PATIPERRO

Paradojas

En el mundo subatómico, es imposible saber con certeza la posición que ocupa una partícula en el tiempo y el espacio. Algo parecido pasa con la gente.
domingo, 28 de julio de 2019 · 00:09

Richard Mateos Burlando Fronteras

Hace casi un siglo que Heisenberg, un físico, habló del principio de indeterminación o de incertidumbre. Este principio expone que en el mundo subatómico –el de lo que es más chiquito que un átomo– es imposible determinar con precisión la posición que ocupa una partícula, pues ni el tiempo ni el espacio son lineales. Aunque algunos grupos de la espiritualidad New Age sostienen que es posible trasladar los  postulados de la física cuántica al mundo de lo grande (el mundo de lo cotidiano), la mayoría de los físicos sostiene que la mecánica cuántica sólo puede aplicarse para lo diminuto.

Sin embargo, les propongo un experimento de imaginación que consiste en que apliquemos el principio de incertidumbre a los acontecimientos de cada día. 

Camino por Santa Cruz de la Sierra hacia la avenida Irala. Atravieso la ex terminal de buses, llego hasta una acera e intento avanzar, pero una fila de coches aparcados encima de ella me impide el paso. Como la acera está bloqueada y el tráfico es intenso –es mediodía– respiro hondo para controlar mis nervios, ya que Mali, mi perra guía, no encuentra ninguna alternativa para que sigamos caminando. Una señora se acerca y me recomienda que atraviese un pasaje comercial, me indica el camino y nos adentramos en él.

A la señora que me recomendó la alternativa de atravesar el pasaje le apetece charlar y se acerca para decirme que vio en un reportaje de televisión la labor de los perros guía. Que la señora se acerque para charlar está muy bien, pienso, pues su charla y sus indicaciones me alivian al transitar por un entorno no pensado para peatones. Y he aquí la primera de las paradojas: en un minuto, pasar de estar bloqueado a caminar charlando amigablemente.

Llegamos a una churrasquería que me recomendaron antes de salir. Intento acceder a ella pero uno de los tipos que la regenta se niega bajo el argumento de siempre: “no se puede entrar con mascotas”.  Como el tipo permanece insensible a mis explicaciones de que se debe hacer una excepción cuando se trata de la labor de un perro que guía a una persona ciega me encuentro con la segunda de las paradojas. ¿Me largo enfadado y puteando? ¿O espero afuera a que llegue un amigo con quién he quedado para almorzar?

El amigo no llega y el tipo de la churrasquería se acerca para decirme que el sitio está lleno de gente, que finalmente entiende lo que le digo, pero que es mejor que almuerce fuera. Respiro hondo, acepto su sugerencia y poco tiempo después saboreo un delicioso almuerzo que acompaño con una copa de vino.

“¿Quiere algo más, mi adulao?”, pregunta el tipo que antes me negó la entrada. De nuevo esa sensación de pasar por lo que la mente etiqueta como malo y como bueno en pocos minutos.

¿Sería posible en este mundo loco la integración de los opuestos? ¿Se puede tener certezas a la par de convivir con un mundo incierto?
 

 

 

 

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