PATIPERRO

Los niños de La Ramada

Los niños lo llevan y lo traen, pero nadie aparta las cajas que invaden las aceras. Una caminata algo incómoda.
domingo, 30 de junio de 2019 · 00:07

Richard Mateos Burlando Fronteras

No sé si les pasa a ustedes, pero a mí me sucede que cuando soy nuevo en un barrio me invade cierta inquietud. Por un lado, siento ganas de descubrirlo, pero, por otro, siento un nudo en la garganta y una comezón en el estómago cuando salgo a caminar solo, pues no tengo referencias visuales y no sé con qué me voy a encontrar.

La Ramada es un caos. Aceras desniveladas, muebles que los vendedores exponen en las calles, coches aparcados en cualquier parte, toldos, cajas, hierros que sobresalen de los puestos de los vendedores y que llegan a la altura de tu cabeza o de tus hombros, y semáforos que hay que cruzar a la carrera.

El primer día que salí del condominio los guardias de seguridad me interrogaron dispuestos a evitar que un niño –ser ciego es como ser niño- salga solo a aventurarse por esos mundos de Dios: ¿A dónde va, señor? ¿Va a salir solo? ¿No está su esposa para ayudarlo?

Un condominio es un lugar en el que vive gente que se refugia en una falsa percepción de seguridad por ser custodiados por guardias. Esta gente no invierte en la acera contigua que es de su competencia, pues la alcaldía cruceña considera que el municipio no debe entrometerse en la gestión de las aceras. Los peatones son delincuentes, ya que se oponen al progreso del coche, y no importa mucho si son atropellados.

Cuando uno sale del condominio y camina por la acera en dirección a La Ramada, se encuentra -a pocos metros de la puerta de tan protegido lugar- con un enorme socavón de más de un metro de profundidad que la gente ha ido rellenando con basura y que, con el paso del tiempo, se convertirá en una trampa mortal, provocando la caída de más de un infeliz que pisará en él sin darse cuenta.

Cuando por fin eludo a mis protectores y llego guiado por el sonido hasta una pensión, una recua de niños se acerca a mí. Uno me agarra del brazo izquierdo, el otro del derecho y los demás me agarran por donde pueden: de las manos, de la axila derecha, de la izquierda, del bastón (ese día no salí con Mali, mi perra guía). “Para que no se caiga, doncito”, me dice el más alto.

Cuando almuerzo me invade una sensación incómoda, pues, aunque invito a los niños a un jugo, siento que la gente se compadece y trato de urdir una estrategia para invitarles suavemente a que se marchen, pues no quiero perpetuar la imagen que se tiene de la ceguera como desgracia que te hace dependiente. Luego desisto porque pienso que está bien: si la gente me considera menor de edad, aquí están mis amiguitos del barrio dispuestos a ayudar a un camarada.

De regreso la gente nos ve y comenta: los niños lo llevan y lo traen, pero nadie aparta las cajas que invaden las aceras, ni los muebles que exponen en las mismas, ni nadie parece inmutarse ante la violencia estructural que provoca un entorno tan hostil.

La solución es la de siempre: el desalojo violento de los vendedores minoristas y la tolerancia hacia los mayoristas, hacia  los conductores de vehículos y hacia quienes dejan el material de construcción que les sobra en las aceras.
 

 

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