CRONIQUITA

Confesiones de un reportero de mierda

domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:14

Diego E. Osorno

Hace una medianoche hermosa hoy que trato en vano de hacer un perfil sobre un señor Forbes que nació y creció en uno de los países más desiguales del planeta.

Esto es distinto a los temas de los que suelo escribir desde que soy reportero (1). No tiene nada que ver con las violaciones masivas de la Policía en el operativo Atenco, ni con el caso de José Francisco Granados de la Paz quien, por los noventa, siendo muchacho, asesinó varias mujeres en Ciudad Juárez sólo porque ahí se podía –y se puede– hacerlo.

La medianoche va quedando atrás y sigo estancado frente a la famosa página en blanco. Para no irme a dormir así, me pongo a recordar que hace no mucho tiempo contaba a los amigos de la revista Chilango que este nuevo empeño periodístico que tengo me llevó a hacer las cosas más extremas y locas de mi vida, como ir a una fiesta glamurosa. De esa fiesta recuerdo que hubo una breve ceremonia en la que el poderoso hombre que trato  de perfilar dio un mensaje rodeado por su familia. Casualmente quedé a un lado de ellos y frente a un montón de fotógrafos que a la distancia, encerrados en una especie de corral, tomaban las gráficas del momento con sus lentes casi telescópicos. Uno de ellos era Oswaldo Ramírez, quien había estado conmigo en balaceras de Oaxaca durante la insurrección de 2006 y le parecía marciano verme ahí, en el epicentro socialité, donde yo evidentemente desentonaba por mi aire forastero y el agrio saco de pana que llevaba puesto con un parche en uno de los dos codos (2), por no hablar de mi barba.

Al concluir el acto se reanudó la fiesta. Fui a sentarme a la barra para rumiar desde ahí. Esperaba también a la amiga que amablemente me había ayudado a entrar a la exclusiva reunión cuando de repente una mano delicada tocó mi hombro. Volteé y sentí la descarga de los ojos raros de una guapa mujer que me ofrecía que tomáramos un trago juntos (sí, como en las películas –en las malas películas, por supuesto). Al principio no supe quién era. Minutos después, cuando la chica hacía la cuarta pregunta para averiguar si yo había estado junto al poderoso anfitrión debido a que era parte de su familia,  un amigo de ellos, o algo así, recordé el tarareo de esa canción que decía: “Yo tengo una bolita que me sube y me baja”, y me di cuenta que quien estaba frente a mí era la cantante de Garibaldi, Patricia Manterola, o bien su doble.

El ligero roce con la élite había hecho magia, pero duró lo de un lirio.

Al día siguiente busqué las secciones de sociales de los periódicos las fotos de la fiesta, para verme junto al poderoso anfitrión al momento de su mensaje. No aparecía en ninguna. Había sido borrado de ese breve instante junto al poder.

El Photoshop había devuelto a su humano sitio a un reportero de mierda.

Dos breves pero importantes aclaraciones que quizá a muy pocos importen. 

1.– ¿Por qué intento escribir de un tema distinto a los que usualmente me toca trabajar?

La violenta realidad asombra menos. Si cuento que hoy en la mañana al salir de casa me hallé una cabeza humana sobre una cartulina verde fosforescente en la puerta, pocos dudarían que miento y todavía menos serían los interesados en conocer el trasfondo de ello. No es que uno debe renunciar a realizar los registros de esa brutalidad actual, sino que quizá hay que buscar otras formas narrativas para hacerlo. A estas alturas del sexenio, las muertes violentas quedan registradas en la mente de la mayoría como “muertes del narco” y aunque causan mucho miedo en general, en lo particular se olvidan más rápido de lo que se nos olvidó Pablito Ruiz, Locomía, o precisamente Garibaldi.

Lo inverosímil es hoy realidad. Entonces los reporteros estamos contando hechos que parecen ficción, y ojalá lo fueran: El sicario de la fama más sanguinaria se apoda La Barbie y la banda que compite con él en esos “méritos” usa una sola letra del abecedario, la última, para autonombrarse. Por no hablar del temido pistolero morelense llamado La Mano con ojos. ¿Qué imaginación literaria puede superar fácilmente eso? En este sentido el problema como narradores no es el de la verosimilitud, sino el de hallar la forma idónea de penetrar la cultura que hace posible que sucedan cosas tan irreales que están ocurriendo en este país al que todavía se le dice México.

A lo que voy es que hay otras realidades igual o más violentas que casi no son contadas, que permanecen invisibles, o sea impunes. He ahí el intento de escribir una historia que en apariencia no tendrá nada que ver con la violencia. Por lo menos no con la violencia directa que conocemos por masacres como la del bar Sabino Gordo y que hoy es tristeza diaria en lugares como Ciudad Juárez o mi natal Monterrey.

Hay más violencias. Menos obvias pero omnipresentes. 

2.– ¿Por qué llevé un saco de pana parchado a una fiesta glamurosa?

Como soy regio soy rupestre. Y un agravante es que me considero un regio bastante común: De niño fui con el payaso Pipo y los sábados vi varias veces Aficionados de Rómulo en un pequeño televisor de la casa de mis abuelos, en la colonia Terminal; fui a la secundaria federal 38, luego a la preparatoria 16 donde dizque estudié Técnico en Sistemas Computaciónales y, finalmente, cursé la licenciatura de Periodismo en la Universidad Autónoma de Nuevo León. En todo ese tiempo, siempre trabajé también. A  los 13 años inicié mi carrera laboral con un empleo como ayudante de un taller mecánico de la avenida Lincoln, luego despachador en la ferretería La Palma de San Nicolás, obrero en una Fundición de Aluminio de El Mezquital, Apodaca, vendedor de artilugios futboleros afuera de los estadios, en la calle Pablo A. de la Garza y en la Central de Abastos, así como mesero en la Expo Guadalupe, y una que otra cosa más, hasta que pude ser reportero, primero de una estación de radio de música sabrosita, y después en un periódico rural donde las noticias principales que hacíamos eran sobre robos de vacas y nuevos plaguicidas que llegaban a las tiendas de la región citrícola de Nuevo León.

En ninguno de los trabajos que he tenido –especialmente en el de reportero– vestir bien fue una cosa obligatoria.

Eso explica el saco de pana con parche.

Y lo demás.

Texto publicado en el blog de Voces Jóvenes. Diálogo de Medios latino-alemán, organizado del 13 al 15 de julio de 2011 por la Deustche Welle.
 

 

 

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