MIXTURA

Luz en la copa Cine con música en vivo

Alejandro Pereira ya sabe cómo será la siguiente exhibición de esta particular experiencia de cine con música en vivo. En un bosque lleno de árboles. Total, no hay “nada que perder”.
domingo, 19 de mayo de 2019 · 00:09

Camila Rocha Scardino

LUZ EN LA COPA, de Alejandro Pereira, es una película con música en vivo. Sólo pude verla en una de sus posibilidades que es pulsar play en una simple pantalla; así, sólo queda intuir cómo sería la experiencia completa de esta fantástica propuesta. 

La idea original de Luz en la Copa es que cada que se reproduce necesita un escenario lleno de músicos que la contenga y resignifique en la interacción improvisada entre la música y el filme. Este primer trabajo dio pie a varios otros de Pereira, donde se anima a salir de su zona de confort para entregarse a un flujo creativo como si se tratase de un campo magnético que lo invita a una “improvisación febril, desordenada y constante, y que además viene cargada de un pasado afectivo listo para arder”, dice Pereira.

La idea de montar una película con música en vivo viene del cine música que practicaron los pintores cineastas de mediados del siglo XX, y aquí se suman otras influencias para el propósito general de indeterminación en la obra, como ocurre en el haboku, “donde un hábil trazo hace aparecer de pronto un paisaje detrás de la niebla, sin dejar de ser un simple trazo de tinta”, describe Pereira. O como el manchismo del expresionista Jackson Pollock, que es música visual, o Stan Brakage, que construye partituras visuales de alto contenido melódico y rítmico sin sonar una sola nota. Todos ellos son sin duda influencias y fuentes de inspiración directas para Alejandro al imaginar Luz en la Copa.

“Imágenes semillas” apiladas durante muchos años en el universo personal del autor hicieron una amalgama que finalmente cobró la forma de un “espejo hecho trizas”. Luz en la Copa se grabó en tiempo récord y se montó con calma para mirar a detalle en ese reflejo fractal la posibilidad de ofrecer una obra abierta al juego de intervenciones que resignifican el filme y abren una y otra vez diversas lecturas y sensaciones en el espectador.

Una película de atmósferas. Cuatro historias atemporales. Un espectador que hace la tarea de coguionista. Actores que no son actores, que improvisan acciones y textos. Y tres voces que son el pilar de una película que nos ofrece el cielo, los árboles, montañas, ríos y el sol, con un tono de misterio, como si al mirarlos nos anunciaran que algo trágico o sobrenatural está por suceder. Otra voz muestra la ciudad en movimiento y las luces que se desvanecen o desdibujan en cada parpadeo; y mientras miramos eso, aparecen las imágenes en capas superpuestas de la memoria de quien mira todo desde otro tiempo; aquello termina de dar la sensación de estar dentro la cabeza de alguien más y hasta en la de uno mismo. Por último, una voz narrativa que cuenta historias inconclusas de personajes semificticios, que maneja diferentes tonos: uno cotidiano, y otro poético-teatral, que se opone al anterior y genera una interesante paradoja con el trabajo experimental sonoro en el montaje.  

Esta propuesta se puso en escena por primera vez junto a un solo de piano interpretado por el propio Alejandro que mira la película e interactúa con ella haciendo que la pieza cobre un tono de mayor melancolía y gravidez. La segunda vez, el Colectivo de Improvisación CDI de  La Paz  conoció la obra fílmica al momento de la presentación, proponiendo un giro dramático y visceral a la obra. Por último, en su presentación en Santa Cruz de la Sierra, el ensamble de guitarras de Harold Beizaga logró acercarse a los personajes y a sus emociones a través de la vibración de las cuerdas emitiendo asombrosos sonidos. 

Tuve la suerte de ver la grabación de cada una de las presentaciones, pero sólo alcancé a la experiencia incompleta de este maravilloso proyecto. Aun así, tendré por mucho tiempo en mi memoria las emociones en altos decibeles traducidas a imágenes de caótica hipnosis; fue  vivir la experiencia de estar dentro de una cabeza ajena que contempla los extraños paisajes de una vida que se fragmenta y desvanece.

El lugar que Alejandro desea y tiene ya en mente para la siguiente puesta en escena de Luz en la Copa es al aire libre, en un bosque lleno de árboles, donde varias pantallas reproduzcan fragmentos disociados de la película; donde los músicos estén distribuidos por todo el espacio, así como el público. “Eso provocaría una experiencia de mayor adrenalina que sólo dejar correr la película”. Luz en la Copa “no tiene nada que perder”, dice el autor, y pareciera que el intento de dirigir una obra hacia un fin determinado de pronto desaparece cuando se trabaja bajo esa idea. 

Quizá la idea de obra que queremos es lo único que en realidad somos capaces de hacer. Entonces, un espacio subterráneo, como un útero subconsciente, la gestará en la oscuridad, nos permitirá comunicarnos sólo a través de la intuición y ésta guiará nuestros pasos hacia el nacimiento de la obra. No hay nada que perder: hay una apuesta por una aventura sin horizonte definido. Confiemos en esta misteriosa fuente subterránea que nos llevará hacia la luz en la copa o a cualquier otro lugar que nuestro deseo sea capaz de fecundar.
 

 

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