EL MAnGO DE OZ

El Nazi de la Salchipapa

Recomiendan los taxistas que donde veas fila y sientas –de pronto y sin previo aviso– hambre, de ahí es tu corazón y su respectiva panza. Fue un taxista el que me llevó de emergencia donde el carrito jadoquero del Plácido, conocido por algunos como...
domingo, 21 de julio de 2019 · 00:13

Óscar Martínez

No es fácil ser un gordo en La Paz. Porque ser gordo no es una cuestión de kilos ni de tallas. Nada tiene que ver con el colesterol ni la diabetes. Ser gordo es una cuestión del espíritu. Es una cuestión metafísica. Porque digamos que la cosa solo fuese comer por comer. Si la cosa solo fuese llenarse el buche hasta reventar e ir cambiando de pantalones y aumentando como si nada los agujeros a los cinturones, ser gordo sería un mero trámite de diseñadores, costureros y nada más. Pasaríamos por alto los segundos, los minutos y las horas que uno dedica a soñar platos, cuencos, alambres y platillos; a antojarse cosas, a imaginarse complejos procedimientos culinarios que dan por resultado un antojo único e irrepetible. Y en La Paz, cada antojo tiene su especialista y cada especialista tiene su esquina. 

Así que si eres fan de la salchipapa y no has corrido con el infortunio (o la fortuna, depende como se vea) de haber crecido en Miraflores y no conoces la esquina del  Nazi de la Salchipapa entonces tu vida no tiene sentido. 

Recomiendan los taxistas que donde veas fila y sientas –de pronto y sin previo aviso– hambre, de ahí es tu corazón y su respectiva panza, y lo chistoso es que la gente dice que si a alguien hay que preguntarle dónde se puede comer de forma callejeramente decente, es a los taxistas. Me consta que los taxistas conocen esquinas y esquinitas, toldos y tolditos, caseras y caseritas, sobre todo si es de madrugada y el frío arrecia por calles desiertas de días de semana, en los que escasea el alimento para el borracho, el insomne y los soñadores en general. Fue uno de los taxistas el que me llevó de emergencia donde el carrito jadoquero del Plácido, conocido por algunos como el Nazi de la Salchipapa, en claro homenaje (o referencia) al Nazi de la Sopa, de la famosa serie de los años 90 Seinfield. Seguro que el maestro me llevó por un sentimiento de piedad que le daba mi cara de gordo en emergencia, es decir, cagando de hambre y medio borracho. “Nada, los martes ni anticucheras hay patrón, pero te puedo llevar a unas salchis bien plácidas”, dijo socarronamente. Y nos dirigimos raudamente a la avenida Busch, esquina Diaz Romero donde había fila en plena madrugada.

Ya en la fila, todos callados, cabizbajos y con las manos en los bolsillos. Pensando en la distancia que me faltaba para llegar al puesto y el frío que arreciaba, encendí un cigarrillo. Craso error dijo el de adelante. Segundos después, el salchipapero asomó la cabeza fuera del carrito e inquirió con tono militar “¡quién está fumando!”. Todos en la fila se dieron la vuelta para mirarme. Me sentí como cuando en el colegio dices alguna burrada o le cambias la letra a un himno y el regente suspende la hora cívica y todos giran para ver tus últimos minutos sobre la faz de la tierra. Como obviamente no sabía que estaba prohibido fumar en la calle, le dije que yo. Se escuchó un “uhhh...”  del resto de la fila. “¡Fuera, no te voy a vender!”, dijo, y la verdad no sabía si estaba hablando en serio o en chiste. Fue en serio. Llegado al puesto y al vernos cara a cara, hizo como que no existía y le preguntó su pedido al otro desesperado comensal que estaba a mi lado. 

No me da por ponerme pendenciero por una salchipapa, aunque esa noche casi. Volví meses después, bien advertido por una amiga que tampoco vaya con ningún distintivo del Bolívar, equipo al que aseguran odia con todas las fuerzas de su corazón. No sólo eso, también me contó que si a ella la trata bien es porque está en la barra del Strongest y que cuando su equipo pierde (especialmente un clásico) directamente no abre su puesto para evitarse la rabia de ver a los bolivaristas todo ufanos en la fila. Muchas cosas se dicen del Nazi de la Salchipapa, pero a mí solo me constan unas cuantas: que si fumas en la fila, cagas; no te venderá. Que cuando su equipo pierde, no abre su puesto. Y que su salchipapa, servida en inmenso cucurucho de papel sábana y en bolsa para que no rebalse, debe pesar tranquilamente cuarto kilo y habría que ver si hay alguien capaz de acabársela. Yo nunca pude, y el que  puede hacerlo que avise. También vi que tiene su sentido del humor, especialmente con los taxistas y con la gente que va tarde y lo llama por su nombre. Ahí se relaja y con su radio llena de grasa colgada atrás, empieza a hablar de fútbol y otras cosas más. 

La calle Díaz Romero ya nunca fue igual para mí desde que leí Viejos que miran porno de Sebastián Antezana y ahora, con el Plácido en la esquina de la Busch, y con el Iglú y su clon, todos juntos y con las mismas filas en la misma calle, da para pensar dónde cenar una salchipapa que se debe comer mejor callado y en absoluta soledad.
 

 

 

201
231

Otras Noticias