CRÓNICA

El pecado de KATANAS

El Katanas había sobrevivido varias clausuras y operativos policiales. Nadie pensó que su final vendría de adentro, ni que alcanzaría esa magnitud. ¿Cuáles fueron sus pecados?
domingo, 02 de junio de 2019 · 00:15

Texto Sergio Mendoza Reyes
Fotos Página Siete

Estaba enamorado de una mina de allí que se llamaba Celeste. Yo iba todos los miércoles, jueves y viernes a verla… Era un ángel hecho persona ¡Qué mujer más bella!”, cuenta Miguel (nombre ficticio), un excliente del night club más famoso de La Paz, aquel que para muchos fue un referente de la noche paceña. “Era paraguaya. ¡Bella, huevón, bella!”.

Celeste tenía el cabello y los ojos claros. Se movía desnuda y su baile hipnotizaba en aquel escenario alfombrado, con un enorme espejo de fondo, atravesado por barras metálicas que la acariciaban. Por fuera, la casa había sido decorada con motivos egipcios. Una pirámide ocultaba el sol en su ocaso, hombres con el torso desnudo llevaban ofrendas y mujeres con los pechos al viento tocaban el arpa o la guitarra. La puerta principal estaba flanqueada por dos leones dorados y encima se erguía el rostro de una esfinge con tocado real, barba postiza y negras patas de león.

Si por fuera la decoración llamaba la atención, por dentro más aún. Cerca del ingreso, una figura espectral se asomaba hacia este mundo a través de un portal oscuro como la nada. Hombres con cabezas de halcón, cocodrilo, escarabajo y perro mantenían orgías con mujeres delgadas pintadas en la pared. En el techo del salón principal, donde Celeste bailaba junto a sus compañeras, Anubis lo veía todo. Tenía las fauces abiertas por encima de la inscripción con pintura colorada, como fuego vivo: Katanas. 

Miguel la miraba fascinado. Era viernes. La noche terminaba, ya era hora de cerrar cuando ella le ofreció que la acompañara a “su casa”, un boliche de remate ubicado en la Curva de Holguín, con más de 30 habitaciones. Celeste se puso el abrigo y ambos se marcharon en un radiotaxi.

En la “casa” de Celeste había un escenario de table dance, una barra para seguir bebiendo y habitaciones por las que se pagaba 100 dólares (mitad para el local, mitad para la chica). “Le dije que no tenía plata. ‘No importa, vos sólo pagá el cuarto’, me dijo. No me cobró un peso, no sé por qué”. Miguel salió de ahí antes del mediodía, “verga, verga, pero contento… y sin plata”, remata con su risa estruendosa.

Ni él, ni aquel otro que una vez consiguió un poco de cariño por caridad cuando sólo tenía dos bolivianos en el bolsillo, ni nadie que vio sus fantasías hacerse realidad tras esos muros pudo anticipar el destino del Katanas. Nadie sospechaba que los jefes del lugar, aquellos que  se movían como dioses en medio de esos ángeles, serían enviados a prisión y acusados de trata y tráfico.

El jefe supremo de aquel lugar vendió coches en su adolescencia. El segundo nombre lo heredó de su padre, un militar que en la época de la dictadura trabajó codo a codo con Luis García Meza. Marco Hernán Cámara Rodríguez conoció el negocio de los clubes nocturnos con la llegada de tres hermanos peruanos al país, quienes en la década de los 80 abrieron el night club La Gata, sobre la calle Sucre. “Era el 85 u 86 y el boliche era estrella en La Paz. No había a ese nivel. Marco empezó a andar con ellos y comenzó con el negocio”, cuenta alguien que lo conoció en su juventud.

“Marco era un mitómano y confabulador, de los que se inventan cosas”, añade. Por eso era difícil creerle la historia de que hace muchos años se fue a Brasil para trabajar junto a su amigo Walter Pabón Caba, un tipo de baja estatura y cabello claro, que a fines de los 90 fue un personaje en la lucha libre boliviana. En el vecino país –decía– habían encontrado un maletín repleto de dinero en medio de la basura. Retornaron a Bolivia forrados con esa plata y comenzaron a abrir sus primeros locales. Entre ellos, La Barra Americana, cerca de la plaza Uyuni,  también fue demolida, como una premonición. Hay quien dice que hubo otro club sobre la avenida Busch, donde los bailarines eran hombres y las clientas mujeres.

Ninguno duró mucho tiempo, al menos no tanto como el Katanas. Una vez demolida La Barra Americana, intentaron reabrir el boliche en la avenida Saavedra. Tenían todo listo pero nunca obtuvieron el permiso de la Alcaldía, así que no funcionó sino furtivamente. Pero a ese lugar alquilado al menos le llegó la fama cuando  se filmaron escenas de la película boliviana American Visa, con la actriz mexicana Kate del Castillo y un baile erótico frente a su paisano Demián Bichir.

Si con esos primeros proyectos no hubo mucha suerte, con el siguiente sí. Cámara compró el inmueble a principios del nuevo milenio en el remate de un banco y lo inscribió a nombre de su hija: Nohemí Cámara Manco. Al final del Puente de las Américas se acondicionó el Katanas y alrededor de él surgieron otros clubes nocturnos.

ilustración Laura Barahona / dgr-ucb

Hacía 2005, Nohemí, con 15 años, comenzó a trabajar en el club, detrás del mostrador donde se manejaban las cuentas. Estuvo allí por 12 años. Pero a diferencia de lo que dirían muchos de los asistentes, para ella no hubo cosas lindas. “Es poco lo rescatable que una puede tener de ese lugar. Pero cosas raras o feas o atroces, muchas”.

En el tiempo que estuvo tras el mostrador fue testigo de las ganancias que dejaba el negocio y la masiva concurrencia de clientes de todo tipo. Jóvenes en su primer contacto con la desnudez de una mujer, que apenas podían pagarse un trago, y hombres con los bolsillos llenos de billetes, con un buen cargo en la administración pública, rodeados de bailarinas. Y es que como diría Miguel: “¿Quién no ha llegado a Katanas? Es como la casa del jabonero, el que no cae, resbala, ¿entiendes?”.

En sus mejores noches, como en la tradicional fiesta de Compadres, el boliche rendía hasta 250.000 bolivianos. En noches como esas no había espacio para un alma más ahí dentro. “Sí –reconoce Nohemí– muchas de ellas estaban allí por propia voluntad; pero la mayoría había sido víctimas de engaños, sobre todo las extranjeras”.

Una mujer se mueve en la oscuridad

La única forma en la que un club nocturno del calibre del Katanas pudiera caer era que el ataque viniera desde adentro. Había sobrevivido a varias clausuras y operativos policiales, probablemente más por la influencia del dinero que por algún tipo de protección sobrenatural, como algunos especulaban.

A principios del 2016 ya se vislumbraba que algo no andaba bien en la familia Cámara. Acostado en su cama, con el rostro descompuesto y un pijama azul de lunares blancos, Marco denunciaba en enero su supuesto secuestro, del cual –decía– había salido de milagro. Sospechaba que detrás de ese plagio estaba su exesposa y su hija Nohemí, con quien hace tiempo ya había puesto distancia. Ellas –advertía– se traían algo entre manos.

En septiembre de ese año, saltó en la prensa la noticia de que la hija del dueño de Katanas denunciaba a su padre por trata y tráfico. Parecía el guión de una novela inverosímil. Nohemí, que entonces contaba 26 años, declaró que en el local donde trabajó como contadora se explotaba sexualmente a las mujeres. Que las extranjeras llegaron al país con engaños, con promesas de que en Bolivia serían modelos o bailarinas, a lo sumo damas de compañía, pero que la historia era otra. A su arribo en el aeropuerto o la terminal de buses las esperaban policías uniformados, los guardias personales de Marco Cámara –Jacinto Fernández Granados y Freddy Ayala Mamani– miembros del Batallón de Seguridad Física. Ellos las intimidaban, les quitaban sus documentos y las trasladaban a algún domicilio del cual no salían sino acompañadas.

Marco y sus cómplices captaban a las chicas –según Nohemí– en países como Paraguay, Brasil, Cuba o Venezuela, desde donde sus contactos les enviaban fotografías de las futuras víctimas. Después de recibir el visto bueno se les costeaba el viaje hasta Bolivia. Pero luego, al estilo de las peores mafias, les advertían que no les devolverían sus documentos hasta que pagasen los gastos del traslado, dinero que no sólo conseguirían bailando y luciendo su hermosa figura, sino acostándose con quienes tuvieran lo suficiente en el bolsillo. Pero antes debían pasar por las manos del dueño y de los administradores, y también hacerlo gratis con los amigos más cercanos al local, a quienes había que pagarles los favores.

El testimonio de una exbailarina respaldaba esta versión. La paraguaya Fátima Velásquez Galeano denunció que llegó con engaños a sus 18 años, que fue víctima de maltratos y violaciones. Pero mientras las denuncias contra Cámara y sus compinches crecían, también aparecían versiones de mujeres que aseguraban bailar en ese boliche porque así lo habían decidido, sin presiones, sin cadenas.

Muchas trabajadoras que cumplían su ciclo en un night club eran trasladadas a otro, propiedad de la misma empresa. Cámara, según las pericias policiales, también era propietario del César Palace (en la zona Sur de La Paz) y del Red Lips, en Santa Cruz. Al final, varias retornaban a sus países o se quedaban en Bolivia, donde incluso conseguían una pareja o formaban una familia. Había elementos como para creer que, después de todo, no estaban atrapadas contra su voluntad.

Quizá fue por ello que al principio no se tomaron en serio las denuncias de la hija de Cámara. Ella se quejaba. Había pedido audiencias en el Ministerio de Gobierno y la Alcaldía de La Paz con pocos o nulos resultados. Sólo cuando su rostro salió en los canales de televisión las autoridades se pronunciaron.

FOTO PIXABAY

“Lo único que quiero decir es que soy inocente. Nunca me he dedicado a la trata y tráfico, nunca he estado en nada malo. Creo que mi hijita está siendo manipulada y yo le pediría a ella que vaya donde su psiquiatra. Que le dé cinco minutitos, que le conteste a su psiquiatra. Yo estoy seguro que después de eso vamos a reír, como siempre lo ha hecho ella, como siempre que estuvo a mi lado, mi bebé”, decía un Cámara despeinado y transpirado desde una cama de hospital, cuando ya su vida se iba al bombo. “Te quiero mucho, hijita, aunque me des diez puñaladas o mil por detrás. Soy tu papá y siempre voy a aceptar, porque ese es el papel del papá, aceptar todo de los hijos: lo malo y lo bueno”.

Nohemí se mantuvo firme y repitió hasta el cansancio que ella no estaba loca. “Si esto fuera una mentira o fuera un show que yo estoy armando, las autoridades a las que yo he llegado no le darían la importancia debida y estas investigaciones no estarían avanzando”.

En eso tuvo razón, porque las investigaciones avanzaron. La mañana del 15 de septiembre de 2016 su padre fue aprehendido mientras se sostenía el corazón como advirtiendo un infarto y, agitado, aseguraba que esto era obra de los Córdoba. Junto a él caía uno de los administradores de su boliche, Gustavo Fernández Gutiérrez.

Los Córdoba eran siete hermanos. Algunos se involucraron en el negocio de los clubs nocturnos, convirtiéndose así en la competencia directa de Cámara, y en sus enemigos acérrimos. ¿Tuvieron alguna participación en la caída del Katanas? Tal vez, puesto que uno de ellos, Juan Carlos Córdova Santivañez, declaró contra Marco en el transcurso del proceso penal. Si bien el magnate de la noche paceña indicó que su hija había sido víctima de las influencias de este hombre, quien además había trabajado para él durante mucho tiempo, Nohemí lo negó todo. Allí quedó el asunto.

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Katanas fue por muchos años “el boliche”. Aunque probablemente buena parte de las mujeres trabajaron allí de forma voluntaria, las investigaciones echaron luz sobre la corrupción y delito que se escondía bajo la alfombra.

El 5 de octubre de 2012, el night club debía cerrarse porque se encontró a una adolescente de 17 años con identificación falsa. Se inició un proceso por trata contra Cámara, que no prosperó, y en la Alcaldía de La Paz se decidió no cerrar el local. En 2017, una joven declaró que había empezado a trabajar cuando tenía 16 años con la instrucción precisa de mentir sobre su edad.

Uno a uno cayeron. Primero fueron Marco Cámara y Gustavo Fernández, luego el amigo íntimo del dueño, Walter Pabón, reconocido por muchas chicas como otro administrador, conocedor por ende de todas las irregularidades. También les llegó el turno a los guardias personales del empresario, miembros de la Policía: Jacinto Fernández y Freddy Ayala. A todos los procesaron por trata, entre otros delitos.

En septiembre del 2016, cuando el caso explotó, Nohemí y su abogada  aseguraron que la cacería llegaría tarde o temprano a la Alcaldía y a Migración. Se supo que el boliche había operado durante ocho meses sin licencia de funcionamiento. Muchas de las mujeres que ahí trabajaban (no sólo bailando) no tenían el carnet de sanidad otorgado por la Gobernación. Se destapó que algunos funcionarios municipales tenían contacto directo con los administradores para avisarles con anticipación sobre los operativos que se realizarían, y lo mismo pasaba en Migración. 

Lo peor llegó cuando los fiscales dieron con el celular de un tal Víctor Hugo Chambi, trabajador del night club, que luego se esfumó. Allí encontraron conversaciones con Miguel Ángel Nina Cerda, chofer de la Alcaldía paceña.

— ¿Aló?, aló, Víctor, buen día hermano. No hay nada. Sí, normal atiendes hermano. No hay nada, todos están durmiendo,  ya acabaron los operativos –reportaba el conductor.

Tras irregularidades, delito e investigaciones bajo la alfombra, el lugar en que no cabía ni un cliente más, quedó solo en escombros.

— Ya hermano. Te agradezco mucho Miky. Chau, chau –confirmaba Chambi, y la fiesta continuaba como si nada, con la piel de las bailarinas destellando luces de colores. 

Con el transcurso del tiempo se descubriría que otro servidor municipal de mayor jerarquía –quien trabajó hasta el 2015 en la Dirección de Seguridad Ciudadana– también mantenía conversaciones telefónicas con el administrador del Katanas. Jaime Mendoza Cabrera, de quien la Alcaldía negaba que fuese funcionario vigente, fue aprehendido y enviado a prisión. 

Los investigadores escarbaron los registros de cuentas del boliche, donde encontraron registros por “concepto de pago para tíos del GMLP”. Esto fue después de que las autoridades ediles acusaran a Barriga y Nohemí de verter denuncias temerarias e irresponsables. Luego se supo más: un testigo declaró que avisar a los dueños de los boliches antes de los operativos realizados por la Alcaldía no era un favor exclusivo para Katanas, y que Mendoza no era el único que sabía y había participado en estos asuntos. 

Hasta aquí sumaban sólo siete detenidos, aunque pronto llegaría el octavo.

Fue gracias al celular de Chambi que la Fiscalía llegó al jefe de la Unidad Policial de Apoyo y Control Migratorio (Upacom), Freddy Beyer Gómez. De acuerdo a la investigación, este funcionario policial también alertaba sobre los operativos con el tiempo suficiente para dejar a las muchachas indocumentadas en casa o meterlas en uno de los compartimentos secretos que, como rezaba la leyenda, sí existían en Katanas.

“Una vez estaba ahí y llegó Migración. Cámaras de televisión. Yo en la barra sentado con mi cuate. Entraron los de seguridad, me di la vuelta y ya no había minas, huevón. No había minas. Las habrán escondido, no sé. Nos pidieron carnets y nos dijeron que desalojemos. Estimo que muchas de las chicas no tenían sus documentos para trabajar, por eso las ocultaban. Dicen que tenían cuartos escondidos allá arriba, no lo sé”, explica Miguel, ahora frente al segundo tarro de cerveza.

ilustración Fujiko Urdininea / dgr-ucb

Escondites

Con los vigilantes del Katanas en jaque por la investigación policial, las autoridades no tuvieron problemas para ingresar al local y encontrar esos diminutos cubículos en los que supuestamente escondían a las mujeres. Había por lo menos cuatro de estas guaridas ocultas tras tablas de venesta forradas con tapiz. También encontraron documentos personales, de sobornos repartidos, colillas de cigarro, vasos medio llenos, manillas plateadas que las chicas acumulaban en los brazos por cada trago que su cliente bebía. 

La figura espectral seguía cerca al ingreso: una mujer cuyo torso desnudo salía de un portal con fondo oscuro, oscuridad impregnada en su piel blanquecina y hundida en el fondo de sus ojos. Tenía la diestra en una posición que bien podía ser de bendición o saludo; en la zurda sostenía una calavera de sonrisa torcida con la mirada hueca clavada en la puerta principal.

Marco la tenía desde La Barra Americana. Le llevaba flores, le invitaba trago. Nohemí la recuerda como una Pomba Gira, el espíritu de alguna hechicera o mujer poderosa ligada siempre a la vida marginal, a la lujuria, al alcohol, al exceso, pero también a la iluminación. “Él creía mucho en eso, en la magia, en lo sobrenatural”, comenta uno de los que lo conoció.

Cuando la gente se marchaba y era el momento de hacer las cuentas, la limpieza, o de beber un poco más, la Pomba Gira bajaba de su portal y recorría los pasillos vacíos. “Esa mujer caminaba en el local, se la veía cuando se apagaba la luz, por la parte de atrás. Tenía un vestido negro, pelo largo y la verdad era el terror de todos los que trabajaban adentro”.

En el limbo

A fines de septiembre del 2016, después de que se destapó el escándalo, los funcionarios ediles y del Gobierno aplicaron mano dura contra los lenocinios, al menos hasta que se olvidara el asunto. Fue así que cayó La Diosa, un night club propiedad de los hermanos Córdova que tampoco tenía licencia de funcionamiento, ubicado frente al Katanas,

Los operativos se trasladaron a locales de poca monta, como los de la calle Figueroa. Fue cuando las organizaciones de trabajadoras sexuales salieron a las calles en protesta: no permitirían que miles de compañeras se quedaran sin su fuente laboral.

La situación era absurda. La ley no se oponía a que ellas se ganaran la vida como quisieran. Es más, estaban obligadas a someterse a controles médicos periódicos y la Gobernación debía avalar su estado de salud con un carnet de sanidad. Pero ninguna norma –ni local ni nacional– reconocía el funcionamiento de lenocinios, table dance o cualquier otro centro donde ellas pudieran trabajar.

Y es que hasta hace poco el Código Penal consideraba como delito que alguien “mantenga una casa de prostitución o lugar destinado a encuentros con fines lascivos”. ¿Cómo podía alguien otorgar licencias para algo considerado delito? En pocas: el trabajo sexual era legal, pero no el administrar un ambiente donde se lo practique. Es por ello que los clubs donde se ofrecían servicios sexuales funcionaban con licencias de wiskerías (autorizadas para la venta de alcohol) o con ninguna.

El marco jurídico cambió en 2012 con la Ley contra la Trata y Tráfico de Personas que modificó el Código Penal para sancionar a quien mantuviera un establecimiento “donde se promueva la explotación sexual y/o violencia sexual comercial”, términos muy distintos a “prostitución” o “encuentros con fines lascivos”, que fueron apartados de la norma. Se puso la mira en la prohibición del proxenetismo, entendiéndolo como la obtención de beneficios a partir de los servicios sexuales de una víctima que no da su consentimiento o es incapaz de darlo, como es el caso de una menor de edad.

El limbo jurídico previo a 2012, sumado a tabúes y prejuicios, fue perfecto para el surgimiento de mafias, proxenetas y servidores públicos corruptos, que se sintieron cómodos con la clandestinidad de los night clubs. 

Los proyectos de ley llegaron tras el escándalo de septiembre del 2016. Y fueron impulsados por la OTN–B (Organización de Trabajadoras Nocturnas de Bolivia) y por Omespro  (Organización de Mujeres en Estado de Prostitución), sectores que coinciden en que el trabajo sexual debe ser regulado, pero difieren en el cómo.

El Concejo Municipal de La Paz se inclinó por la propuesta de Omespro  para elaborar una ley con alcance municipal, mientras que la OTN–B espera que su proyecto salte directo a la categoría de “nacional” al ser debatido en la Cámara de Diputados.

  Cerca al día de su aprehensión, Marco Cámara  decía estar enfermo, mostrándose adolorido y negando   las acusaciones de  su hija.

“La maldición del Katanas”

Fiestas orgásmicas, hombres gastando en compañía y alcohol, mujeres brillando en el escenario. Así era “el boliche” que generaba miles de bolivianos en una noche. ¿Una gallina de huevos de oro por la que alguien podría traicionar a su propio padre? De eso acusaron a la denunciante: de querer adueñarse del local que, por otro lado, ya estaba a su nombre desde que su padre lo había comprado. Nohemí afirmó que había sacado un préstamo bancario y devuelto a su padre más del dinero que él pagó.

“Tal vez ahora no lo entiendas, pero en algún momento vas a entender que también por el amor que te tengo a ti es que te estoy sacando de este lugar. Yo en ningún momento quiero adueñarme de Katanas. Vas a ver que si se llegan a esclarecer todas estas denuncias, ese lugar va a ser demolido. Nunca más va a volver a ser Katanas”, le dijo Nohemí a su padre a través de las cámaras de televisión.

Él respondió con voz ahogada, incrédula, su pecho agitado, bañado de lágrimas y sudor, en una cama de hospital donde llegó porque se había descompuesto: “Tantos años de trabajo ¡Mi sudor, mis lágrimas!… Ella no podría hacer eso”.

Casi diez días después, la oscuridad que se mantuvo por tantos años se vio interrumpida cuando un grupo de obreros encaramados en el techo arrancaron una a una las calaminas metálicas, desnudando aquella casa. Decenas se formaron con sus celulares en alto para registrar el momento en que una pala mecánica destrozaba los muros, las pinturas eróticas, los espejos, la cabeza de la esfinge y la figura de aquella mujer blanquecina que nada pudo hacer para proteger su última morada.

¡Se desató “la maldición del Katanas”! Aquel fin de año golearon a la Selección boliviana, no hubo doble aguinaldo, se canceló un concierto esperado y La Paz sufrió una de sus peores sequías que dejó a un centenar de barrios sin agua. Algún desconocido colgó un rozón negro entre los escombros  en señal de luto y en las farras varios otros pidieron por un minuto de silencio por la irreparable pérdida.

Tal vez “el pecado” del Katanas fue ampararse en la clandestinidad como tantos otros boliches, generando corrupción y abusos ante la ausencia de normas claras. Puede que una ley más robusta mejore la situación, pero mientras haya funcionarios dispuestos a incumplir su deber a cambio de unos pesos, los abusos seguirán existiendo, me recuerda Nohemí en la sala de su abogada. Yo sólo miro al vacío. 

Le pregunto qué pasa por su cabeza ante la posibilidad de que a raíz de su denuncia su padre sea condenado a 20 años de prisión por trata y tráfico y organización criminal.

— Ese será un dolor que llevaré siempre en mi corazón.

Esta es una versión editada y resumida del texto original publicado en el libro Prontuario, de Página Siete y Editorial 3600, publicado en agosto de 2018.

 

 

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