PATIPERRO

La Paz desde otros sentidos

Haga usted la prueba: cierre los ojos y salga a caminar por las calles de La Paz. Pero si antes necesita leer para creer, bienvenido, pase.
domingo, 02 de junio de 2019 · 00:09

Richard Mateos Burlando Fronteras

De buena mañana salgo a caminar con Mali (perra guía) por los alrededores de la plaza  Sucre, o  San Pedro, que es como la conoce la gente. El sol que se cuela por la ventana del cuarto en el que me alojo me invita a que salga, pues hace buen clima, pero al mismo tiempo una suave y gélida brisa avisa que se acerca el invierno.

La plaza y sus alrededores bulle de vida: hay palomas que revolotean, supongo que atraídas por el pan que ofrecen cada pocos metros las caseritas; pan que a su vez también atrae a Mali que, por muy entrenada que esté, también tiene tentaciones –no sólo de carne vive el perro- y tengo que tensar la correa porque ella no entiende del derecho de propiedad privada y quiero evitar que se distraiga.

Pregunto a un señor cómo llegar a la avenida 20 de Octubre, pues quiero ir hacia la Plaza Abaroa, pero segundos después siento ganas de tomar café y el señor amablemente me conduce hasta La Oriental. De camino al café suena el reloj de la campana de la iglesia, pero su sonido queda ensordecido por el intenso ruido del tráfico. Huele a llauchas y a salteñas, a gas y a gasolina de vehículos que runrunean, chirrían y bocinean como lanzando maldiciones.

Dentro del café, las tazas y las cucharillas tintinean y un señor chasquea su encendedor para prenderse un cigarro. Estamos en el sector de fumadores, me aclara. El humo se deja sentir mientras que el aire es rasgueado por las hojas de un periódico que lee el mismo señor que fuma y que está situado en la mesa de mi derecha; las hojas de los periódicos cuando rasgan el aire suenan gruesas, como pavoneándose porque portan noticias hoy, pero sabiendo que mañana no rasgarán el aire, pues serán noticia olvidada.

El señor lee mientras la televisión del café nos bombardea anunciándonos aparatejos quema grasa y chicos y chicas tratan de convencer a los televidentes de que una figura esbelta está al alcance de cualquiera.

Salgo del café, me dirijo hacia la 20 de Octubre y el firme de la acera cambia bruscamente, ya que abandonamos las inmediaciones del Instituto Boliviano de la Ceguera. Ya no hay camino del ciego, ni semáforos sonoros, ni aceras anchas con baldosas con líneas que sirven de guía: entramos en el camino del sálvese quien pueda, con coches aparcados encima de aceras llenas de agujeros, con construcciones inacabadas, surtidores de gasolina, calles sin semáforos y con pasos de cebra ahora sí y ahora no y, por supuesto, sin las famosas cebritas.

En la plaza Abaroa ladran varios perros, se oye el abrir y cerrar de las portezuelas de los minibuses y también se escuchan los tacos de las mujeres que corren mientras hacen equilibrio en esas aceras rotas. Los cafés emiten música globalizada (en inglés) que se mezcla con la cumbia villera que emiten locales que ofrecen comida chatarra. 

De regreso a San Pedro la brisa es más gélida, pues cae la tarde y el sol se esconde. Se oyen risas de niños que salen de la escuela, siguen las palomas, el pan, las caseritas, el olor del gas y la gasolina, las maldiciones de las bocinas. Subimos por la Illampu y como nos desorientamos le pregunto a una caserita cómo hago para llegar a la calle Colombia, pero una voz tronante me regaña: ¡Era que se haga acompañar! ¡Peligroso es que salga solo!

Cae la noche, el tráfico se apaga y el reloj de la iglesia suena dominante, recordando que en otro tiempo era él quien marcaba el ritmo de la vida.
 

 

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