HOMENAJE

El Arte del “Magis”

“Magis” da origen a la palabra Maestro y significa “más” en latín. ¿Dónde habita ese “más”? ¿Dónde se manifiesta?
domingo, 09 de junio de 2019 · 00:09

Camila Rocha

Como un acercamiento en cámara lenta veo la fascinación que me genera mi primera maestra de danza al verla bailar –revivo este recuerdo una y otra vez en mi memoria, y es que quizá recién entiendo cuan determinante fue su presencia en mi vida–. El recuerdo sucede en cámara lenta porque así transcurría el tiempo ese momento, suspendido junto a su cuerpo que explica un movimiento tras otro deslumbrándonos a todas en clases. Amo la danza desde ese instante. Por ella. Y hace dos décadas es mi oficio y mi vida. 

Ser maestro de arte es quizá tener uno de los oficios más gratos que puede haber en la tierra, a diferencia de las rutinarias clases de colegio o universidad donde la mayoría de las materias son dictadas de forma estructurada, donde la aplicación de contenidos en el estudiante debe ser casi siempre la misma que para  el compañero de al lado, y donde hay un 100 al que llegar: número que determina si este aprendizaje único y uniforme fue un éxito o un fracaso en el aprendiz. Hay también una serie de temas formales que el docente no puede evadir y debe cumplir, y así mismo los estudiantes recorrer la lista de temas en orden riguroso y repetido durante décadas. En general, la educación se basa en el pensamiento convergente, que ha priorizado un tipo de reflexión (o más bien, falta de la misma) donde el alumno debe aplicar un pensamiento lineal y una serie de reglas y procesos estructurados para llegar a una única solución, la que se evalúa como correcta, y punto. Esta educación se rige a leyes pensadas en satisfacer las necesidades y avances de la sociedad, pero demoran tanto en ejecutarse que para cuando se aprueba alguna, las necesidades de los ciudadanos habrán cambiado y demandarán nuevas y diferentes medidas a las anteriores. Vivir dentro una jaula de atemporalidad se nos impone en el día a día, dentro del extraño mundo que hemos creado y del cual no podemos librarnos nunca ¿O sí? 

¡Claro que sí! Deseamos libramos del sistema del mundo cada que podemos, casi por instinto y casi siempre. ¡Somos felices cuando lo hacemos! Aún más cuando alguien nos inspira a hacerlo, cuando la genial rebeldía de alguien se para al frente y nos seduce junto a su ánimo de romper reglas caducas y dar paso a mirar, aprender y tomar del mundo lo que sí nos alimenta y nos hace ricos seres humanos. Cuando eso pasa no dudamos un segundo en dar el salto al vacío. El arte tiene un sitio por excelencia aquí, promueve fantásticas grietas en el sistema y éstas funcionan como puntos de fuga hacia la verdadera potencia creadora dentro de uno. Cuando un maestro o maestra nos guía a la inolvidable y necesaria fuga de la realidad, nos conduce con el fervor de su imaginación y nos lleva hasta la creación de un universo hondo personal, parece que toda existencia ha valido la pena sólo por ese instante. 

Un estudio psicopedagógico puso a prueba a 89 niños para aplicar el Pensamiento Divergente Explicativo (PDE) o pensamiento lateral que se caracteriza por la capacidad de generar múltiples e ingeniosas soluciones a un mismo problema. Es un enfoque mental espontáneo, fluido y no lineal, basado en la curiosidad y también en el inconformismo. Los distintos análisis estadísticos que se aplicaron reflejan que los participantes, a través de la imaginación y recurriendo al juego como herramienta principal del test, consiguen imaginar soluciones altamente creativas a hipotéticas situaciones de adversidad, conflicto, riesgo y peligro, y desarrollan la flexibilidad cognitiva, flexibilidad explicativa, optimismo disposicional, curiosidad y alto sentido de solidaridad al relacionar el estilo explicativo resiliente, que nace del pensamiento divergente. 

Este es un tipo de pensamiento troncal en la enseñanza artística, pero podría aplicarse a otros campos con seguridad y tener fabulosos resultados. Dar cuerda a la imaginación ofrece libertad al razonamiento y abre un universo de posibilidades que se manifiesta y expresa a través de nosotros y nuestras creaciones (ideas, objetos, textos, planos, obras, etc.) Las soluciones creativas del oficio del arte nos preparan para enfrentar el mundo y tener mucho que ofrecerle y decirle. 

En las artes escénicas es el cuerpo el soporte y canal fundamental de comunicación con uno mismo y con el público. Ser maestra en danza impulsa a que el cuerpo se recree infatigables veces y con él quizá el propio ser. El trabajo no consiste en enseñar técnicas o formas de danza; eso acontecerá, pero no es lo que importa. El verdadero trabajo en artes lo comprendí de un gran maestro y consiste en abrir corazas, cabezas y cuerpos, invitarlos a destruir máscaras hasta encontrar el infalible lugar dentro de cada uno para cargar la creación. Enfrentarse a sí mismos y entender la necesidad de comunicarse desde ahí. Entonces el arte no se enseña realmente, sólo se puede guiar al otro a descubrirse y así cada resultado será genuino y el arte que se genere será auténtico. Un maestro en arte puede tan sólo acaso, buscar el tacto o no tacto hacia cada aprendiz y ofrecerle la confianza de mirarse sin juicio hasta que logre desnudarse, permitirse entrar al conflicto con sus emociones y experiencia de vida, asumirse frágil, monstruoso o vulnerable, y desentierre la fuerza y potencia creadora que sólo habita en quien se conoce y tuvo el coraje de mirarse a fondo. El trabajo es descubrir personas que no temen decir lo que nace dentro suyo por oscuro que sea. Rebeldes. Todos únicos. Seres que entienden con libertad las ideas limitantes de definición sobre sí mismos y sobre los otros, y las recrean; se recrean a sí mismos cuantas veces sea necesario aniquilando al miedo con la fantasía y con su verdad. Cuando llegan ahí, es difícil pensar a estas personas sometidas a ideas ajenas o a moralidades deterioradas en el sistema absurdo del mundo. Visto así ¿el arte podría ser indispensable para las sociedades? Sí, lo es, porque no sólo sensibiliza aplicando múltiples herramientas estéticas, poéticas, dramáticas o realistas o arquetípicas, sino que también incita a generar reflexión –tanto al creador como al espectador– sobre sí mismo, su entorno, su historia, la existencia misma y su sociedad. 

“Magis” da origen a la palabra Maestro, y significa “más” en latín.   ¿Dónde habita ese “más” en un maestro o maestra? ¿En la cantidad de conocimiento que contiene y procura trasferir? ¿En el carisma y entusiasmo con el que dicta la materia? ¿En la inspiración y pasión con la que enseña? ¿O ese “más” sucede cuando, por diferentes razones y medios, nos modifica para siempre? 

Ese día en la sala de danza, mirando a mi maestra en cámara lenta, bastó para girar el timón y darle sentido a una nueva vida. Ese camino me abrió a otros maestros descomunales y me condujeron cada vez más profundo a mar abierto. Fui a fondo y tan lejos como pude hasta llegar al intenso vacío, vasto de toda posibilidad latente a ser descubierta para la creación. Desde ahí aprendí a mirar el mundo y fascinarme o chillar como niña, como mujer, como madre o animal, como amante, como Julieta, como Medea o Hamlet. He visto valiosos seres morir y recrearse en cada clase, y los he visto transformarse. He visto gente joven que me ha enseñado desde su propio coraje y dolor, desde su libertad en el salto al vacío. Y estando ahí, sé que cuando subes al barco “no hay vuelta atrás”, sólo queda seguir mar adentro y ojalá tener la suerte de provocar las ganas en el otro de subirse a nuevos barcos, asegurándoles que el viaje será arduo y muchas veces cruel, pero valdrá cada minuto haber elegido ese salto al desarmarse, a morir, a resucitar, a caer y volar, a mil veces armarse y descubrir que tenemos algo que dar, y sólo así, crear.
 

 

 

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