CARTA A UN FÉNIX

La comedia non è finita

¿Por qué el espectador toma distancia respecto de lo que el arte le planta? ¿Por qué toma distancia de una puesta que se queda en lo estético de la obra y no cuestiona lo ético de seguir matando Neddas o Cármenes impunemente?
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:09

Mabel Franco

“La comedia ha terminado” sentencia Cannio, el payaso de circo, quien acaba de matar frente a todo el auditorio a su indefensa esposa Nedda, la infiel. El telón cae. Los aplausos sobrevienen casi de inmediato porque, claro, lo que acaba de pasar por ojos y oídos de los espectadores del teatro Alberto Saavedra Pérez es ficción. Una ficción que con cantantes líricos y músicos bolivianos y argentinos ha satisfecho al público.

Cada quien, en tanto espectador, podrá explicar mejor su aplauso. O su no aplauso, que es mi caso, que no tiene que ver –debo aclararlo- con la calidad de los artistas, sino con el sentido de una ópera –Pagliacci- que el italiano Ruggero Leoncavallo creó a fines del siglo XIX y que acaba de salirle al paso a espectadores bolivianos que transitan por este siglo XXI.

La historia del payaso que debe reír ante el público aunque su corazón esté sangrando convierte en víctima a este personaje. Él es el centro de las acciones. Tanto, que verlo caído de rodillas frente al cadáver de su esposa lo convierte en un ícono del pobre hombre engañado –por la mujer y por la insidia de otros que le calientan la cabeza (esos Yago shakesperianos)–, y que durante años, cuando no siglos, ha justificado crímenes: por celos, por ofuscación, por arranques de pasión, por la osadía del objeto de propiedad –la mujer– de sentir y pensar por su cuenta, de desear la libertad.

Se podrá argumentar que en Pagliacci hay elementos que llevan a mirar de reojo a Cannio, el hombre violento que luce querible por la máscara del maquillaje. Cierto. Pero es la puesta la que está llamada a alertar, a mostrar, en estos tiempos en que la palabra feminicidio explota a diario, sobre lo cuestionable de tal máscara.

En la ópera –teatro dentro del teatro– el pueblo que asiste a la función de circo ríe y aplaude cuando el payaso engañado por la Colombina rompe objetos y tira a la mujer al piso. Y desde la platea, uno siente la impotencia: por qué ese pueblo no se da cuenta, no reacciona y, peor, cuando se produce el crimen, no atina sino a rodear triste al payaso y a sus víctimas.

Esto mismo hace el espectador “real” –nosotros– toda vez que toma distancia aséptica respecto de lo que el arte le plante, por ceguera propia o por las claves de una puesta que se queda en lo estético de la obra y no cuestiona lo ético de –para el caso– seguir matando Neddas o Cármenes impunemente. 

No. La comedia apenas está comenzando. 
 

 

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