LA CALLE

La chiflera

domingo, 23 de junio de 2019 · 00:11

Diego López Koehnke

Si la chiflera ve por conveniente exponer sus cosas en plena acera, no lo hace por capricho, sino por una imperiosa necesidad, habida cuenta que precisamente su tienda está muchas veces atestada hasta más no poder y allí ya no hay campo para nada. 

Y si adueñándose de la acera se supone que atenta contra el derecho de los demás, su propio sentido de la medida, siempre cabal y preciso, le dirá que no hay tal, y hete aquí a la chiflera con la conciencia tranquila, toda vez que sus actos respondan a una justa ponderación no sólo de sus propios derechos, sino también de los ajenos. 

La chiflera posee extraños y singulares conocimientos en materia de magia y de medicina; por lo general emparentada con brujos y adivinos, y también con callahuayas, conoce a fondo las propiedades de cada una de las hierbas y substancias y demás efectos que vende, pudiendo recetar correctamente el correspondiente remedio según la dolencia o la necesidad del cliente que, para comprar, ha formulado la respectiva consulta. 

Con mucha razón se ha dicho que la chiflera profesa una religión muy suya; pues tal ocurre efectivamente con la gran mayoría de nuestra población, y sobre todo en la meseta del kollao. En realidad la chiflera, por una parte, es decididamente católica, mientras que por otra, y sin duda obedeciendo al ancestro, no ha dejado de practicar la hechicería, y naturalmente, ha seguido siendo supersticiosa. 

Hay una cosa cierta: la chiflera es una mujer que desde chica ha aprendido a curar y a ser bruja.

Quien busca al médico pudiendo acudir buenamente a la chiflera para aliviar sus males, de seguro que no sabe lo que hace –sencillamente no tiene fe, es lo que pasa. 

La verdad sea dicha: la chiflera tiene fe; y en último término, todo el secreto está en tener fe en la fe de la chiflera.
 

Del libro Imágenes paceñas, de Jaime Sáenz, Difusión, La Paz, 1979.

 

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