MÚSICA

La música perfecta

Si el aspirante a ídolo no canta bien, se lo hace cantar bien; si no entra a tiempo, se lo hace entrar; si desafina, lo afinamos. Total, lo que importa es que sea guapo y se mueva en el escenario.
domingo, 02 de junio de 2019 · 00:12

Sergio Antezana

     
Cada tanto veo a algún músico en redes sociales, especialmente rockeros, que se queja de la música electrónica porque es “pura tecnología”, o comentarios de ese tipo. Quizás ellos hayan olvidado que toda la música actual le debe mucho a la tecnología y que sería imposible tocar como Van Halen o Petrucci  sin magnetismo aplicado a la guitarra eléctrica, sin amplificadores o sin pedales. En fin, a veces olvidamos que podemos grabar música y reproducirla gracias al desarrollo tecnológico. Quizá la polémica no debiera girar en torno a la tecnología como tal, sino a su uso como sustituto del talento humano, como sucede en la electrónica, y también en el rock y el pop. 

El siglo XX

Si bien el micrófono se inventó en el siglo XIX, su costo y calidad impedían que fuese utilizado masivamente hasta los años 20 en que la música y la radio ya habían desarrollado un mercado interesante en el hemisferio norte. El propio Tony Bennett cuenta que, cuando él era pequeño, el teatro al que iba con su familia no tenía  sistema de sonido. Los cantantes tenían que tener mucha técnica y mucha potencia para poder cantar por encima de una sinfónica o de una orquesta de vientos. Una voz como la de Sinatra hubiera sido impensable sin un micrófono que le permitiera cantar suave y ser escuchado por encima de la batería o la orquesta. El micrófono es sin duda uno de los primeros desarrollos tecnológicos que determinaron cambios importantes para la música moderna, y eso sin necesidad de ir siglos atrás y analizar la construcción y afinación de los instrumentos, por ejemplo.

Gradualmente, la tecnología fue aportando nuevas maneras de hacer música: guitarras eléctricas, sintetizadores, grabaciones multipista que permitieran generar música mucho más complicada que la que podía ejecutar un grupo de músicos en vivo, etc. Discos como el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band o el Dark Side of the Moon serían imposibles sin los avances tecnológicos de su tiempo, lo mismo que la música de Depeche Mode o Pet Shop Boys. 

En todos estos casos, la tecnología servía como herramienta para el desarrollo creativo del artista. Todo el mundo buscaba el nuevo pedal, el nuevo efecto o la nueva consola que pudiera dar un sonido particular a su música. Algunos músicos nacionales que conocieron los estudios analógicos del país cuentan que debían coordinar el movimiento de palancas de volumen entre varios para poder obtener la mezcla que deseaban, porque no existían consolas digitales ni software como el que hoy en día cualquier adolescente puede utilizar para hacer música en su casa.

El siglo XXI

La industria musical se caracteriza por buscar fórmulas que permitan masificar un estilo musical o un ritmo. Cuando esta industria  encontró a Elvis comprendió que se había creado un nuevo paradigma: el ídolo adolescente. Desde entonces no ha cambiado demasiado la fórmula para comercializar un nuevo modelo de ese viejo producto. Deben ser bonitos, rebeldes, pero no tanto, y deben bailar bien. El esquema continúa: Maluma o Justin Timberlake no están lejos de aquella fórmula. Lo que sí viene sucediendo desde finales del siglo XX es que cada vez más el talento se viene reemplazando por tecnología. Si el aspirante a ídolo no canta bien, se lo hace cantar bien; si no entra a tiempo, se lo hace entrar; si desafina, lo afinamos. Total, lo que importa es que se vea bonito o bonita y se pueda mover bien en el escenario.

La primera herramienta que se me ocurre que no complementa el talento musical sino que lo sustituye, es el software que se diseñó para afinar cantantes. Se lo conoce como AutoTune porque fue el primero de su tipo. Hoy en día hay muchas versiones de ese concepto. Fue creado por Andy Hildebrand, un geofísico que patentó un método para analizar ondas sísmicas y abaratar la búsqueda de depósitos subterráneos de petróleo. Una vez retirado, buscó más aplicaciones para su método y así encontró que se podía afinar una voz a la perfección con los mismos principios que había aplicado anteriormente.

El AutoTune fue usado inicialmente por Cher en su tema Believe en 1998. Se utilizó buscando generar fuertes cambios en su tono para darle un toque robótico. Cher es una cantante de primera, que ya llevaba tres décadas de discos bien cantados, por lo que su uso fue más bien estético. Pero los estudios notaron que si podían afinar la voz de una persona, ya no era necesario que esa persona cantara perfectamente. Esto abría dos puertas: buscar gente que no tuviera talento pero fuera muy buena moza; y ahorrar tiempo en estudio, pues ya no eran necesarias muchas tomas de una canción hasta tener la toma perfecta; bastaba tener un par aceptable y luego los ingenieros de sonido hacían “su parte”. Me pregunto: ¿Paranoid, de Black Sabbath, sonaría igual si Ozzy estuviera afinado? No es que esté totalmente desafinado, pero queda claro que su interpretación es producto de la energía de la banda y no de la búsqueda de perfección estética. La música es eso: energía. 

Hoy en día, prácticamente el 100% de la música se hace de esta manera y nuestro oído se ha acostumbrado a un sonido perfecto que no es totalmente humano y que además no acompaña la expresión musical. Es como si la industria cinematográfica contratara actores bonitos en lugar de buenos actores porque cuenta con software para moverles la expresión hasta hacerlos actuar bien. Bueno, mejor no doy ideas. Lo complejo del abuso de la tecnología en la industria musical es que se usa para suplantar el talento humano y subir a un títere al escenario. Ahí es donde la música pierde. Gracias a Santa Cecilia o a Baco siguen existiendo artistas que se rehúsan a que la tecnología haga su trabajo y producen música con base en sus emociones, en la energía que producen los músicos… esa cosita abstracta que hace que uno se pare en la calle y eche un lagrimón ante un La menor bien puesto, ante el sonido de un bandoneón, de una quena tocada con alma, de esas pequeñas cosas que hacen vibrar las fibras justas.  

 

 

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