantiene el espíritu que busca que las injusticias no sean algo normal.
 

 

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