ZONA TRANS / TESTIMONIO

Ellos tienen dos mamás

Mamá Oso llegó al hogar de Zu como el pilar necesario en un momento particularmente difícil, y juntas construyeron la mejor familia posible para sus hijos que ahora tienen dos mamás.
domingo, 26 de mayo de 2019 · 00:14

Zu Linares

Nunca olvidaré ese  19  de enero del controversial año 2000. Para muchos el cambio de siglo significaba el “fin del mundo”. Sin embargo, para mí, la aventura en este mundo estaba por comenzar. Carlos Adriano (Lito) nació ese día en el Hospital La Paz, en la populosa zona Garita de Lima. Yo tenía apenas 17 años y el título de “madre” cayó cual plomo sobre mi cabeza, cargado con todas las responsabilidades que aquello implicaba: los constantes desvelos con mi Lito en los brazos, el tener que despertar más temprano, el aprender a convivir con un ser humano que era completamente dependiente de mí; alimentarlo, bañarlo, adivinar lo que demandaba con cada llanto, cumplir con mis obligaciones en el hogar. Y, por supuesto, todo aquello en contraste con mis obligaciones en el colegio y mi bachillerato, que debía concluir sí o sí ese año. Mamá dijo que no podía retrasarme en los estudios, que debía hacer las cosas con más ahínco por él, por mi hijo.     

 Gael en brazos de mamá Oso. 

Así, gracias al apoyo de mi madre y mis hermanos logré culminar no sólo el colegio a tiempo, sino también obtener mi título como secretaria ejecutiva y paralelamente cursar mi carrera universitaria. Sin embargo, tres años después nuevamente estaba esperando a mi segundo hijo, Fabián Alberto, Betito. Su llegada trajo para mí un sinfín de nuevas experiencias, las más de ellas, muy tristes. Era un 11 de octubre de 2003. La Paz, conmocionada por la Guerra del Gas y la masacre de Octubre Negro, recibía a un pequeño héroe que enfrentaba su propia batalla. A un día de haber nacido, Betito entraba a su primera cirugía por una rara condición congénita conocida como Secuencia de Vacter (malformaciones congénitas internas a nivel vértebro anal cardio traqueo esofágico y renal). Los médicos dijeron que la prevalencia de este síndrome era de uno en  10.000 nacidos y que de cada diez bebés, sólo uno lograba sobrevivir. Que su esperanza de vida máxima era hasta los cuatro o cinco años de edad. Pero el mío vivió y vivió hasta los once. 

La mujer que llegó para abrir caminos 

Cuando ella llegó a nuestras vidas todo era cotidianamente caótico. Yo apenas salía de una desilusión amorosa, Lito estaba ocupando el papel y las responsabilidades de hermano mayor a sus cortos diez años, y Betito, pequeño y frágil como era, acababa de enfrentar su décimo cuarta cirugía a sus siete añitos. Qué habría hecho sin Lito, sin su apoyo y compromiso incondicionales, siempre al lado mío y de su hermano, siendo hombre y no niño.

El caso es que los días eran para nosotros nublados. El sol salía solamente cuando veía a mis dos niños jugar como si nada pasara y amarse de esa forma tan peculiar e intensa que sólo tienen los hermanos que comparten no solo el juego y la risa, sino, en este caso, el dolor, el llanto y la incertidumbre; siempre temiendo por la vida de Betito. Nuestra rutina transcurría entre el colegio, el hospital y la casa. 

 Lito y sus dos mamás. 

Pero cuando Pili o mamá Oso, como había sido bautizada por el pequeño Betito, llegó a nuestras vidas, todo cambió rotundamente. Para alguien como yo, que ya no creía en el amor, fue como un milagro. Ella trajo una nueva ilusión plena de ternura y motivación. Bastaba verla con toda su dedicación al lado de los chicos que de inmediato la reconocieron, además de madre, como amiga, para convencerme de que ella era la indicada y abrirle, hasta ese día, mi inerte corazón. Pilar era eso, nuestro pilar. Ella le regaló cuatro años más de vida a nuestro Betito; le enseñó a ser fuerte, lo sacó de la burbuja en la que yo lo tenía. Y con cada juego y broma le devolvió a Lito su niñez robada. Pili, con su rudo pero tierno y alegre carácter, nos regaló no sólo la esperanza y el coraje para seguir adelante, sino su vida misma. Con tantos problemas y responsabilidades, pensé que ella huiría de inmediato, pero se quedó. Nunca se fue. 

Aquel que un día partió, de alguna forma halló el camino de regreso a casa

El sol, cálido y luminoso, volvió a salir para nosotros. Pilar se convirtió en mi compañera, en mi novia y en el amor de mi vida. También se convirtió en una gran madre, sin serlo; perdón, corrijo, sin serlo “biológicamente”. Porque realmente nada le faltaba: ella los criaba, los mimaba, jugaba con ellos, les prodigaba alimento y cuidados; les dedicaba tiempo y cariño. Éramos una familia de cuatro como cualquier otra, con la única diferencia de que en vez de madre y padre éramos dos mamás. Éramos lo que se conoce como “hogar comaternal u homoparental” –¡ay los neologismos:  madres lesbianas, pues!–. Y esto no importaba pues lo que de verdad nos interesaba era que nuestros hijos fueran muy felices, mucho más que antes. 

  Mamá Oso es feliz con los besos de Lito. 

Pero la felicidad a veces se da la vuelta. El 24 de agosto de 2014 marcó nuestras vidas para siempre. Era una mañana inusualmente tranquila, el cielo estaba tan o mucho más azul y limpio que de costumbre y el sol, ¡ese sol! relucía vívidamente, resultado de una extraña fuerza a la vez hermosa y refulgente que helaba nuestra sangre. De esa forma tan contundente, el cielo abrió sus puertas para recibir a nuestro Betito. Nosotras no pudimos hacer nada para retenerlo, él ya se había cansado de luchar; la hemodiálisis de día por medio puso fin a sus últimos pero felices, muy felices días en esta tierra. Nuestro pequeño dio su último suspiro en el amoroso regazo de mamá Oso mientras ella dejaba rodar amargas lágrimas por sus mejillas y le repetía suplicante al oído que despertara para volver a casa y pasar la final de Tekken Tag. Éramos cuatro y quedamos sólo tres, compartiendo por cinco años un dolor crudo e inenarrable. 

Pero Betito volvió. Una mañana, hace ya nueve meses, entré a la cocina donde Pili preparaba cariñosamente el almuerzo y le dije: –¡Oso, creo que estoy embarazada!–. Y sí, por tercera vez estaba  a punto de iniciar una nueva aventura en esto de ser madre. Pero esta vez no estaba sola, mis miedos habían desaparecido y extrañamente ese dolor tan intenso por el duelo de mi hijo también, y no sólo en mí sino en las tres. 

Nos gusta pensar que nuestro Betito se conmovió tanto de vernos sufrir por su partida que decidió volver. Halló el camino de regreso a casa de una forma tan hermosa como inexplicable. Somos madres de nuevo y, ahora, quien llena nuestra vida de luz, amor, alegría y sobre todo esperanza se llama Gael Alberto. Escribo esto somnolienta, viendo a Pili arrullar a su bebé en brazos, tratando de calmar su llantito de wawa quechichi, como dice ella, en una de esas tantas madrugadas que pasamos las madres cuando tenemos a un recién nacido. Así lo veremos crecer hasta que sea un niño grande, fuerte y sano. Y un día Gael tomará de la mano a su hermano Lito para ir a la cancha a patear la pelota junto a Betito que cuidará de sus hermanos y de mamá y mamá desde el final del arcoíris, por siempre.             
 

 

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