CRONIQUITA / PRIMER TIEMPO

Volveremos

¿Por qué volvemos una y otra vez a este pasado? Nos sobran los motivos.
domingo, 16 de junio de 2019 · 00:15

Boris Miranda

Los excombatientes del 94

Describir nuestra guerra futbolera más importante comienza en el rostro pintado de un niño, en un hotel humilde, en los bigotes inolvidables del general, en los botines de 24 soldados, en los fusiles rojo, amarillo y verde de millones de hinchas bolivianos, en el grito de guerra frente a nuestros televisores y sobre todo en las historias de aquellos que lloraron, que se abrazaron, que soltaron disparates y también se dieron una paliza en medio de los festejos. Hablar del Mundial 94 y nuestra participación es hablar de lo que pasó antes, durante y después de los partidos. Es irnos al pasado y narrar como en sus momentos lo hicieron aquellos que gritaron  gol, pero sobre todo “Mi Bolivia, mi Bolivia”, sin importar el resultado.

Yo vengo de un tiempo en el que a Venezuela le marcábamos siete goles casi sin despeinarnos. Un tiempo en que era posible que Bolivia meta los tantos de la victoria sobre el final en lugar de recibirlos siempre. Vengo de una época en la que los flaquitos que jugaban de verde eran capaces de jugar sin complejos y derrotar a monstruos como Francescoli, Raí, Bebeto, Aguinaga, Sosa, Siboldi, Fonseca, Branco y tantos otros.

Yo vengo de un tiempo en el que cuando se mencionaba a la Selección Nacional, hablábamos en primera persona del plural. Porque así nos nacía. De un tiempo en el que recibíamos al equipo en el aeropuerto, incluso en las derrotas, y lo acompañábamos hasta ese hotel humilde e inolvidable que quedaba frente a la plaza de San Pedro. De una época en la que el Uruguay del Enzo necesitaba 15 minutos de adición y un árbitro deshonesto para ganarnos en el Centenario. Cuando el estadio se llenaba todos los domingos y los cantos eran una genuina expresión popular.

No es un invento, aunque ahora no me crean los apáticos quinceañeros que prefieren chatear desde sus celulares todo el día. Es triste, porque esta generación ni se debe imaginar algo parecido a lo que yo viví en mi niñez. Tal vez por eso son más felices siguiendo todas las novedades del Barcelona en Facebook. Y por eso se compran poleras de Messi, Cristiano Ronaldo o Neymar cuando antes nos peleábamos por quién jugaba de Etcheverry, Baldivieso o Erwin Sánchez.

No, no quiero que usted piense que me aferro a un pasado que definitivamente ya fue y está muy muy lejos. En otra galaxia. Escribo estas líneas con la misma alegría con la que he recordado aquellos inolvidables meses de 1993 en tantas otras oportunidades con amigos y familia. En un ejercicio sano y necesario de alegre nostalgia. En un café, en mitad de un viaje o en una tarde de cervezas.

Casi siempre es igual. Yo arranco con el cuento de la pérdida de mi entrada para el partido de Bolivia con Brasil, otro sigue con el recuerdo de su (inoportuna e interminable) primera comunión a minutos del pitazo inicial y alguien más aporta con la anécdota de su pesimista padre que abandonó el Siles después de que fallamos el penal y se perdió los minutos de felicidad más incalculables e indescriptibles que se pueden vivir en un estadio de fútbol. Al final todos rematamos rememorando hasta el número de la gradería en la que nos encontrábamos ese 25 de julio en el que le metimos dos goles a Taffarel sobre el final.

Ya he perdido la cuenta de las veces que nos ganaron así en todo este tiempo y no encuentro una sola vez en la que nos tocó festejar al cierre en los últimos 25 años. Siempre nos cayeron las pálidas en los minutos finales en estas dos décadas. No importa. No creo que ningún otro país le hay podido  ganar así a Brasil en la historia. Con drama, llanto y felicidad infinita.

No puedo recordar un equipo que deba dejar a Ramiro Castillo en el banco de suplentes porque al verde césped (Labruna dixit) saltaban Etcheverry, Melgar, Baldivieso y Erwin Sánchez. No encuentro un jugador con la estampa de José Milton. ¡Parece que hoy podría seguir jugando! No veo a nadie que despierte tanto cariño como el Loco Trucco o que ponga el sacrificio del capitán Borja y Vladi Soria. ¿Y me preguntan por qué volvemos una y otra vez al pasado? Me sobran los motivos.

Mi viejo me llevó a todos los partidos, después sacaba el carro y con toda la familia íbamos a meternos en embotellamientos infernales en el Prado para gritar con el resto del país que celebraba. Un rato después pasábamos por el Max Inn para conseguir autógrafos de los 24 héroes. Eran mucho más que jugadores. ¿Eduardo Abaroa, Simón Bolívar? Nada. Para los chicos nuestra referencia más cabal de patriotismo era el caño de Platiní a ese pobre uruguayo que todavía debe recordarlo. Ni qué decir de la corrida de  El Diablo para el primer gol a Brasil, que hoy aún creo que es una verdadera patriada.

¿Todavía usted no cree que tenemos el derecho y la urgencia de recordar aquellas jornadas? Bueno, sigamos. Después de la venganza del scratch en Recife, éramos cientos en el aeropuerto para recibir el equipo. “No pasa nada, no pasa nada. Muchachos los queremos en las buenas y en las malas”, cantábamos entusiastas. ¡Y nos habían metido seis goles! ¿Usted puede imaginar eso ahora? Usted que sabe bien que ahora es más certero y cómodo ser “realista” y “consciente”, que no son más que palabras para encubrir al pesimismo y la apatía. Es fácil resignarse, así nunca te decepcionas. Que feo debe ser vivir así. ¿Otra razón para siempre volver atrás? Bueno. La indignación por el robo en Montevideo fue una de las afirmaciones de dignidad, autoestima y amor propio más hermosas en una década en la que casi estaban prohibidas las utopías. “Nosotros también tenemos derecho a soñar”, dijo el vasco Azkargorta y todo el país lo creía junto a él. Todos soñábamos con el mundial. ¡Y hasta Fidel Castro se enganchó con la selección!

Es por eso que somos tantos los que disfrutamos con volver una y otra vez a aquellas jornadas. Porque todavía no creo posible que pueda haber tenido una infancia más feliz que la que me dieron mis viejos y mi Selección. Porque mientras recordamos, calladitos y tímidos,  mis amigos y yo soñamos con volverlo a vivir. Y tengo la absoluta certeza de que no somos los únicos que nos volvemos a ilusionar una y otra vez. Yo lo celebro y lo defiendo, no me importa que me digan ridículo y trasnochado. Seguimos. Reivindico recordar porque cada vez que rescatamos esos momentos volvemos a creer que es posible. 

Algún día volveremos a nuestro templo, a nuestro querido Siles, y Ramallo volará para siempre en palomita perfecta para marcar el primer gol. El 10 del equipo lanzará un globito que ridiculizará a toda Venezuela, que volverá a recibir siete goles, y Baldivieso festejará haciendo el avioncito. Volveremos a ver a Cristaldo frenando de una sola barrida a todos los cracks brasileños y Melgar sonreirá tranquilo, a la espera del instante preciso para clavar un pase que rompa con la geometría euclidiana y lo deje a Platiní sólo para perforar la red con un misil disparado con su pierna derecha. Y Trucco lo festejará con la hinchada en el alambrado. Y nos encontraremos otra vez en el Prado. Y volveremos a recibir al equipo en el aeropuerto. Así será algún día, no lo dudo. Veintiséis años no son nada para matarme la ilusión. Y cuarenta tampoco lo serán. No me lo perdonaría. ¡Volveremos!
 

 

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