CONFESIONES

Metamorfosis en México

domingo, 11 de agosto de 2019 · 00:08

Cecilia Barja

Odio la muerte,  escapo y me transformo. Primero en maíz, luego en penca, finalmente en un ajolote. Esta fue mi última metamorfosis y donde la muerte me encuentra. Soy Xólotl, dios del ocaso de la mitología mexicana.

Una cuerda roja, gruesa y afelpada, como las de los grandes teatros de las grandes ciudades, cubre la improvisada puerta. Adrián guia el tour de su emprendimiento de 20 metros cuadrados, techado con calamina de plástico y organizado con peceras viejas readaptadas para la exposición de la fauna de Xochimilco: culebras venenosas, un lagarto bebé y un par de ajolotes. El ajolote me mira sin interés a través de la pecera; ese pequeño anfibio, originario únicamente de México, regenera cualquier parte de su cuerpo, incluso el 30% de su cerebro.

Estuve en México cuando terminaba el siglo XX y vuelvo ahora ya entrado el siglo XXI, y me pregunto cuánto ha cambiado y qué permanece igual, cuánto hay de regeneración y cuánto de ocaso.

En 1998 asistí al Congreso Mundial de la Internacional Socialista, y en ese entonces el Partido de la Revolución Democrática PRD estaba en sus primeros fragores políticos en las elecciones nacionales con Cuauhtémoc Cárdenas; Ernesto Zedillo era presidente y cerraba el ciclo de 70 años del PRI, la masacre de Acteal estaba aún fresca, y el Ejército Zapatista en Chiapas estaba en conflicto beligerante con el Ejército Nacional y los paramilitares. Mientras tanto, Pol Pot moría por un ataque cardiaco, Pinochet era nombrado Comandante en Jefe, California eliminaba la educación bilingüe, nacía Google, y Chávez era elegido por primera vez Presidente de Venezuela. El fin de siglo era ocaso y metamorfosis.

En 2017 llegamos con mi esposo y tres hijos a un peaje en la carretera entre Ciudad de México y Oaxaca, que estaba tomada por normalistas. La dirigente joven y sonriente pidió amablemente un aporte de 50 pesos para las familias de  los normalistas desaparecidos. Unos kilómetros más adelante, un nuevo retén tomado por gente agresiva. Pregunté  para qué estaban recaudando, no explicaron nada cuando pusieron la clásica lata de leche convertida en alcancía. Nos dijeron que era para una canalización del gobierno olvidada por años. Irritado, el cobrador añadió que no pagaríamos los 74 pesos  del retén oficial sino que nos ahorraríamos 24 pesos. Más allá, una veintena de policías buscaba sombra al pie de la montaña y daba la espalda a los contribuyentes.

Revisitar México tiene doble sentido si releo a Juan Rulfo. Leer a un autor del país que uno recorre transforma a las personas en personajes y los personajes en personas y todo comienza a ser un todo contínuo: libro y realidad se funden y crean la dimensión completa. En la creación de Rulfo, como en la creación de los mexicanos, la vida es lo único que se tiene y la culpa es fruto de la acción, de la responsabilidad ética. Mi entendimiento de lo que es y fue México en estos 20 años es demasiado pequeño e ignorante. Debo leer, escuchar y ver más, entender la sucesión de hechos, de siglos y siglos incluso. ¿Es eso suficiente?

Julio Cortázar pasó de observar obsesivamente a los ajolotes en París durante semanas, a convertirse en uno: “Afuera, mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario1”.

Mi metamorfosis me espera.

[*] CORTÁZAR, Julio. Axolotl. Final del juego, Buenos Aires 1956.
 

 

 

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