CARTA A UN FÉNIX

Contar cuentos

Encantar serpientes es adormecerlas; contar historias es despertar conciencias, a ver si como humanos nos entendemos mejor.
domingo, 07 de julio de 2019 · 00:11

Mabel Franco

Un periodista, que tuvo la oportunidad de viajar a la India, contaba que en cierto lugar, muy turístico, se topó con una especie de feria con muchos encantadores de serpientes y otros espectáculos. Cada artista tenía su auditorio, aunque pronto le llamó la atención un gran grupo de gente local que parecía estar frente al mayor atractivo del lugar. Cuando se acercó, descubrió que un anciano sentado en el piso y sin nada más que su voz tenía atrapado al auditorio: era un contador de historias. 

Que un buen narrador funciona hoy como antes a la hora de atrapar a la gente, pese a las serpientes tecnológicas que pululan por pantallas de todo tipo, se ha demostrado en el 14º Apthapi de Cuentacuentos “Cuentos que salvan”, realizado en junio y organizado por la Cueva de los Cuentacuentos en La Paz.

Las galas –entre otras actividades desarrolladas en distintos espacios– que tuvieron lugar en el Teatro de Cámara, mostraron al menos dos hechos: uno, que refuerza lo dicho sobre la multitud, con teatro invariablemente lleno (una excepción en estos tiempos de ausencia de espectadores), y dos, el talante y bagaje de los narradores.

Las galas contaron con tres cuentacuentos por noche, entre bolivianos y los invitados de Argentina, Ecuador, Cuba y México. Casi todos apelaron a su propia historia; niñez, juventud, familia, amores, miedos, sueños. 

En ese sentido, el ecuatoriano Javier Cevallos dio la pauta de que la mirada desde uno mismo no tiene que ser una sumatoria de anécdotas, sino un entramado de la propia vivencia con la de un pueblo –el quechua–, producto de investigación y documentación. Él se para frente al público con un libreto, y con vestuario y utilería, factores que aportan a la narración, que así hurga en la memoria del otro y provoca eso que se llama empatía. El tono serio, que se suele temer, funciona y conmueve.

El argentino Sergio Martínez hizo todo lo contrario. Este mendocino está lleno de anécdotas: con su madre, su hermano gemelo, su abuela… Con humor que provoca hasta carcajadas pinta al antihéroe cotidiano y entonces sus venturas y desventuras hacen eco en hijos, hermanos, nietos… Lo interesante de este narrador es que tampoco improvisa. Tiene un guión que le permite crear un clima en el que todos ríen y, de pronto, sin percibirlo, recalan en un espacio íntimo, de comunicación entre humanos distintos, pero iguales. Empatía.

En medio, narradores y narradoras, todos con cualidades innegables, aunque, en particular los bolivianos, con pendientes que se hacen evidentes por el encuentro entre pares. Hay en nuestros artistas una tendencia hacia la linealidad, lo explicativo didáctico, la ausencia de matices, solemnidad o diversión sin subtextos.

La forma de narrar y de volver las historias no sólo interesantes, sino importantes –por lo dicho, por la forma de decirlo– para alguien más que no sea el narrador, parece ser la clave de este arte. Porque encantar serpientes es adormecerlas; contar historias es despertar conciencias, a ver si como humanos nos entendemos mejor.
 

 

 

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