EL MAnGO DE OZ

Esquinas y esquinitas

domingo, 05 de mayo de 2019 · 00:09

Óscar Martínez

Mi mamá  siempre me reprendió por comer en la calle. Cochino, me decía. Que yo prefería esas cosas mugrosas que lo que ella cocinaba. Luego ponía cara de pocas pulgas y me prohibía tajantemente acompañar a mi tío Freddy a la recova. Y yo comía en la calle, no tanto por goloso, aunque sí, admito que mi mamá solía cocinar lo que podía como podía y ya estábamos un poco cansados del arroz con huevo y plátano frito (luego me vine a enterar que si lo acompañas con un par de rodajas de tomate, se llama “plato cubano”, es decir, crisis pura).

Me gustaba acompañar a mi tío porque se conocía la recova y a las recoveras, obvio. Por las noches venía a mi cuarto y me convencía de ir a comer sándwiches de carne con chorrellana (con bastante quirquiña) y nos íbamos al mercado Rodríguez. En la esquina donde venden flores, en las noches, los tolditos azules de uno en uno iban prendiendo sus focos, y con la luz aparecían los taxistas con sus historias increíbles sobre la ciudad. Ahí donde hay taxistas, hay buen café y sándwiches, decía el tío Freddy, que igual iba por escuchar a los taxistas. Pero si me daban a escoger, yo iba donde la silpanchera que estaba al lado de la comisaría Chijini, que tenía celda unipersonal y todo. Más que por el silpancho, iba por su relleno de plátano (que quién sabe por qué le dicen postre) y si no, de papa. La mujer policía comía con nosotros y a veces pedían un platito para el preso que, igual, charlaba con nosotros pidiendo llajua a los gritos desde el fondo de su celda y a mí me daba un poco de morbo y curiosidad saber y pensar qué y cómo era un delincuente. 

Al lado de la comisaría de Chijini estaba la benemérita salteñería White Star, cuyo propietario era el club de fútbol de la primera A de La Paz, del mismo nombre. Los White Star, el equipo de mi barrio y segundo gran amor futbolístico de mi papá, como él decía –el primero era el Bolívar–. Pero los partidos White Star vs. Hiska Nacional en el Estadio Obrero eran la muerte, y uno iba de gusto porque si el partido era en la mañana, las salteñas para la barra eran gratis, y si era a mediodía, nos íbamos a devorar esos sándwiches de chorizos delgaditos que mi mamá decía que eran de perro. De ahí la costumbre de llamarles choricanes hasta el día de hoy.

Mi mamá odiaba la comida callejera, pero le daba pena la Santusa, que vendía sándwiches de carne molida y mixtos en la planta baja de la extinta Contraloría General de la República. Por eso cuando me veía con hambre, es decir, casi siempre, me mandaba a comprar dos sándwiches, uno para mí y otro para su amigo al que simplemente le decían el Valverde. Un tipo que se me antojaba igualito al profesor Jirafales. Buen tipo el Valverde, era el que me explicaba el concepto de comida para empleado público, chuflay y viernes de soltero: los mejores sándwiches de carne y/o mixtos son los que están al frente de la Cancillería; los choris del Merlan son mil veces mejores que los de tu equipucho; el chuflay es  primero hielo, luego limón, después San Pedro y ginger.

Una vez me dio nostalgia y fui a buscar los sándwiches de la Cancillería. La época de oro de la comida para empleados públicos habían pasado a la historia y apenas quedaba un snack atendido por una viejita que dice que ahora sólo le compraban los policías.

Fui a averiguar si quedaba algo de ese pasado. Los rellenos de papa ya no existían. Ni el conventillo donde estaba la comisaría de Policía, ni las salteñas White Star estaban en pie, sino en ruinas en pleno centro de la zona Gran Poder. Ya no había la chicharronera de la Gallardo esquina Max Paredes. Se había muerto hace años y ahora su hija vende pescado frito en la misma esquina.

De los sándwiches de carne y mixtos ya ni las sombras por la calle Colón. La viejita de cabello blanco que vendía silpanchos y chuletas en el estadio, igual, ya pasó a mejor vida. 

Sólo nos quedan las hamburguesas de la Colón e Indaburo que suelen tener filas de tres cuadras desde las siete de la noche hasta las diez, hora en la que ya no encuentras ni una papa. Dicen que su secreto para el éxito es su llajua llena de quirquiña y su mayonesa casera.

Pero de eso y de toda la comida de la calle de los viejitos (la Colón) da para hablar en una próxima oportunidad.
 

 

Confidencial

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