CRÍTICA

Santaolalla en el Palacio Quemado

Entre lo bueno, lo malo y lo feo, el segundo hombre del Estado se llevó el trofeo: dijo que se enteró quién era el músico argentino gracias a Wikipedia. Pero ni eso opacó al gran Gustavo Santaolalla
domingo, 14 de julio de 2019 · 00:11

Óscar Martínez

¿ Qué hace el Ministerio de Planificación del Desarrollo trayendo a Gustavo Santaolalla? Quizá lo mismo que el Ministerio de Culturas organizando el Dakar. Pero eso es lo de menos cuando tienes frente a ti, gratis,  a Santaolalla, a quien incluso yo, siendo un ignaro de la música en general, moría de ganas de ver y escuchar por sobradas razones. Bajofondo Tango Club, el soundtrack de Diarios de motocicleta, Brokeback mountain y Babel.  Y hasta ahí más que suficiente para cumplir con los requisitos que teníamos que cumplir los que -luego me vine a enterar-  éramos “una élite de privilegiados que pueden acceder a esta clase de espectáculos pagados por el Gobierno a través de los impuestos de los bolivianos”. Esos requisitos eran: llenar un formulario online con tus datos generales, los de algún (o alguna) acompañante a quien debías etiquetar en una publicación de la página del programa Intervenciones Urbanas, que también debías compartir en tu muro, y listo.

24 horas después salió una lista. Si tu nombre estaba entre los que cumplieron los mentados requisitos, sólo quedaba ir a recoger las manillas para el evento en horario de oficina, y el jueves 4 a las 7 de la noche ya estarías haciendo fila en puertas del mismísimo Palacio Quemado esperando a ver a Gustavo “dos premios Oscar” Santaolalla. Dicho así, suena bastante grandilocuente y más cuando te enteras en la fila que buena parte de los asistentes no sabían el nombre de una sola canción de Santaolalla, pero tomando en cuenta que era el productor de Café Tacvba, Julieta Venegas, La Bersuit o La Maldita Vecindad, no se podía faltar. 

Una noche especial. A tres cuadras de distancia, en el Teatro Municipal, el nieto de Piazzola hacía llorar (según pude ver en redes sociales) a la concurrencia. Ya dentro del Palacio, muchas caras conocidas incluyendo elencos completos, con sus directores y todo, de las últimas películas nacionales. Artistas y artistos de reconocida y nunca valorada trayectoria nacional. En suma, el jet set presente, por lo cual en algunos momentos se cumplió eso de que un evento de este tipo es una experiencia social que resumiré de la siguiente manera:

Lo bueno: Santaolalla, pese a estar literalmente sin aire, lo dio todo durante dos horas y media de puro talento. Su banda, la cantidad de instrumentos que, combinados entre sí, producían un sonidazo que  te hacía dar frío en la espalda.

Lo malo. Que el evento se haya retrasado más de media hora;  que el vicepresidente haya dicho que se enteró por Wikipedia quién era Santaolalla; y que haya sido justo el mismo día y hora en que tocaba la banda de jazz de Daniel Pipi Piazzolla. 

Lo feo: Que los tortolitos de la película Quién mató a la llamita blanca, que fungieron como maestros de ceremonias, ante el retraso de los artistas, hayan tenido que improvisar durante 15 largos minutos con burlas al apellido del artista invitado de la noche. Vergüenza ajena.

Por lo demás, esperemos que la próxima vez no vayan (vayamos) los de la élite cultural de siempre que, dicho sea de paso, en este tipo de eventos siempre terminan reventando La Choppería de la Pichincha. Pero ese es otro cuento.

 

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