HOMENAJE

Un tal João

Acariciaba la guitarra y cantaba bajito. Fusionó samba y jazz, y regaló al mundo la bossa nova. “Mejor que eso, solo el silencio; mejor que el silencio, solo João”, dijo de él Caetano Veloso. João Gilberto, el padre de la bossa nova, murió el pasado 3 de julio a los 88 años.
domingo, 14 de julio de 2019 · 00:14

René Uzqueda

¿Y quién será ese tal Tom Jobim?, me pregunté aquella noche de julio de 1995  mientras salía del Conservatorio de Música de La Paz. Habían pegado en el panel de avisos un minúsculo recorte de periódico: lamentaban el fallecimiento de uno de los fundadores del bossa nova, etcétera. ¿Bossa nova? No, ni idea. Ah, en los sesenta... ¿Vinicus de Moraes? Sí, conozco, lo menciona García Márquez en un cuento. ¿Tom Jobim? ¿João Gilberto? No, no me suenan. 

Por aquel entonces, mi único acercamiento a la música brasileña había sido durante la proyección de una película cubana, Amor en campo minado. Al salir los créditos finales estalla una voz nasal que parece amable y a la vez furiosa: “¡A pesar de usted, mañana ha de ser otro día!” canta la voz respaldada por un coro igualmente amable y furioso. Mis dos acompañantes de aquella noche, sentados a cada lado y sin conocerse entre ellos, empiezan a cantar al unísono, casi de boca para adentro, con más dulzura que furia, y como si tal cosa. Tengo entonces 19 años y me sorprendo genuinamente el no tener idea de lo que estaba ocurriendo. Pregunto casi con vergüenza: ¿Qué sería esito que suena? “Chico Buarque”, a secas. La respuesta es sobria y sin reproches, tanto que me atrevo a pedir prestado un cassette, Chico Buarque en español. Y se abre la compuerta.

Meses después le cuento a otro amigo lo sucedido y éste me dice “esperá a que escuches a Caetano”. Y allá voy, caminando por la avenida 20 de Octubre, con walkman y audífonos, y con cara de quien no sabe por dónde cruzar la calle. ¿Por qué solamente con bajo eléctrico?, ¿por qué se calla?, ¿por qué grita?, ¿por qué no explica?, ¿porqué de repente sólo con guitarra? Y en ese momento: Chega de saudade.

La palabra saudade existe en castellano. El mismísimo Silvio Rodríguez admite que su primera canción es un bolero con ese misterioso título. Nostalgia, añoranza, dice el diccionario, y en lengua portuguesa la palabra saudade es casi omnipresente en poemas y canciones de amor. Tanto así que cuando Vinicius de Moraes en 1959 escribe la letra de Chega de saudade (basta de nostalgia), piedra fundamental del bossa nova, el título llevaba como segunda intención el renovar la poesía popular brasileña y no abusar más de la tan manida palabra. No obstante, el mismo Vinicius lo tuvo difícil tratando de evitarla, pues repartía con frecuencia saudades a quemarropa en sus textos. 

Tom Jobim, autor musical de Chega de saudade, escribe al lado del título: “Samba–Choro”, tal vez los dos ritmos más utilizados en la música popular brasileña  por aquel tiempo. Y entonces llega  João Gilberto. 

Graba las canciones de Tom y Vinicius, ejecutando caricias sobre la guitarra con su mano derecha, algo que algunos llamaron samba de salón, elegante, discreta, y de una complejidad que para los tradicionalistas se excedía demasiado para poder llegar a ser popular. Se discute en los bares, en las radios, en la televisión y en la facultad de letras si esta es una revolución musical o es el fin de la música brasileña. Lo mismo le había pasado al buen Ástor Piazzolla, que en la contraportada de un disco y guiñando el ojo firmaba como “El destructor del tango”.

30 años después de grabarse Chega de saudade, Caetano Veloso la estaba cantando para mí desde un walkman. Cantaba como aprendió de João Gilberto, como contando un secreto, casi murmurando, con tristeza pero sin desconsuelo. Ya había cantado Vinícius que: “La samba es la tristeza que equilibra, y la tristeza tiene siempre una esperanza, la de un día ya no ser triste”. 

Siento inmediatamente que esta música me define. A mí, ser melancólico que cada vez que canto parezco estar pidiendo disculpas, al que en las guitarreadas le gritan “¡más fuerte!”, aquel que ni dejándose las uñas hasta parecer garras logra hacerse escuchar del otro lado del salón. 

“Así también se puede cantar, se puede contar”, pienso. João Gilberto no tiene prisa, desenfunda un acorde, lo deja evaporarse en el aire, parece estar descifrando su meditación para sí mismo, se toma el tiempo que el momento le pide y repite las estrofas una y otra vez. Adelanta una sílaba, demora la siguiente y, cuando parece llegar al acorde final, arranca de nuevo hasta que él decide detener el trance. 

Recuerdo de por aquellos años una noche de fiebre poética en la que me conseguí un sombrero de paja, un habano y una botella de whisky. Mi objetivo: componer como Tom Jobim. No duró más de tres noches el espejismo. Estaba claro, hacía falta un poco más que eso. Pero de vez en cuando recuerdo con saudade aquellos torpes intentos por explicarme cantando, por contarme, por vaciarme con elegancia, sin prisa, por ser un poco como ellos.

Caetano Veloso dijo una vez que toda su música era herencia de João Gilberto. Yo, que casi sin quererlo acabé sumergido en ese torbellino de disonancias y encantos nacidos de su murmullo, hoy cierro un poco los ojos, y le agradezco a João ese poquito de brillo que a veces se demora (o se adelanta) en mis propios acordes.

 

 

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