EL MAnGO DE OZ

Jakonta y Chaco

domingo, 9 de junio de 2019 · 00:14

Óscar Martínez

Son épocas tristes para saber de la Guerra del Chaco y también para acordarse de los Beneméritos de la Patria. Esos ancianos que en la década de los noventa entraban a los micros y les mostraban una credencial –con lo que acreditaban ser nuestros héroes de carne y hueso– a los choferes, que haciendo malas caras les hacían pasar al fondo del micro y ellos lamentándose, siempre en voz alta, por la ingratitud de nosotros los bolivianos. Ahora están desaparecidos de los paisajes urbanos y ya muy pocos son los que quedan vivos. Antes por ejemplo, era usual encontrarlos por las plazas, en especial por la Plaza Murillo o leyendo revistas en las revisterías ambulantes (otra extinta institución paceña) en la puerta del refugio de los Beneméritos de la Patria, en la calle Coroico. Si usted, amable forastero, no ha tenido la oportunidad de visitar el Comedor Popular del Mercado Yungas, pues se ha perdido un lugar de grandes particularidades y eso que a la vista es como cualquier otro comedor popular, con vendedoras amables las unas y gruñonas las otras, pero, eso sí, se jacta de tener la mejor jakonta del planeta, que para resumir digamos que es una sopa de carne –trozo grande– con arroz y papa y chuño, servido en desportillado plato de loza y con una relamidamente gastada cuchara con agarrador que termina en forma de cucaracha, acompañada de la omnipresente y todopoderosa marraqueta, amén de una buena llajwa verde que te hace moquear como en velorio.

Fue en este comedor y en los caldos del Ricky de la Plaza Villarroel que se desarrolló exitosamente la teoría de que, mientras más jaila el lugar para comer, más pequeño el recipiente de llajua. Mientras más popular el lugar, la llajua se presenta en un platón inmenso, con portentosa cuchara de palo.  Una metáfora de la vida y el amor, sin duda.

La primera vez que fui a probar esta maravilla de la gastronomía matutina fue a las 6 de la mañana de un día indeterminado del invierno de 1995, conducido por el mismísimo Fernando “Jakonta” Rojas, que de los paceños era el más. Obviamente que un sábado a esa hora era muy raro encontrar algún comensal sobrio en los alrededores. La suerte es que, como dije, por ese entonces el antiquísimo refugio de los Excombatientes de la Guerra del Chaco se encontraba en la parte posterior del mercado, exactamente en la calle Coroico, por lo que era común ver a beneméritos terminar sendos platos de jakonta y thimpu y bien o mal que todos íbamos borrachos, las historias que afloraban de la guerra eran simplemente abracadabrescas, mágicas, alucinantes, tristes, alegres, desconsoladoras, paroxísticas y otro sinfín de adjetivos que no bastarían para definir lo que era esa experiencia para un amante de las historias y cuentos.

Como la del orureño que escapó tres veces de prisión en el Paraguay. La primera vez atado a una lata de gasolina con la cual escapó de Isla Poi atravesando un río plagado de alimañas. La segunda:  haciéndose al muerto en medio de una ejecución sumaria a varios prisioneros bolivianos La tercera en ocasión de una tregua propiciada por las fiestas de navidad: bolivianos y paraguayos acordaron jugar un match de fútbol, aprovechando la tregua navideña, donde la pelota se fue al monte y bueno, nuestro héroe sospechaba que que no había terminado el partido. No sólo porque aprovechó para fugarse, sino porque también se llevó la pelota consigo, instintivamente, dice él. Pobre orureño que gritaba en medio de atroces pesadillas todas las noches en el refugio, ya que en su conciencia habitaba eternamente la cruel ejecución de todo su equipo de fútbol, como le informaron meses después. 

O la historia del estafeta del mismísimo general Busch, que veía cómo éste llegaba de sus exploraciones a campamentos enemigos con colecciones de orejas y ojos de soldados paraguayos, todos bien atados a su cinturón. Al estafeta le constaba y juraba por dios que cuando los Pilas (soldados paraguayos) escuchaban Busch, temblaban y hasta se hacían pis de miedo. El estafeta dice que el general no se suicidó porque sí, ni porque le dolía mucho la muela, sino porque el país todo y sus detractores lo tachaban de dictador. No lo soportaba, murió por amor a su país, decía.

Con estas historias rematábamos en el Bar Los Espejos de la calle Yungas. Bar que duró varios años, llamándose luego el “Glu Glu”, donde ahora hay un internet y una fotocopiadora.

Alguna madrugada sueño con que voy a buscar a los “muchachos” en el comedor del Mercado Yungas para luego irnos a Los Espejos a acordarnos. Pero en sueños también veo cómo sufren cuando se acuerdan que todos se han olvidado. Seguro que ahora ya todos beben y comen su jakonta en el Valhalla chaqueño, con esa llajua verde como el infierno que habían vivido. El infierno verde como le llamaban.
 

 

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