RETRATO

Del Jechu

domingo, 23 de junio de 2019 · 00:13

Óscar García Fotografía de Ariel Terán

  Cierto día de noche, Jesús Durán, munido de una guitarra y en el medio de la plaza de Sucre, rodeado de músicos y de músicas, de seres bebidos demás y de seres venidos a menos, cantó cerca de sesenta cuecas chuquisaqueñas sin parar. Las gentes coreaban, va una, van dos, van tres, así hasta la cincuenta y ocho. Momento en el que paró de cantar, no porque no sabía más, sino porque le dio sed y cuando le daba sed no había por qué aguantar. Después, decía sin vacilar, uno se muere y qué. De cualquier cosa. Puede caerte una maceta en la cabeza, puede caerte un albañil el rato menos pensado. Te puedes atragantar con una espina de dorado y nadie te ayuda. Cualquier cosa puede pasar, aunque te cuides. Así Jechu se fue. De pronto.

Otro día, también de noche, se le ocurrió una cantata para explicar el país y salió tan bien que tiempo después se grabó un disco en el que las canciones recorren espacio y tiempo en el país, que hoy por hoy, es inexplicable porque todo está tan mezclado que la confusión aturde tanto como un golpe de pelota de tenis en la cabeza, a velocidad media de 40 Km por hora. Y tiempo después, otro día por la tarde, se propuso hacer otro disco y se arriesgó a que los arreglos tuvieran sonajeras y latidos del corazón y guitarras tocadas como tambor y esas cosas. En ese disco, Las Ninfas salen y entran como Pedro por su casa porque les da la gana. El repatriado, ése es el nombre con el que bautizó el disco.

Complicado que no esté por ahí ya en cuerpo, a pie, en moto, flotando, proponiendo reversionar parte de sus canciones. Explicación de mi país, por ejemplo, se hizo en su primera versión, a 8 canales en un edificio a medio construir. Hubo mucho nerviosismo y singani a granel, muchas ganas, mucha creatividad y vigor, convicción. En esos tiempos el olor de los dominios militares podía cubrir las calles y los recovecos de las ciudades, podía entrarse a las quenas y salir en forma de melodía. Pero no fue así. Lo que salió fue un disco muy trabajado que suena a jazmines. De ahí quedan canciones largamente, luego, claro, interpretadas y homenajeadas por personas que lo abrazaron alguna vez, por personas que desde lejos lo escucharon cantar y por algunas que ni lo vieron ni lo escucharon ni nada. Y está bien. Se hacen homenajes a los santos y a las santas y nadie sabe a ciencia cierta si fueron de verdad. Jesús Durán Bejarano fue un boliviano de verdad. No cabe duda.
 

 

 

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