CRONIQUITA / ALARGUE

Tres lapos por Bolivia

La euforia fútbolera no es sólo alegría. Incluye afecto, sí, y también peleas. Y aunque se crea que no se vuelve a caer en esto, es inevitable. Así se vivió desde las previas hasta nuestra gran batalla del 94.
domingo, 16 de junio de 2019 · 00:13

Willy Camacho

Fue de repente, de sorpresa, como dicen por ahí, me madrugaron. Sentí el impacto en el rostro y, literalmente, vi estrellitas. Es que, a esa hora, y con mucho alcohol en la mente, uno queda aturdido con facilidad. Apenas atiné a levantar los puños, sin saber ni siquiera hacia quién, porque había unos tres tipos frente a mí. Yo veía borroso, el sopapo me había dejado el ojo izquierdo malogrado, lagrimeante, y para colmo, los tres tipos lucían igual, jeans y polera verde, de la selección boliviana para ser más específicos. Hasta llegué a dudar de mis sentidos y pensé que quizá estaba viendo triple. Y antes de que la pelea se desatara en serio, mi amigo Bismarck acudió al rescate, me tomó del brazo y me sacó de ese enredo, de aglomeración de gente que se golpeaba sin motivo.

Desde la acera del frente, casi por la puerta de Pollos Copacabana, ya más sereno, pude contemplar el caos: ahí, junto a la fuente del Prado, había una batalla campal, todos contra todos, o mejor dicho, amigos contra amigos, ya que todos eran del mismo equipo, todos lo éramos ese día, todos lucíamos casacas verdes y habíamos ido ese lugar para festejar la victoria de Bolivia contra Uruguay en las eliminatorias mundialistas del 93. Borracho aún, y viendo que Bolivia estaba en una pelea, no pude contener y grite: “Bo–bo–bo…”, pero no pude terminar porque Bismarck me puso un cable a tierra: “No sea huevón, esos te acaban de pegar, pelotudo”. Así es el cariño entre verdaderos amigos.

ILUSTRACIÓN FUJIKO URDININEA / DGR-UCB

Es que las borracheras grupales, masivas, tienen varios momentos: primero, la euforia colectiva, pero individual. Hay pequeños grupos, todos alegres, pero separados, grupitos de amigos festejando, y de rato en rato, arengas comunes (“Viva Bolivia, Bo–bo–bo”, etc.).  Luego, cuando los más prudentes se han ido y los grupos son menos numerosos, comienza a formarse un gran grupo, el de los más bullangueros. Ahí, nadie conoce el nombre del otro, pero son “hermanos”, hablan como si fuesen amigos de toda la vida, quien no conoce esta dinámica podría jurar que es toda una promoción de colegio que se ha reunido a festejar en la calle, pero la verdad es que son desconocidos ebrios en la fase del “yo te estimo”. Y claro, pese a tantas muestras de cariño, en cualquier momento salta una chispa y sálvese quien pueda. Y si a esa fogata se le añade gasolina, o alcohol metílico, que es el que venden las poncheras que lucran en estos festejos callejeros, la cosa estalla. Nadie conoce a nadie, de modo que todos golpean a todos.

Es inexplicable, pero cierto: la euforia futbolera suele terminar en pelea campal, así el festejo sea sólo entre hinchas del mismo equipo. No sé si este fenómeno se da en otros ámbitos, como el festejo de un partido político o de un equipo de wáter polo, digamos. Sólo sé que,  en general,  en los festejos paceños por las victorias de la selección, hace 26 años, la alegría comunitaria era como la cenicienta, desaparecía a la medianoche. Luego comenzaban los pleitos a diestra y siniestra.

El día del primer lapo, habíamos ganado a Uruguay 3–1, que pudo haber sido una goleada mayor, pero nuestros jugadores no supieron definir. Salimos del estadio con Bismarck y otros amigos, siguiendo al gentío rumbo al Prado, donde las poncheras ya habían armado una gigantesca cantina al aire libre. Todo transcurrió con la normalidad del caso, e incluso fue normal (cosa que en ese entonces yo no sabía) que el chatito que se decía mi hermano y había compartido muchos brindis con nosotros, y a quien habíamos conocido dos horas antes, se pusiera serio de repente, por algún comentario que hice (no recuerdo cuál), y me soltara el sopapo sorpresivo, quizá animado por otros dos “hermanos” con cara de buscapleitos que se habían unido al grupo unos minutos antes. Más bien Bismarck me sacó de ese lugar, porque no me hubiera gustado romper esa hermandad espontánea.

Con la lección aprendida, el siguiente partido, que fue victoria ajustada contra Ecuador, Bismarck y yo decidimos festejar en el Prado hasta la once y continuar en otro lugar menos peligroso. “No lo capan dos veces al toro”, me había dicho Bismarck en el estadio, a modo de establecer el operativo posterior: ponches en el Prado hasta antes de la medianoche, de ahí, roncito en la plaza Avaroa y, al amanecer, riñoncitos detrás de la UMSA. Nunca llegué a los riñones.

FOTO TOMADA DEL LIBRO “EL SALTO AL FUTURO”

Es que los planes y el alcohol no se llevan bien. Nos alejamos del Prado temprano y evitamos las grescas, pero, en mi mente, nosotros éramos excombatientes de las campales de la fuente, teníamos un currículum respetable para los mansos de la Avaroa, y actué en consecuencia. Obviamente, la gente de esa plaza no toleró las habladurías de un borrachín esmirriado (ni tampoco el Bismarck, que cansado de pedirme que nos fuéramos, se fue solo). Me quedé allí, con un grupo de hermanos que acababa de conocer, hasta que uno de ellos, cansado de mis “geniales” ocurrencias, me dijo en mal tono, con un cinismo digno de futbolista argentino: “Qué pasa’ps, chango, ¿borracho estás?”. Confiado en que mi pasado de campalero de El Prado me protegía, sin perder aplomo le respondí: “¡Yaaaaa! El burro hablando de orejas”. Como el cuatecito, además de estar ebrio, seguro era un tantito ignorante, no entendió el refrán y creyó que le estaba insultando. “Quién es burro, carajo, quién, a ver, quién, en mi cara dime, a ver dime, dimeeeee”; así me insistió el malcriado, tufeándome los aromas de la chorrellana de mediodía, cosa que no sólo me asqueó, sino que consiguió disipar mi buen ánimo, infundiéndome unas ganas irreprimibles de venganza, por lo que, igualito, encarándolo, bien cerquita, para que se asfixie con mi aliento a chorizo de la General, cumplí su petición: “Bu–rro, eres un buuuu–rro, ¿yastás happy?” Esos sándwiches de chorizo del estadio, los de la General específicamente, son armas mortales una vez digeridos, porque el tipito, convulsionándose por las arcadas que le provocó mi respuesta, se alejó corriendo para devolverle a la Madre Tierra lo que de ella había salido (las cebollas, claro). Y yo, cholo paceño, ufano por haber vencido el duelo de alitosis, inflé el pecho y, con la mirada, les comuniqué a los amigos del chango: “Y ahora, ¿quién es el papá?” Recién entonces descubrí que yo tenía poderes telepáticos, porque todititos me entendieron y no aceptaron la provocación, ni siquiera cuando intenté arreglar las cosas, “¡yaaaaa!, jodita era”, diciendo, “cómo se van a rayar así, ¿acaso no somos hermanos?”. Y el “no” sonó rotundo en mi mejilla. Fue un sopapo brutal, que desarmó mis aires de gallito, que me hizo comprender que yo no tenía espuelas para esa riña. 

Aun así, y ya al darme cuenta de que ya no había forma de contener a la turba, hice un último intento por salvar el pellejo: “Ya  ya ya ya yaaa, basta che, ya estuvo buena la broma,  mejor desaparezcan, si no, voy a tener que hacer una demostración de Jiu–itsu brasilero”. Y me puse, o supongo que lo hice, en una postura idéntica a la que Bruce Lee recurría antes de reventar a cuarenta chinos. Sin embargo, yo no contaba con que estos changos fuesen cinta negras–tercer dan en Tiku–du y Way–kean–do. 

Se puede decir que la saqué barata: unos raspones y moretones, y el orgullo quebrado. Eso sí, más todavía cuando, al otro día, mi amigo Bismarck me dijo: “¿Ves? Te dije que nos fuéramos y no me hiciste caso…”. Sí, él tenía razón, y para evitar nuevos sopapos o peores consecuencias, decidí no ir a otro festejo callejero, ni siquiera cuando nuestra selección finalmente obtuvo su pase al Mundial USA-94. Pero claro, era imposible no hacerlo tras el partido debut en esa copa. Jugamos contra Alemania, abrimos el telón futbolero y, si bien no ganamos, al menos vendimos cara la derrota.

Al principio, Bismarck dijo que no quería ir al festejo, pero lo convencí con su propio argumento: “No lo capan tres veces al toro… es decir, eso es imposible, porque sólo tiene dos testículos, ¿no?”. En resumen, acordamos alejarnos del Prado o Sopocachi, donde ya habíamos tenido malas experiencias, y nos fuimos con un grupo de amigos a Las Cholas, en la zona Sur. Cervezas van, cervezas vienen, hasta la medianoche y todo sin novedad. Ya no había tanta gente, e igual que en El Prado, se había formado un solo grupo, grande, bullanguero, de puro hermanos desconocidos que se juraban cariño constantemente.

De repente, quién sabe por qué, empezó una gresca. Dos “hermanos” comenzaron a darse con todo y así, en efecto dominó, cundió la belicosidad y la campal estalló en un santiamén. Bismarck me dijo “¡vámonos!”, y yo, en silencio, le hice caso. Apuramos el paso, caminamos rápido pero sin correr, para no parecer cobardes, además que mirábamos hacia el cielo, para que nadie sintiese que los estábamos mirando mal. Ya estábamos por salir del caos cuando escuché el nítido sonido de una cachetada bien puesta y vi pasar volando los lentes de mi amigo. Sin decirnos nada, supimos que lo mejor era seguir de largo y olvidarnos de los lentes. Así lo hicimos y pudimos tomar un taxi y alejarnos de esos festejos futboleros para siempre. “Me equivoqué, lo siento”, le dije al Bismarck. “¿Por qué?”, me preguntó él. “Porque parece que sí lo capan tres veces al toro” y ya no pude contener las carcajadas.

El enojo se le pasó unos días después, aunque hoy, luego de veinticinco años, cuando cuento esto, siempre en medio de un gruñido balbucea: “cojudo”.
 

 

 

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