CRONIQUITA

La viuda de Calderón

El día que llegaron las Garrat, a Calderón se lo llevó una ola. Las máquinas fallaban y nadie quería subir a la que había sido suya. ¿Cuál fue la clave para que la viuda de Calderón no cobrase más víctimas?
domingo, 09 de junio de 2019 · 00:13

Lourdes Reynaga
Fotografías archivo Abel Agrada

Terminé Altiplano Express, curiosamente, mientras viajaba en bus rumbo a Oruro. Y fue una suerte que la terminara en aquel viaje, ya que el ejemplar me fue arrebatado y desde entonces solamente he podido verlo a distancia, ya sea entre las manos de mi abuelo, o en su sección especial del librero de la sala. Y es que a mi abuelo, Abel Agrada, todo lo relacionado con trenes y ferrocarriles lo enloquece. Trabajó para dos empresas de ferrocarriles a lo largo de su vida, y en la segunda permaneció cerca de cuatro décadas en diferentes cargos, incluido el de maquinista.

Por ello no me sorprendió que adorara la novela de Recacoechea, pues si bien narra un crimen, toda la trama acontece durante un viaje en tren.

En cuanto a Calderón, nunca supe su nombre. En cambio, la que siempre ha estado en historias de mi infancia y adolescencia es la viuda, y cómo fue que ésta entró en la vida de mi abuelo. Al parecer fue más por superstición que por otra cosa.

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Sucedió en 1956, con la llegada de las locomotoras a vapor Garrat a la empresa de ferrocarriles. Una delegación de maquinistas fue a recogerlas de puertos chilenos, entre ellos Calderón. Mientras manipulaba la locomotora que habría de serle designada en sus viajes, se produjo un primer desperfecto, nada grave, pero lo suficiente como para retrasar un día el viaje de retorno. 

Esa misma tarde, mientras los maquinistas descansaban en la playa, Calderón pidió ser fotografiado. Con el fin de tener una buena imagen, de espaldas al mar, fue retrocediendo en el agua hasta que una ola inesperada lo arrastró. No pudo ser salvado.

Sin embargo, más intenso aún fue lo que sucedió en Bolivia. Sucesivamente, las locomotoras recién traídas sufrieron desperfectos. Una tras otra debieron ser rescatadas en medio del altiplano y hubo el caso de una caldera seriamente dañada. Los maquinistas se mostraban inquietos al punto de que ninguno quiso tocar la máquina de Calderón que empezó a ser conocida como “la viuda”. “No voy a poner la mano donde estuvo la de un muerto”, cuenta mi abuelo que dijo el maquinista asignado aceptando de buena gana mantener su máquina anterior.

Mi abuelo todavía debía esperar por el ascenso en la empresa. Sin embargo, ante la negativa de los maquinistas mayores, fue ascendido y designado a la locomotora: “la viuda” de Calderón. Durante su primer viaje, correctamente ataviado y luego de revisar la máquina, subió a la locomotora y se las ingenió para colocar un cuadro, una imagen religiosa con una leyenda, en un lugar visible. Los otros maquinistas lo observaron en silencio y alguno incluso murmuró algo sobre que sería la nueva víctima de la viuda. 

No me es difícil imaginarlo, joven todavía, con ese gesto orgulloso y la inconfundible mirada de furia que todos los del clan Agrada hemos heredado, ascendiendo en esa locomotora de cabeza redondeada que tan bien conozco por fotografías, acomodando su cuadro y alistándose para partir. 

Poco a poco, el resto de maquinistas lograron entender a las Garrat

Tampoco me es difícil imaginar las caras de sorpresa de los otros maquinistas a su regreso, sin novedad alguna, repetidas hasta el aburrimiento pues en los sucesivos viajes ningún contratiempo interfirió sus recorridos. Sé que un tiempo después, el cuadro que llevaba consigo fue robado y que probablemente algún otro maquinista quiso usarlo como talismán contra los desperfectos que todavía sucedían con las nuevas Garrat.

En un tiempo indeterminado, Mr. Smith, el jefe de mi abuelo, ingeniero de profesión y hombre de trenes, lo llamó a su oficina para hablar con él. En esa conversación mi abuelo terminó confesando que controlaba hábilmente el agua de la caldera de la locomotora para que no hubiera ningún contratiempo. La accidentada geografía del altiplano boliviano jugaba en contra del espacioso diseño de la caldera de las Garrat. Tanto el jefe como mi abuelo sabían que podía solucionarse fácilmente con una pieza que regulara el paso del agua, sin embargo, no podían realizar ninguna modificación, por lo que decidieron optar por esa segunda solución: controlar el manejo del agua. Con la repetición de los viajes, maquinistas más experimentados que mi abuelo habían logrado también dar con la solución, pero lo que verdaderamente intrigaba a Mr. Smith era cómo había podido hacerlo un hombre sin experiencia en el tema.

Normalmente esta es la parte de la historia que mi abuelo disfruta más. Cuando cuenta cómo, por esa tendencia tan suya de ratón de biblioteca, de lector insaciable y curioso, había leído –más bien estudiado– un par de años antes las características de las Garrat en revistas especializadas que recibía religiosamente.
 

 

 

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