DISEÑO Y COMUNICACIÓN VISUAL

El fin del diseño

domingo, 07 de julio de 2019 · 00:07

Pablo Kunst*

Hace poco más de un año y medio decidí reflexionar y recapacitar con el auditorio en torno a los Principios del Diseño concebidos desde “el cómo”; es decir, no los principios como inicio sino, y muy especialmente, sobre los principios morales de la acción y la gestión de quienes asumimos el compromiso de ejercer esta disciplina. Para ello recurrí a los “10 Mandamientos Divinos de Dios” y en una suerte de comparaciones, enuncié los “10 Principios del Diseño”, intentando abrir de este modo un espacio de diálogo interior, procurando movilizar y estimular “la razón por sobre la conducta”; intentando un “hacerse cargo”.

Ahora bien, después de haber contemplado, por un lado, la repercusión del contenido de aquella exposición, y habiendo entendido la ausencia del “para qué”, asumo con responsabilidad el propósito de instalar en la sociedad una serie de aspectos olvidados u opacados, o simplemente sumergidos en la confusa interpretación del sentido de las cosas.

Una cruda y cruel realidad nos envuelve y cambia nuestros estados. Una realidad que confusamente estereotipa las acciones de los hombres; una realidad que, por aparente, nos conduce inexorablemente al error, al horror. Simplemente y a modo ilustrativo, describo a la realidad como “aparente” de los hechos o las cosas, pues ellas son como son en sí mismas y no como las percibimos; es por ello que lo que vemos es lo que re–conocemos, por cuanto es aparente, y a esto lo designo como realidad vinculante; es lo que existe no sólo entre la materia y nosotros, sino más profundamente en lo que las sensaciones nos producen.

Podríamos pensar que las armas fueron diseñadas únicamente para cazar o para defenderse. Deberíamos hacer un viaje al pasado y comprender cuál fue el inicio, como “principio”, y con ello el propósito, como “fin”. Válido como concepto metafórico, y sin perder de vista lo antes mencionado como “el sentido de las cosas”, este ejemplo hoy por hoy ha perdido dentro de la confusa realidad el verdadero sentido. Por cuanto determinar que el estado variable de la realidad aparente modifica, en una primera observación, el sentido de las cosas, es cierto. Es así como el abogado defiende lo indefendible; la justicia se hace ciega; el Gobierno se olvida; la medicina lucra; y ahora nosotros, quienes hacemos cosas lindas, de moda; olvidando, como tantos otros, el “fin” de lo que elegimos por propia voluntad.

Sin importar el modo, y sosteniendo que el “fin justifica los medios”, el diseño en general surge de la necesidad, por ende, con un fin particular de adecuar respuestas a necesidades; lo que de hecho implica eficiencia desde el hacer y eficacia en el accionar.

Podríamos discutir durante horas, días o meses los valores estéticos de lo producido en cuanto a diseño se refiere, cosa que no vamos a hacer, simplemente porque la estética, condicionada por los movimientos sociales y la belleza de las cosas, no vive en ellas mismas sino que brilla en nosotros, en cada uno de nosotros y con nuestra propia luz. Pero sí, para referirnos a los valores funcionales del diseño, independientemente de la especifidad que justifica su existencia, podemos adueñarnos de un término que me ha permitido apartarme de aquella definición que entiende el diseño como el “equilibrio entre función y estética”. Me refiero a la armonía.

La armonía es el acuerdo entre las partes y de ahí se desprenden las sensaciones del alma, del espíritu. La armonía está más allá de lo que perciben los ojos; la armonía es una sensación que impresiona adentro, es comunión entre materia y emoción. Una cosa es ser armónico y otra es sentirse en armonía. Un objeto, un acorde, un paisaje, ellos pueden ser armónicos. El sentirnos en armonía es la sensación que nos provocan.

Como habrán notado, en ningún momento me he referido a buenos y malos, ni diseños, ni personas, ni impresiones. Aprendí hace muy poco tiempo que todos nacemos buenos, lo que no implica necesariamente que lindos o bonitos; simplemente buenos. Así como nacen casi todas las cosas. Y luego, con el contagio, con el crecimiento, con la inserción, con la invasión, nos vamos transformando; decimos, haciéndonos al medio, justificando con este decir nuestros pensamientos, nuestros actos. Lo cierto es que así como se instruye un estudiante para luego ser médico con el fin de ejercer “el arte de curar”, degenera en una gran mayoría en la especulación de visitas, medicamentos y tratamientos muchas veces innecesarios. Ahora bien, todos nos emocionamos cuando nos enteramos de la existencia de los médicos rurales, aquellos que han decidido asistir a los desamparados, aquellos que están olvidados en algún pueblo del que hasta su nombre desconocemos. Un pueblo al que no llega la energía eléctrica y menos aún las comunicaciones, un pueblo que de tanto en tanto se hace escuchar; y reconocemos en este profesional un vocablo casi olvidado: “vocación”; y una actitud descuidada como la pasión; pero improbablemente reconozcamos en él a un profesional que hace lo que debe hacer.

El problema no está en las grandes ciudades; el problema no está en la competencia, en la cantidad de diseñadores quienes abordan diferentes áreas de este saber, del que yo me pregunto… ¿sabrán?… ¿sabremos?; el problema radica en cada uno de nosotros y en la poca convicción de lo que hacemos, y eso se ve, se nota, y lo peor de todo es que se muestra. El problema es dejar de ver, no querer mirar; dicen que “no hay peor ciego que aquél que no quiere ver”. Es como los cirujanos plásticos que hacen cirugía “estética”: que porque la señora desea tener un busto de 140, ellos la complacen, sin pensar que su estructura ósea quizás no lo soporte, o que lo de atrás quedará muy pequeño en relación a lo nuevo de adelante; en fin, olvidando esto de la estética asociada a la armonía.

Muchas veces los veo como a ciertos diseñadores, privilegiando un estilo, cegando el sentido, y esto no está bien.

Francamente me sorprendo cuando el interés por la innovación hace perder de vista el objetivo, o accidenta en su intento el fin. Patas extrañas a las sillas en donde su permanencia está directamente relacionada a la cantidad y calidad de los movimientos realizados al estar sentados en ellas. Búsquedas infructuosas de botones de encendido. Periódicos y revistas en donde predomina el caos y la interferencia. Grotescos parecidos entre la identidad visual de una casa mortuoria y un restaurante; lámparas que no iluminan; indumentaria imponible; y así, una infinidad de “accidentes" ”venidos en nombre del diseño.

Me pregunto si  acaso  creemos que el diseño está regido por el ser distinto, cosa que de hecho lo es, y no por el ser en sí mismo. Esto no invalida lo antes dicho en tanto y cuanto no se transforme en un “da seint” (estar por estar).

La vocación por algo es el respeto por uno mismo. La pasión es la actitud que tomamos sobre las cosas.

Sin vocación no tenemos el poder de concentración.

Sin pasión no alcanzamos el objetivo, pues si la búsqueda es la armonía, y ella se constituye como la comunión entre materia y emoción –materia en lo tangible, emoción en lo sensible– sólo nos reduciremos a una impronta venida del reconocimiento y no a un nuevo sentimiento.

Nosotros, personas comunes venidas de otras áreas del saber, hemos adquirido involuntariamente un reconocimiento de quienes han pasado por las manos de cirujanos plásticos y, adueñados de la crítica, juzgamos los resultados.

Otras personas comunes, también como nosotros, han alcanzado igualmente, sin pretenderlo, un reconocimiento de lo producido en diseño; y como nosotros, también juzgan los resultados.

Procurar no es hacer, no alcanza.

Perder de vista el fin, es casi como no tener principios.

No se trata de hacer por hacer, no se trata de que lo que hagamos sea de un hombre loable. Se trata de justificar la existencia del diseño privilegiando siempre el fin.

[*] Pablo Kunst, reconocido diseñador rosarino, fundador de la Escuela de Diseño de Rosario, actualmente vive en México dedicado a asesorar diversas escuelas de diseño. Visitó Bolivia en varias ocasiones dictando talleres y conferencias en La Paz, Santa Cruz y Tarija. Fue jurado de la BICeBé. Este texto fue tomado del libro de su autoría + conferencias sobre diseño, editado por Acquatint en 2016.

 

 

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