CRÓNICA

TINDER: El amor (y el sexo) en las teclas de un móvil

¿Qué buscan y qué encuentran aquellos que bucean por las aplicaciones que ofrecen gente dispuesta a una cita a ciegas, como quien va de shopping? Cinco historias contadas a puro picoteo, como en el móvil mismo, de la mano de una experta buceadora.
domingo, 30 de junio de 2019 · 00:15

Ángela Quinteros

No solía usar Tinder muy seguido. Entraba unos días a la semana y luego desaparecía meses. Por lo menos así fue mi interacción el último año. Ya me estaba aburriendo. Así que lo que sucedió con este tal Niky fue la gota que rebalsó el vaso. Borré mi cuenta.

Ojos color miel, quizá verdes, cabello corto, castaño claro, rostro bronceado por los días de vacaciones. Tal vez europeo. Mira fijamente a la cámara y entre sus manos lleva un chop de cerveza. Ese rostro se me hizo conocido, pero no recordaba dónde lo había visto. Le puse un corazón verde y ¡coincidencia!, ¡hicimos match!  (nos emparejamos).

Nos pusimos a chatear inmediatamente. Generalmente cuando chateo con un extranjero, una de las primeras referencias que éste da es su lugar de origen y el por qué está en el país. Con él fue diferente, no dijo nada de eso y hasta me ofreció trabajo. Me pareció extraño. Seguíamos chateando hasta que ¡alarma!: era una identidad falsa. Me mandó la foto de un hombre de unos 45 años, gordo y de cabello largo, que definitivamente no parecía extranjero. “Who is he?”, le pregunté. “It’s me”, dijo él. ¿Cómo?, este tipo ha suplantado una identidad, pensé. Le pregunté por qué hacía eso y me respondió que esa foto era su carta de presentación. Absurdo. Te presentas al mundo tal como eres, no usando una imagen falsa. Corté de inmediato y lo bloqueé de WhatsApp. Aún así, mi celular me avisaba que el número de esa persona quería contactarse conmigo; incluso pude leer un SMS que me había enviado. Decía que yo no quería hablar con él porque era boliviano. No. No quería hablar con él porque no era honesto. 

Eliminé mis rastros de Tinder, me había cansado de eso. Luego recordé dónde había visto el rostro de ese tal Niky. Aparecía en Couchsurfing donde, al igual que en Tinder, había suplantado la identidad del extranjero.

ILUSTRACIÓN OSMAR OÑA / DGR-UCB

Como peces en el agua

Para mí es normal conocer gente a través de internet, lo hice desde mi adolescencia. Pertenezco a la primera tanda de los llamados millennials (los nacidos entre 1980 a 2005), es decir, los que nacieron en los ochenta.

Antes de Tinder era asidua de MSN Messenger, un foro de chat para conocer gente, ligar y lo que surgiera. He chateado con muchos españoles y ya desde esa época me volvían loca. Ahí también conocí al que fue mi novio por cuatro años. Luego llegó Facebook y allí pude conocer gente de diferentes partes del mundo con afinidades similares a las mías; gente que pese a los  miles de kilómetros de  distancia puedo considerar grandes amigos. Aunque no siempre es así. A veces una encuentra troles o gente tóxica, pero aprendí a eliminarla como lo hice con el tal Niky. No todo es oscuro ni luminoso en el mundo del Internet. Siempre hay matices.

Probando en Tinder

Tamara (nombre ficticio) me contó que habilitó una cuenta en Tinder con identidad falsa  usando fotos de una extranjera. Se sentía culpable por ello. Fue en el colegio donde sus amigos hablaban sobre esta aplicación. Parecía que sólo estaba probando aguas para saber qué tal era, así que no duró mucho. Dice que tal vez use su identidad verdadera la siguiente vez que intente.

Hace unos años, la revista Vanity Fair publicó un artículo sobre Tinder que hablaba del sexo casual de los jóvenes estadounidenses que usaban esta aplicación. Tinder se defendió alegando que no sólo ofrece encuentros sexuales pasajeros sino la posibilidad de que la gente encuentre al amor de su vida. De alguna manera, Tinder y aplicaciones similares no se libran del estigma: se cree que son sólo espacios donde se consigue sexo fácil. Y mucha gente no se anima a usarlas porque tiene miedo o hay prejuicios de por medio. Laksmi (nombre ficticio) me contaba que no se animaba a usarla por esa razón, hasta que una amiga suya la animó. Tuvo muchos matches el primer día, pero apenas se comunicaba con un 30% de ellos y sólo un 10% la invitó a salir; el resto eran “feos”, dice.

Se topó con uno que le dio un nombre en Tinder, pero cuando lo vio en Twitter tenía otro. “Tinder es un poquito irreal. Verdaderamente no hay nada en serio, aunque parezca”, comenta Laksmi, que estuvo en Tinder apenas unas tres semanas. Al final de la última conoció a un español bastante guapo, pero  sólo quería sexo, así que ella le dijo que no; él insistió, y ella también. “Quería que me conquiste, que me haga interesar”, dice, pero como no sucedió, lo eliminó.

ILUSTRACIÓN MANUEL APAZA / DGR-UCB

El sexo por el sexo

Hace poco vi un programa en Netflix, era un stand-up que se burlaba de la mentalidad masculina. Decía que los hombres que ven mucha pornografía tienen el cerebro frito de tanto hacerlo y ven posibles escenas eróticas en cualquier situación que viven cotidianamente. Me causó gracia, pero no está muy lejos de la realidad. Me imagino a los chicos –con el cerebro frito– que entran a Tinder con la esperanza de reproducir alguna escena porno que miraron por ahí… 

Láutaro (nombre ficticio) entró en el mundo de Tinder con esta idea. Quería sexo casual, así que subía fotos  acorde a sus necesidades. De esa manera, la cantidad de matches aumentó. Incluso, cuando empezó a usar la app  se rajaba, escribía mesajes llamativos. Quería explorar. Entró con la idea de enganchar chicas y que pasara lo que tuviese que pasar. Se puso a observar los perfiles de las chicas para saber sus gustos y de esa manera poder entablar mejores charlas. 

Su experiencia fue buena, dice. Chateó con una estadounidense que tenía pareja y que buscaba hacer un trío, sexo casual. Pese a que le llamó la atención la propuesta, al final no se animó. “Todavía no he explorado esas posibilidades”, comenta. “Pero en el trayecto he perdido mi alma. Me he dado cuenta de que sexo por sexo,  no da. ¿Quién no quiere tener pareja?” se pregunta Láutaro. Hace cuatro años que activó su cuenta pero, como en ese entonces estaba saliendo con una chica, no se atrevía a usar la aplicación. Ahora que terminó esa relación, empezó a reinteresarse en la plataforma. Le dio resultados pasajeros pero… ya se aburrió, no le interesa chatear tanto, prefiere el cara a cara. 

Las casas de citas digitales

Tinder no es la primera ni la última  plataforma que comercia con una de las necesidades más básicas del ser humano: la compañía, el deseo de tener una pareja, aunque fuese para llenar vacíos de un solo día. Nació en un laboratorio financiado por IAC (InterActiveCorp), la compañía estadounidense que también posee los fenomenalmente exitosos sitios match.com y OkCupid. Muchas empresas compiten con Tinder, entre ellas la francesa Adopteunmec.com y Badoo, cuya sede se encuentra en Soho, Londres. Hasta Facebook está tratando de abrirse a ese mercado con Facebook Dating.

En mi afán investigativo quise entrar a la plataforma francesa, pero, como mi francés está caduco, preferí  averiguar si hay en Latinoamérica y encontré que solamente existe para México, Argentina, Colombia y Brasil. Entré al sitio argentino: AdoptaUnChico.ar. 

En AdoptaUnChico.com de cierta manera son las mujeres las que tienen el control. El sitio parece una tienda virtual, donde las chicas buscan un “producto”: si me interesa, lo pongo en mi carrito para adoptarlo. La idea de “adoptar” chicos me pareció ¡terrible!, algo así como criar a algún bobalicón inmaduro de esos que ya conocí. Si adopto algo serán mascotas, no chicos. Pero como estaba en plan explorador, entré de lleno en esta aplicación.

En la semana que estuve en AdoptaUnChico.ar alcancé más de 4.000 puntos, adopté como a siete chicos y pude chatear con muchos argentinos. Me causaba gracia cómo “ofrecían” sus “cualidades” para que los adoptara. Incluso hubo uno que me mandó una foto tal como vino al mundo. Charlé con varones de toda edad; hubo uno de 50 años y otro de 23. Me llevé mejor con el de 23, bastante maduro para su edad, ambos somos literatos, intercambiamos poemas, también hablamos de nuestros deportes favoritos. Incluso quedamos en vernos en un par de meses. La experiencia en AdoptaUnChico.ar me gustó. Buena charla, gente interesante, uno que otro idiota, en fin, lo de siempre.

Al mismo tiempo entré a Badoo. Una experiencia des–a–gra–da–ble. Eran todos bolivianos y me imagino que pensaban que estaban en un prostíbulo o algo así, porque de buenas a primeras me salían con obscenidades hasta en la escritura: “Quieres sexo presiosa nunca avras tenido sexo como el que yo te daré”. No aguanté ni un día, eliminé la aplicación.  

ILUSTRACIÓN LAURA BARAHONA / DGR-UCB

Grindr o el amor (y el sexo) arcoíris

Y así como hay apps para heterosexuales las hay para homosexuales. Las más conocidas son Grindr, Wappa y Scruff. Grindr nació en 2009; su pionero, Joel Simkhai, la creó para que gente con las mismas aficiones y que se encontrara a distancias cercanas, pudiera conocerse. Grindr es una aplicación geosocial destinada principalmente al público LGTBI. 

Joaquín (nombre ficticio) usaba esas aplicaciones pero ahora que está con pareja ya no. Llegó a ellas por curiosidad. Cuando asumió que era gay, la facilidad del internet para conocer gente de manera no directa le permitió usar esos foros de chat que se usaban antes de que aparecieran Tinder o Grindr, aunque también usaba Scruff. “Tinder tiene una interfaz más agradable, más segura –dice–, porque te obliga a tener una foto de perfil. Además, por ejemplo, no puedes iniciar una conversación hasta que la otra persona te haya puesto like también. Tiene que haber match. También me parece interesante que no se puedan enviar fotos mientras chateas con la otra persona”. 

En Grindr es diferente. Ahí los usuarios no están obligados a colocar fotos reales de sí mismos como exige Tinder, es más reservado. Incluso yo podría entrar sin revelar mi identidad. Para escribir este texto me había hecho pasar por argentina pero no me imaginaba hacerme pasar por lesbiana para conocer el mundo Grindr, así que descarté esa posibilidad.

Joaquín es de esos que encontró el amor a través de estos sitios. “He durado cuatro años con una persona que conocí en estas aplicaciones. La verdad, no estaba buscando algo tan formal, estaba buscando algo pasajero pero nos enamoramos. Hace unos tres meses terminamos. Ha sido una bonita experiencia. Una experiencia de vida”.

FOTO ANDREAS WEITZ / PIXABAY

La “monogamia sucesiva” vs. el amor para siempre 

¿Los amores actuales no son duraderos? La historia de amor de Joaquín duró cuatro años. La mía también. Gente que conozco ha tenido historias de amor que duraron poco tiempo ¿Es que ya no existe el amor para siempre? 

En “Ligar en tiempos modernos”, artículo del diario El País de España, un profesor de antropología de la Universidad Rovira i Virgili explica que en la actualidad existe la “sucesión de relaciones” debido a la normalización del divorcio, pero eso no quiere decir que sea el fin del matrimonio: “la mayoría de las personas que se divorcian reinciden. Y en muchos casos cada nueva unión es pensada y deseada como definitiva”. El profesor concluye que en la actualidad ya no hay el amor para siempre sino la “monogamia sucesiva”.

Hace unos años GlobalWebIndex realizó un estudio en EEUU para verificar cuántas de las personas que usan Tinder tienen algún tipo de compromiso con alguien. Los resultados mostraron que 42% de los usuarios de Tinder son casados, tienen pareja o alguna relación. ¡Casi la mitad usa la aplicación para ser infiel! Obviamente Tinder se defendió alegando que sólo el 7% de sus usuarios tiene algún compromiso sentimental con otra persona fuera de la aplicación. 

 Todo entra por los ojos

Carolina (nombre ficticio) no quiere una relación de largo plazo. Fue su vecina quien le comentó sobre Tinder. Llegaba a su casa a las 8 de la mañana, toda feliz, y sólo decía “Tinder, Tinder”. Carolina recuerda que después de haber probado y experimentado los resultados de Tinder ella misma, tenía la misma cara. Carolina ha trabajado en bares por mucho tiempo y cree que por eso su charla es más abierta; también tuvo varios novios extranjeros y se relaciona con mucha gente, en especial europea. Por eso es menos prejuiciosa con el tema del sexo. Pero cuando encuentra a alguien en Tinder que de buenas a primeras le dice que está ahí por sexo, ella le dice “chau”. Otras veces redirige la conversación y les dice: “y ¿eso funciona?” o “¿no sabes qué más decir?”, y entonces salen cosas más interesantes. Para Carolina la experiencia en Tinder es genial, aunque hay semanas que ni siquiera entra. “De 10 chicos, dos son buenas personas, el resto no vale la pena mencionar”, comenta.  

En este tipo de aplicaciones todo entra por los ojos. La gente vende sus mejores fotos, se esmera en la descripción de sus perfiles… Es un mundo de mercadeo y los que participamos lo sabemos. Aquí (en el mundo Tinder) nos vendemos. 

Carolina pone en su perfil que está buscando gente para hacer trekking, montañismo, biking, que les guste hablar sobre literatura y cine, no muestra demasiado su cuerpo “y cuando ponen like, sé que están aceptando mis condiciones implícitas”, cuenta. Prefiere salir con extranjeros, no le gustan los bolivianos porque son muy machistas al igual que los latinoamericanos en general. Los extranjeros están de viaje y como ella no quiere algo serio, le va muy bien. “Así que he tenido buenas experiencias de tres días. Full bien, buena comida, buenas charlas, en algunos casos buen sexo”, dice. “Se trata de leer muy conscientemente. No de ilusionarse. Creo que ilusionarse es lo más fácil para caer en redes de engaño, o tráfico, o ese tipo de cosas… Las mujeres que caen en estas redes están muy ilusionadas con un cambio en su vida, un futuro, un marido o algo así. Entonces caen. Si yo noto algo extraño, corto. Punto. Pero creo que es la experiencia”. 

Viajar por el mundo desde un salón de peinados

Priscila es dueña del salón de peinados Belleza Miaus y no se preocupa por mostrarse ante el público con su verdadera identidad. Cuando fui a su salón de peinados estaba en pleno performance de sí misma. Iba a posar para unas fotos y estaba maquillándose tipo felina. 

Comenzó con Tinder en 2018. Al principio le tenía cierto recelo, dice, porque le parecía insólito eso de escoger con quien salir,  pero unos clientes “muy jovencitos” le enseñaron cómo usar la app y desde el principio su experiencia fue la mejor, cuenta entusiasmada. Conoció muchos extranjeros y se quitó el tabú de que el extranjero se aprovecha de una o de que la mujer es víctima de los deseos carnales de los hombres como si las mujeres no tuviéramos deseos. “Es triste pensar que sólo los hombres quieren tener sexo”. 

Priscila tiene ya una estrategia para encarar sus citas. Los primeros encuentros suceden en el salón de peinados. Es terreno seguro y así puede evaluar si es prudente o no continuar con la cita.

Tiene la mente abierta, por eso le gusta hablar con extranjeros. Y como es melómana, desde que está en Tinder ha podido hablar e intercambiar música diferente a la que escucha en su entorno. Eso es lo que más le gusta. “Lamentablemente tengo no diría el prejuicio sino el juicio de que el boliviano no es así, sobre todo el paceño. Los chicos paceños son muy cerrados, muy lentos, muy tímidos y eso para mí es sumamente desquiciante. Me enferma porque hay una doble moral, una hipocresía. Los chicos paceños tienen la sensación de que, para no herirte, el camino ideal es pseudoenamorarte, echarte un cuento y con eso creen que no te han hecho daño, cuando es al revés. Los chicos deberían ser más sinceros con sus intenciones. Así una no se sentiría ridículamente enamorada. La ventaja de tener una cita acelerada es que no hay tiempo para todo eso. Los extranjeros están de paso”. 

“Hay chicos fabulosos que hay que conocer”, dice, y cuenta que conoció personas muy interesantes como un escritor que viaja por el mundo, pero también conoció uno que otro que se hacía pasar por lo que no era; por ejemplo recuerda a un cusqueño que se hacía pasar por holandés. “Chicos así ¡no!”.

Pero no sólo las personas del lugar son vulnerables sino también los extranjeros. Recuerda a unos colombianos con los que apenas se encontró, éstos mandaron la ubicación en tiempo real a unos conocidos. La ubicación en tiempo real es una herramienta de WhatsApp que se usa para enviar la localización actual a otra persona por máximo 24 horas. Ella se rió y les dijo que ciertamente no los secuestraría. 

Mundos digitales reales 

En mi caso, la lista de matches pasa por un tamiz. Siempre. De todos los matches que hacía me quedaba con unos pocos. No lo niego, también disfruto mucho hablando con extranjeros porque sus temas de conversación son muy variados. Además, tuve novios europeos y he podido comprobar las diferencias entre ellos y los latinoamericanos en general. Los europeos tienen las cosas claras: si se termina la relación, lo tienen claro; lamentablemente me topé con los ahora exnovios bolivianos que piensan que una está disponible para ellos incluso si la relación acabó hace mucho.

Pero no hay que generalizar. El que fue mi primer novio, que lo conocí a través de MSN, es boliviano y estuve con él por cuatro lindos años de mi vida. Cuando se terminó, no me persiguió, no me “psicopateó” (palabra que usó Priscila para referirse a sus exnovios paceños). Así como hay extranjeros que vale la pena conocer, hay otros que no merecen siquiera que les prestemos atención porque se creen superiores a nosotros, los bolivianos. 

También depende de qué estén buscando las personas que interactúan en Tinder o aplicaciones similares. Hay gente que sólo busca sexo, hay otros que buscan una buena charla. 

Hace años, una amiga alemana criticaba mi tendencia a conocer gente por internet. “Esas relaciones no son ‘reales’”, me decía. Pero pueden ser reales en la medida en que una decida que lo sean. Hay riesgos, pero hay que saber tener cuidado, saber leer los mensajes, no ilusionarse, como dice Carolina. Ser precavidos y tener claros los puntos para entablar relaciones por internet, como me contaba Joaquín. Pero sigo sin ganas de reactivar mi cuenta de Tinder, ni siquiera con las otras voces que participaron en este escrito. Es algo personal. Tal vez solamente necesito “vacaciones” de estos mundos en los que participé desde los 19 años. Mientras digo esto me imagino a algunos de mis entrevistados deslizando fotos a la izquierda o a la derecha, tal vez haciendo match, entablando nuevas conversaciones, nuevas historias…
 

 

 

51
21