VICIOS

El beso. Las múltiples bocas del cuerpo. Y otras teorías sobre el arte de besar.

¿Cómo el beso dio lugar a que el cuerpo entero despertara otros placeres? ¿Puede el beso estar en peligro de extinción?
domingo, 19 de mayo de 2019 · 00:13

José Luis Harb

Desde cualquier ángulo,  enfoque o costumbre, el beso es sin duda uno de los mejores ejemplos de lo que es una síntesis. En sus formas resume casi todo: ternura, pasión, timidez, respeto, lujuria, poder, amor y desamor. Pero también textura, sabor, secreto, transminación, sonoridad, temperatura e incluso pánico; no en vano el beso nace en las delicadas fibras nerviosas y sensitivas de la punta de la boca y termina en el fondo de los pesados muebles del alma.

El área de la boca en el ser humano evolucionó rápidamente por las necesidades alimentarias y digestivas. Pero cuando éste logró una mayor sociabilización, despertaron otros apetitos y deseos; entonces, decidió oralizarlos. Su cerebro y sistema periférico ya eran capaces de concebir el símbolo y por tanto quiso hablar; sus glándulas y hormonas se especializaron y quiso amar; su piel se estremeció, y quiso sentir. El orden de sus placeres y linderos conjugó la fórmula: mientras más sapiens, más interés sobre sí mismo.

Ahora sabemos, desde la biología evolutiva, que la selección de la pareja reproductiva está íntimamente ligada a esta pulsión. El afecto y la conexión de los cuerpos, en tanto cuerpos, produjeron la necesidad de unir los labios, aprovechando el instinto succionador de mamíferos que dieron lugar a fantasear con este recurso. Los mensajeros químicos se encargaron de lo demás: sus feromonas dieron cuenta de esta conducta sólo atribuible al humano, generándole un placer inexpugnable por áreas y formas en el cuerpo del otro. Gracias a las bondades de su corteza cerebral,  lograron configurar su mapa erógeno y sentir la misma función de sus labios en otras partes del cuerpo “sin boca”. Así, sus pasiones se desbordaron y el “lugar” del beso adquirió sentido topológico. De este modo, el ser humano  trascendió su etapa veterinaria y fue capaz de usar sus goces y placeres más allá de la reproducción. Algo intenso se dirá desde la perspectiva freudiana. 

Pero la historia del beso no fue tan lineal y cómoda. De hecho, hay culturas que no lo practican . Se cree que un 10 % de las culturas vivas hoy en día no especulan con él, las tribus finnis comparten el baño, más no se besan, y los mongoles prohíben el beso en la línea parental ascendente o descendente, y en su lugar, prefieren olerse la cabeza. La gran mayoría de las culturas lo practican a su modo, sin embargo, las religiones –casi todas– aplicaron controles biopolíticos. Los dispositivos del control del cuerpo estigmatizaron al beso, lo clasificaron y le dieron valores: el beso puro, el patológico, el de judas y el de la muerte; el infiel, el social, el salvaje, el virtual, en fin. 

Actualmente, el departamento de neurofisiología de la Universidad de Pittsburgh, ha develado otras particularidades caprichosas del beso y sus áreas de compromiso. Los labios, particularmente el superior, son mucho más sensibles y especializados que la yema de los dedos. 34 músculos de la cara se comprometen al momento de besar. Y, desde terrenos odontológicos, en el boca a boca hay un intercambio importante de fluidos, material orgánico y bacterias. Otros sentidos dan cuenta de la acidez de un beso y de su alcalinidad, si es el caso. ¡No se asuste! 95% de éstas no entrañan mayor peligro, pues el organismo ya tomó cartas en el asunto: el sistema inmunológico se activa a través de la inmunoglobina. Los mismos estudios reportan que el Complejo Mayor de Histocompatibilidad (CMT) resulta ser el responsable biológico para la selección de nuestras parejas sexuales y en el beso éste fluye sin mayor complicación, como parte de la evolución progenética. 

Como preludio sexual, en promedio nuestra especie demora un minuto al besarse antes de que las descargas neuroquímicas nos lleven a la fase de excitación y plataforma orgásmica.  Algunas afirmaciones tienen  sentido, como aquella que dice que  el beso  es una forma de avanzar al próximo nivel sexual, así como da paso   al siguiente rango emocional. Podríamos decir también que el beso es central en tanto referencia para el neurótico; aleatorio y compensatorio para el histérico; y fragmentario para el psicótico. Existe también la filemafobia: individuos que tienen repulsa y fobia al beso, extraño e indeseable padecimiento.

¿Y qué hay desde el romanticismo y la literatura con relación al beso como sentimiento humano? A decir de Byron, el beso es una de las descripciones literarias más pobres y deficitarias: “Cómo no poder expresar toda su intensidad y magia en palabras precisas y certeras sin tener que recurrir al corazón, al desamor o la tristeza que solo le circundan y terminan confundiendo”. Será que el lenguaje usa el mismo órgano con el que se besa. Quizá los símbolos lingüísticos sean solo energía que se extingue antes de llegar al oído, que los ojos son insensibles para leer las cavidades del verbo. 

 El arte de unir los labios tirita, desfallece y peligra en medio de la ávida posmodernidad y la virtualización, sin que sus adictos hagan nada para defenderle.  El beso y su futuro divide a optimistas de pesimistas.  Unos afirman que los labios unidos jamás serán vencidos, por ser  el barómetro emocional. Otros sostienen que  la inteligencia artificial lo reemplazará. Mas, puede que nos dé succión, pero no humedad; quizá nos dé técnica, pero no sortilegio; quizá nos dé sensación, pero no pasión. El amor no puede (aun) prescidir del beso, y mientras haya cuerpo, habrá goce, y mientras la presencia sea nostalgia, habrá amor.  

El ser humano es un sujeto en tránsito, pero con destino definido. En su viaje, es incapaz de dejar de sublimar y fantasear. Se recreará asimismo por mutación, pero no por omisión. Me pongo del lado de los optimistas, auguro (aún) una larga vida para el beso.   

 

 

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