vicios

(Re)nacer en Woodstock

¿Qué significa Woodstock para las generaciones que no lo han vivido? ¿Tiene para ellos algún legado ?
domingo, 18 de agosto de 2019 · 00:09

Adrián Nieve

 Para Liliana Sánchez

A mi mamá no la conocí cuando salí  del útero, a mi mamá la conocí cuando  en MTV anunciaron un fin de semana dedicado a Woodstock: canciones, documental y footage del concierto. 

Tenía 11 años, mis conocimientos musicales eran más bien limitados y los fines de semana los pasaba frente a la tele, con platones de cereal, viendo Cartoon Network o Locomotion, mientras mi mamá hacía una sinfonía de tac-tacs en el teclado de la PC, escribiendo las consultorías que pagaban el cable, el colegio, la ropa, el Froot Loops. 

Pero ese fin de semana mi mamá se instaló frente a la tele y me dejó bien claro que si quería podía acompañarla, pero calladito, sin quejas ni manipulaciones para cambiar de canal. Y lo dijo con ese tono y esa mirada que –entre líneas– te enseñan la valiosa lección de escoger bien tus batallas. Así que a regañadientes me senté a su lado y me dispuse a acompañarla con la misma actitud de cuando alguien te dice “come callado”.

Ahí conocí a Santana, a Joe Cocker, a Grateful Dead, Jefferson Airplane, The Who y Jimi Hendrix. Ahí, en MTV, con esa maratón, viendo a cuatrocientas mil personas vibrar en el lodo; ahí empezó mi educación musical. Empezó con mi mamá emocionada como niña, cantando con los ojos cerrados, dándose la vuelta para decirme “él, ella, ellos eran capos”, “los conocí así”, “murieron asá”.  

Cuando Woodstock sucedió, Sharon Tate llevaba muerta casi una semana, el hipismo no sabía que ya vociferaba estertores y mi mamá tenía 6 años. No había TV en Potosí, así que supo que el festival alguna vez ocurrió, muchos años después. Para ella la música llegó primero; todos esos artistas que yo descubrí de golpe a mis 11, a ella le fueron llegando de manera aislada, hasta que un día vivió la fascinación de saber que tocaron juntos en los campos de Bethel, en aquel singular festival.

Escribo esto y, de pronto, vuelvo a tener 5 años y mi mamá es ese ser infalible convenciéndome de que el lunar en su ojo es un signo de inmortalidad y que no es necesario que llore pensando en su muerte. De pronto tengo 16 y es mi más feroz enemiga, cansada de pasarse la vida viajando por el campo para llegar a un hogar vacío porque su hijo se la pasa vagabundeando por las calles. Tengo 22, 25, 27 y me calma las lágrimas al decirme –sin decirlo– que la vida continúa porque alguna vez Woodstock fue posible. 

Con mi mamá no existía censura. Desde mis 5 años vi Los Simpsons y a mis 8 Seven y El esplendor en la yerba, un año después de haber terminado de leer Los versos satánicos sin entender nada.  Así que obviamente iba a dejarme ver a los hippies drogados, revolcándose desnudos en el barro de Bethel, y por lo mismo yo me la pasaría atormentando a mis compañeritos del cole para que preguntaran a sus padres si  ellos habían sido concebidos en Woodstock.

Tengo 30 años y mi mamá me dice que Woodstock es un rompecabezas que aún no termina de armar. Una ruptura, en realidad; algo que “fue” pese a que no debía ser. Woodstock –para ella– es todo lo que puedes soñar, todo lo que puedes hacer posible. Tengo 30 y ella me enseña que Woodstock era el impacto de salir de lo conocido y entrar a otro mundo. Me explica que cuando Woodstock llegó a su mundo, ella estaba viviendo la época de dictaduras en Bolivia. Woodstock le llegó en el miedo de la persecución, en el silencio de la paranoia política, en morderse los dientes pensando cómo romper el orden a rajatabla, reflexionando sobre las ideas y la muerte del Che, recordando su infancia en la sociedad conservadora potosina, marcada por nuestra familia que desde siempre fue  disfuncional. 

Para varias generaciones, Woodstock fue el evento que hizo real a un movimiento, a un modo de pensar, aún si la sangre de Sharon Tate, derramada por los seguidores de Charles Manson –el anticristo hippie–, ya había marcado el fin del amor y la paz.  Por eso dicen que el año pasado volvieron los ochentas, que este año es el turno de los noventas, pero que nunca será el turno de los sesentas. Porque qué difícil volver a creer así como ellos, qué difícil volver a hacer un festival como ese.

No lo recuerdo como si fuera ayer, pero imagino a mi mamá mirando el documental, escuchando la música con la que aprendió a creer y me doy cuenta que Woodstock ya fue, murió, pero quedamos sus hijos. Hijos de las ideologías, de la decepción, hijos a los que, más que recordar, nos toca lograr una nueva ruptura y creer en un nuevo Woodstock.
 

 

Confidencial

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