CRÓNICA

Hagamos el amor, no la guerra: La nación Woodstock

Medio millón de almas acudieron a un concierto en una granja alquilada en las afueras de Nueva York, entre el 15 y el 18 de agosto de 1969. Nadie imaginó tal asistencia, y no faltó quien esperara disturbios. Pero nunca nada en el mundo fue más pacífico y revolucionario que Woodstock.
domingo, 18 de agosto de 2019 · 00:15

Pablo Cingolani

50  años de Woodstock… ¡a la mierda, medio siglo! ¿Pero que es Woodstock? dirán los  lectores. En lo que sigue, intentaremos desde algunas aristas, siguiendo algunos rastros, reflejar la dimensión de un evento que, en su momento, fue signo y síntoma de los tiempos, pero que hoy, en el mundo del wasap y las noticias falsas, huele a leyenda inmemorial, a mito forjador, a un hecho único, inclasificable e irrepetible. ¡Que los sagrados héroes del rock and roll nos acompañen en la travesía!

El queso, los ratones y algo llamado Woodstock

Michael Lang, John Roberts, Joel Rosenman y Artie Kornfeld tenían menos de 25 años cuando organizaron el festival musical de Woodstock. El trabajo les demandó nueve meses y gastaron casi 2 millones de dólares. Prepararon un escenario de 30 metros y cuatro gigantescas torres de andamios para los proyectores de luz y las cajas de sonido. Hicieron publicidad en unas 250 revistas underground de todo Estados Unidos anunciando la participación de 28 grupos y solistas musicales, y esperaban un techo de 50.000 personas asistentes. Era suficiente.

Sin embargo, la noche del viernes 15 de agosto de 1969, 200 mil almas ya se apretujaban en la grama del terreno de la  granja donde se realizaría el evento y que Michael y sus socios habían alquilado al productor lechero Max Yasgur. Le pagaron por ello 75.000 dólares.

foto Documental Woodstock: 3 días de paz y música  / archivo digital

Pero eso no era todo. Esa misma noche, un mínimo de 800 mil personas –por decir: todos los que habitan hoy mismo la ciudad de Cochabamba, todos juntos– iban en camino hacia Woodstock en interminables filas de automóviles o, simplemente, a pie.

Todas las previsiones cayeron. Los servicios higiénicos fueron rebalsados –a pesar de que habían instalado 600 baterías de baños–; los alimentos escasearon y luego se agotaron. El bueno de Yasgur había donado leche y queso de su propia factura; la Unión de Damas Judías de Bethel –el pueblo del estado de Nueva York donde terminó haciéndose el festival ante la negativa de los pobladores de Woodstock, aunque la convocatoria ya estaba lanzada con ese nombre– colaboraron repartiendo gratis 30.000 sándwiches; al final, una cuadrilla de helicópteros de la aviación norteamericana arrojó paquetes de comida a la multitud.

El tráfico de vehículos colapsó y los iniciales 100 policías asignados a su control tuvieron que ser reemplazados por el mismísimo ejército, aquel que estaba haciéndole la guerra a los vietnamitas. Y, sin embargo y a pesar de tantas contingencias que parecían insalvables, todo fue un éxito.

Durante la primera noche del espectáculo, se largó sobre el campo una poderosa tormenta que convirtió todo en un inmenso lodazal. La revista Time dijo que la visión de la multitud en el barrial de Woodstock se asemejaba a la de “una gigantesca comunidad cristiana primitiva”, donde la lluvia, el frío y el hambre fueron afrontados con solidaridad y serenidad. Basta ver una de las fotos de la actuación de un casi desconocido (hasta entonces) Richie Havens interpretando su después clásico tema folk titulado Freedom (Libertad) frente a una multitud respetuosa y silenciosa e imaginarse a un Cristo Negro versionando su propio Sermón de la Montaña.

Cuando las noticias de la inesperada concentración humana se empezaron a difundir en la ciudad de Nueva York, a 180 kilómetros al sudeste, nadie daba crédito al buen comportamiento de los asistentes, pues se esperaba un desastre que nunca ocurrió. Había nacido uno de los mitos más románticos del siglo XX: Make Love Not War (Haz el amor, no la guerra). Esa fue su bandera.

Woodstock fue la cristalización esplendorosa y activa de la búsqueda por redefinir el sentido profundo de la vida. La bandera la enarbolaron los hippies, jóvenes rebeldes y contestatarios de esos años, huérfanos y herederos de la generación beat, quienes  cavaron trincheras con la también ya mítica trilogía del “sexo,  droga y  rock and roll”. Era un coctel explosivo: no lo fue.

ilustración Camilo Llanos / dgr-ucb

Tres días que conmovieron al mundo

¿Qué había pasado? ¿Por qué tanta gente se dio cita en Woodstock?

Era un mundo convulsionado: la tensión Este–Oeste, el ánimo de motín y las guerras de liberación nacional sacudían a casi todo el planeta.

Eran unos Estados Unidos convulsionados como nunca antes tras su Guerra de Secesión, cien años atrás, y como nunca después, ya que aún estaban frescos los muertos policiales a causa de los peores disturbios raciales de su historia, los asesinatos de Martin Luther King, líder en la defensa de los derechos civiles de los afronorteamericanos, y de los hermanos Kennedy. Y estaba en pleno desarrollo la guerra que casi desangra a los “States” desde adentro: la Guerra de Vietnam, donde los soldados yanquis morían sin sentido y había un rechazo generalizado a la participación norteamericana en la misma.

Si uno compara los estragos causados por la secuencia–dupla Bush Jr.-Obama –por si acaso, el primer presidente negro de los USA– y la casi no resistencia interna a las políticas ultrabelicistas de los mismos, so pretexto, esta vez, de la archipublicitada “lucha contra el terrorismo”, tal vez pueda entender la hondura de esa increíble demostración de voluntad pacifista que fue Woodstock.

Poder compartirlo todo, sin celos, sin mezquindad ni envidias ni competencia; amar y vivir amando, música y paz: en eso creían quienes participaron del multitudinario evento.

Jerry García, guitarrista y líder del grupo de rock psicodélico Grateful Dead, uno de los platos fuertes musicales del festival, calificó a Woodstock como “una ciudad épica y bíblica que surgió de forma improvisada, espontánea, imprevisible. Y ese fue su mérito”.

García sabía de lo que hablaba. Grateful Dead y sus seguidores (los Deadheads, los cabezas muertas), surgidos del núcleo duro irradiador de arte y música, y capital contracultural de los hippies que fue San Francisco en los años 60 –de donde salieron también Jefferson Airplane y Santana, entre otros, y que también estuvieron en Woodstock, fueron la primera manifestación claramente tribal de la cultura del rock: los Deadheads seguían a la banda por todas partes y armaban pequeñas ciudades, “épicas y bíblicas”, en los caminos allí donde “los Dead” se presentaban. Algo similar, para acercarnos en el tiempo, a lo que pasó con el Indio Solari y sus “misas ricoteras” en la Argentina de los años 2000. Hay, en lo aparente, una línea de continuidad entre lo efímero –esos tres días que conmovieron al mundo, diría un John Reed rockero– y ese espíritu de comunión pagana que floreció en Woodstock.

Festival de Woodstock, 1969 / archivo digital

En el mundo mediático del presente, es difícil concebir cómo un megaevento de estas características pudo tener lugar sin que los medios masivos de comunicación lo hubieran promovido de manera previa. He aquí el “milagro” de Woodstock. ¿Por qué sucedió? Los interrogantes siguen abiertos.

Abbie Hoffmann en su libro Talk–Rock–Album, proclamó la Woodstock Nation (La nación Woodstock), una fiesta gigante que marcaba el camino y abría la puerta hacia una nueva sociedad, una nueva humanidad, un nuevo mundo.

Dieter Baacke en su libro Beat: la oposición silenciosa, defiende el hecho de la “necesidad de autoexpresión, amor, afecto y admiración (en el sentido de admirar y ser admirado)” y asegura que este fue el espíritu que primó en Woodstock.

Por su parte, el germano Uwe Schmitt afirmó en su ensayo Una nación por tres días. Sonido y delirio en Woodstock: “Quizás la leyenda de un único fin de semana de amor, música y paz en agosto de 1969 ha sobrevivido al paso de los años y a su comercialización sólo por haber escapado continuamente a su captación y seguir siendo literalmente inaprensible, a pesar de todos los intentos de interpretación”.

Tal vez allí, en la suma imperfecta entre lo fugaz y el misterio, encontremos una respuesta que aun así seguirá siendo elusiva.

Santana: de lo nuestro, lo mejor

Dentro de la constelación de artistas que actuaron en el festival, para muchos críticos musicales la actuación de Carlos Santana fue la revelación, fue un hecho descollante, la luz de faro dentro de la vorágine polisémica de Woodstock. Fue, extrapolando, como si Pancho Villa y sus huestes hubieran vuelto a invadir el territorio de la Unión, pero esta vez armados de guitarras eléctricas y congas y una música envolvente y desconocida hasta entonces. El sur también existía.

Santana fue el plato gourmet de la cita. No eran tiempos donde la música étnica fuera lo políticamente correcto: había que desencadenar ese torbellino musical –como fue la actuación del guitarrista chicano– para que lo que ahora llamamos “étnico” –¿quieren encasillarlo como latino? Bien también, si les cabe esa reducción del mercado–, deslumbrara, hechizara, diera vuelta las cabezas de los gringos.

Tras sus actuaciones en Caracas –donde hubo tres jóvenes muertos por disturbios, producto de la mala organización del recital– y en El Campín de Bogotá, Santana desembarcó en Argentina el año de la primavera eterna, el 73, cuatro años después de Woodstock. Ya era un artista consagrado, pero llevarlo al culo del mundo –como dirían el Papa y la María Galindo– era un riesgo… comercial. Y lo mismo que en Woodstock: la presencia de Santana en Argentina rebalsó todas las expectativas.

Festival de Woodstock, 1969 / archivo digital

Los tres conciertos que brindó en la ciudad de Buenos Aires –el primero en el mítico “Gasómetro”, la cancha de San Lorenzo de Almagro, uno de los equipos de fútbol más populares del país, el segundo en el también mítico Luna Park, el emblemático estadio de boxeo de la ciudad portuaria, el tercero en el teatro Metro– demostraron que el aura legendaria que Santana se había bien ganado en Woodstock estaba intacta y se proyectaba con fuerza inspiradora sobre los jóvenes del país donde con más potencia expresiva –se cantaba en español– había desembarcado el rock hacía menos de una década.

De varias maneras, se puede afirmar que la presencia de Santana en Argentina reafirmó el sentido estético y de arraigo cultural genuino de lo que ya empezaba a llamarse “rock nacional”,  donde ya pisaban fuerte artistas como Spinetta, Charly García o Gustavo Santaolalla, por nombrar sólo una triada.

El magnetismo ecléctico de Santana y su banda –que incluía al baterista Mick Shrieve, cuyo solo de batería enloqueció al medio millón de jóvenes en Woodstock–, su identidad musical nacida de sus raíces originarias de Jalisco, México, al sur de la frontera, al sur del Río Grande, significó un innegable espejo e impulsó a esos jóvenes que también empuñaban guitarras y poemas y que también, a su manera, querían cambiar al mundo.

Final sin final

Volvamos a Bethel. Volvamos a Woodstock. Menos de un mes atrás, el 21 de julio de 1969, dos astronautas norteamericanos, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, habían estado caminando por la superficie de la Luna.

Fue un acontecimiento que millones de otros seres humanos vieron en directo por sus aparatos de televisión –que copaban al mundo como ahora es copado por las dichosas redes sociales de la internet– y significaba, más allá de sus connotaciones científicas y tecnológicas, un hecho militar, una victoria de magnitud para los yanquis, en el ámbito de la llamada carrera espacial en la que se habían trenzado con la URSS, con el comunismo que elevaba sus hoces y sus martillos y sus banderas rojas desde la fortaleza del Kremlin, en Moscú. Ambas potencias, una en Europa y otra en el Pacífico, habían ganado la Segunda Guerra Mundial, el mayor conflicto bélico de la historia del mundo, que llevó a la tumba a decenas de millones de personas y culminó con el bombardeo nuclear y la destrucción de dos ciudades japonesas: Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945.

Cuando Armstrong y Aldrin pusieron sus pies y la bandera de las barras y de las estrellas en la Luna, Nixon, el presidente de los Estados Unidos que tres años después sería obligado a renunciar a su cargo por un caso de espionaje político que se conoció como Watergate, dijo que se trataba “de la mayor hazaña de toda la especie humana a través de su historia”. ¡Gulp!

Del otro lado del océano Atlántico, un nonagenario Bertrand Russell, un intelectual respetado, filósofo y matemático, que había dedicado los últimos largos años de vida a su Instituto para la Paz y con Jean-Paul Sartre y Julio Cortázar, entre otros, al Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra, también manifestó su opinión sobre lo sucedido encima de nuestro único satélite natural. Dijo, sin ambages: “Se ha expandido el ámbito de la estupidez humana”. Poco después, en febrero de 1970, Russell falleció.

Los jóvenes que participaron en el festival de Woodstock habían nacido y crecido bajo la amenaza atómica, la de un enfrentamiento global catastrófico que aniquilaría la vida en el planeta, y que, cada tanto, asomaba de la manera más cruel y despiadada a través de guerras en lugares lejanos que ellos no conocían sino por las noticias que enviaban los reporteros o por lo que sucedía en sus propias familias: mira, Sammy, esta es la foto de tu tío Ernie, el que murió en Corea. Pam, querida: tu hermano acaba de morir en Vietnam.

De ahí que quizás la imagen más icónica de todas y el sonido más revelador de todos los que se escucharon en Woodstock –al fin y al cabo, era un mega concierto de rock– fue el final de la actuación de Jimi Hendrix, el gran guitarrista negro de todos los tiempos, cuando interpretó el himno nacional de los Estados Unidos, The Star Spangled Banner.

Fue una versión inclasificable y a la que nadie se había atrevido hasta entonces de la emblemática canción patriótica de la potencia del norte, interpretada por el hijo de un negro y de una abuela indígena –una cheroqui–, y que terminaba en una andanada tremenda de sonidos que remitían y recordaban una sola cosa: el estrépito endemoniado de los bombardeos, los tambores de guerra, el delirio perverso de llevarla hasta las junglas de Asia y asesinar a los pobladores inocentes de sus aldeas. Era, en sí mismo, un manifiesto musical antibélico y contra la injerencia norteamericana en un pequeño país en las antípodas del mundo.

Tal vez por eso mismo, fue otro negro y también eximio guitarrista, Vernon Reid, líder de Living Colour, uno de los grupos más populares de heavy metal a principios de los 90, quien  declaró que “esos solos de guitarra constituyen posiciones políticas. ¿Podría hoy pasar algo así? Hendrix estaba en la cúspide. Su versión de The Star Splanged Banner es el discurso “Tengo un sueño” de Martin Luther King Jr., pero en guitarra. Tal vez yo no llegue hasta allá con ustedes, pero vi la montaña. Fue visionario”. Un año y un mes después de su memorable actuación en Woodstock, James Marshall Jimi Hendrix estaba muerto. Fue el 18 de septiembre de 1970 en Londres y a causa de una sobredosis de drogas duras.

Más allá del inspirador entusiasmo de Reid, conocido por sus posiciones políticas antisistema, está claro que la visión de Jimi no sólo no abonó ningún cambio en los 90 –cuando el mundo, en sus comienzos, asistió perplejo a la desaparición-implosión de la URSS–, sino que ahora mismo, medio siglo después de aquel desgarro-avalancha musical, ni siquiera nos atrevemos a preguntarnos lo mismo porque ya sabemos que no, que hoy no podría pasar algo así ni nada que se le parezca.

Hoy, Woodstock es sólo la memoria de un momento –tres días– donde lo humano intentó buscar un espejo donde se pudiera reflejar todo lo bello y todo lo bueno que podíamos ser si nos uníamos, si acabábamos con las fronteras y los prejuicios, si volvíamos a una fraterna comunidad imaginada donde todo eso bueno y todo eso bello podía existir no sólo uno, dos, tres días, como diríamos parafraseando al Che Guevara, sino siempre.

Pero ya está escrito, hermano, lo dice el Libro que ya sabés: la señora mordió el aguacate y se fue todo al carajo y del Paraíso –y de Woodstock– no quedó ni sombra en este condenado mundo donde vivimos enfrentándonos montados en nuestros egoísmos y padecemos a diario escuchando “despacito” a Luis Fonsi y demás popes del reguetón.

Pero vamos, che, que siempre hay esperanza. O debe haberla. Por eso, final sin final, diríamos de Woodstock con don Puig en El beso de la mujer araña: fue un sueño breve, pero fue un sueño feliz. Es preferible quedarse con eso que con nada.
 

 

 

34
2