Para leer a Adolfo Cárdenas: Con los oídos abiertos

Con sólido humor, que no son simples pinceladas, Cárdenas rompe el tono gris trágico–quejumbroso de la narrativa boliviana para contar la vida de la urbe y sus chojchos habitantes.
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:12

Nadie puede negar que Adolfo Cárdenas es uno de los escritores vivos más importantes de Bolivia. Lleva alrededor de cuatro décadas en el oficio y es uno de esos autores que ha llegado a consolidar una estética y un  lenguaje propios. La raíz de su literatura está en los márgenes, en la periferia de la ciudad, en los prostíbulos, las cantinas. 

La preocupación de Cárdenas no es la denuncia; no explora la marginalidad para denunciar nada, simplemente quiere contar historias y se preocupa porque estén bien narradas, que la tensión esté bien generada, que haya una buena resolución en el desenlace, etc., que todo se cierre, que se cumplan, digamos, las mejores formas del cuento.

Cárdenas añade algo más a esto, que es la “transcripción de la oralidad”, como se ha denominado al recurso o técnica de representar a través de la escritura formas coloquiales diversas. En este sentido, me parece que a Cárdenas hay que leerlo con los oídos abiertos. Cárdenas, cuando cede la voz a un personaje, escribe literalmente su forma de hablar, transcribe la oralidad popular. Cualquier persona que lea sus textos y que no sea del país, o incluso que no sea del occidente del país, va a pensar que están pésimamente escritos; pero hay que leerlos en voz alta, las palabras tienen que entrar por los oídos y ahí se va comprendiendo qué dicen los personajes. El mismo Cárdenas dice que escribe en “castellama”, de modo que el lector debe traducirlo al castellano.

Adolfo empezó escribiendo cuentos más próximos al mundo andino originario. El tránsito de la temática andina hacia la narración urbana no fue sutil sino repentino. Cambios similares se presentaron en autores de otras latitudes, como ocurrió con Borges, quien empezó escribiendo sobre gauchos y compadritos, hasta que enfrentó una experiencia terrible: presa de una septicemia general, estuvo al borde de la muerte, y le vino algo parecido a una epifanía antes de recobrar la salud; de ahí en adelante desarrolló los temas que caracterizaron su mejor producción narrativa. Adolfo no estuvo a punto de morir –tal vez habrá tenido un gran chaki–, pero en un momento determinado decidió que tenía que cambiar la orientación de su escritura y dedicarse sólo a narrar la urbe. Y es entonces que el humor aflora en sus textos y comienza a ser un sello de su narrativa.

En Cárdenas todo es humor, de modo que no es un recurso para liberar presión o hacer pausas entre reflexiones profundas, pero sí es evidente que, en primera instancia, sirve para disolver cualquier gesto de denuncia. El humor logra relativizar todo, y esa es una de sus grandes funciones cuando está bien empleado.

En su narrativa, el humor aflora natural. No es que Adolfo ponga pinceladas de humor en ciertos pasajes o incluya algún relato hilarante en medio de otros más apegados a la solemnidad reflexiva. No. Toda la obra de Cárdenas está atravesada por el humor, está construida con el humor; es un tejido cuyos hilos son la ironía, la paradoja, la parodia, el doble sentido…

Cárdenas exagera el “mal hablar” de sus personajes, de las otras lenguas, pero no para denigrarlas, no para demostrar cuán mal hablan los indios, los cholos o los marginales, sino para legitimar la presencia de otras voces, para mostrar que existen y darles un lugar en el centro sin despojarlas de su identidad periférica, para que ocupen un sitial preponderante porque ya no va a ser un narrador ajeno, sino ellos mismos quienes lleven el mando de la narración. A partir de ahí, si uno lee un libro de cuentos de Adolfo Cárdenas, es probable que el primer relato provoque hilaridad por esta caricaturización; ya en el segundo cuento, no es novedad, comienza a leerse/escucharse normal. El efecto cómico, por tanto, surge en otro nivel: en las construcciones de diálogos, de discursos, de situaciones, etc. 

Con ese sólido soporte narrativo, Cárdenas establece una ruptura con el tono gris trágico–quejumbroso de la narrativa boliviana previa, develando la alegre melancolía de la urbe y sus habitantes.

Cárdenas cuenta sobre lo que no conoce sino por referencias, y lo hace muy bien, según yo, pues te hace creer que lo que narra existe,  construyendo mundos verosímiles. Y ahí está la magia de la literatura, de la buena pluma del escritor, que no tiene que reflejar lo que la vida es, sino lo que podría ser.

Durante la 24 Feria del Libro de La Paz, Editorial 3600 presentará una colección especial. Ópera Rock–ocó. Obra cuentística de Adolfo Cárdenas, conformada por seis libros: Fastos Marginales, El octavo sello, Tres biografías para el olvido, Doce monedas para el barquero, Vidas y marginarias y Chojcho con audio de rock p’ssahdo.
 

 

 

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